POR NICOLÁS LUSSICH |
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La histórica movilización del campo argentino –que duró cuatro meses– logró frenar en el Congreso el último aumento de las retenciones a las exportaciones de granos, después de una votación muy pareja en el Senado.
La movilización fue iniciada por las principales gremiales rurales argentinas. Comenzó con un paro con cortes de rutas y manifestaciones, implicó múltiples negociaciones infructuosas con el gobierno y culminó con multitudinarios actos, que convocaron no solo a productores sino también a empresarios y trabajadores de sectores vinculados directa o indirectamente al sector rural (transportistas, comerciantes, industriales), en particular en las provincias. Además, claro está, de una pléyade creciente de políticos, más o menos advenedizos.
El gobierno argentino desplegó durante todo el conflicto una retórica cada vez más radical, poniendo al campo como un sector egoísta, apropiador de rentas estratosféricas, sin escrúpulos para ganar dinero a costa del "hambre de los argentinos".
El conflicto expuso los flancos abiertos que el sector rural tiene ante los discursos de tono populista, no solo en Argentina. Veamos algunos.
El agro produce alimentos. Así como otros sectores producen software, películas o tubos de acero, el agro produce –principalmente- alimentos, producto sensible si los hay, cuando sus precios suben como por estos tiempos. Con lógica, los políticos manifiestan su preocupación, sobre todo por la situación de la gente más pobre. En Argentina se apuntó con el dedo a los productores y se justificó el aumento de las retenciones con el argumento de bajar los precios de la comida a la población. El enfoque es absolutamente errado: los precios no bajan, lo que baja es la producción. En Uruguay –por suerte– se buscó otro camino: negociar con las agroindustrias algunos productos baratos, lo que se suma a los planes de apoyo directo a familias de escasos recursos.
El agro produce materias primas. Efectivamente. El problema es qué se entiende por materias primas. Hoy, producir soja, girasol, carne, lana o manzanas, competitivamente, es un proceso sofisticado, de alto valor agregado (maquinaria, técnicos, logística, comercio, informática, tecnología y biotecnología). Sin embargo, mucha gente (a todo nivel) considera la producción de estas materias primas como "de segunda", "sin valor agregado", sujeta a los designios del mercado externo, un concepto retrógrado que –además– desconoce la dinámica realidad de la producción rural moderna.
Esta concepción está profundamente enraizada en la conducción actual del gobierno argentino, que castiga a la producción rural en aras de la "industrialización". En Uruguay, creo que esta concepción también está extendida –aunque matizada–, seguramente por la profunda impronta de las políticas industrialistas del segundo batllismo.
El agro genera poco empleo. Es un concepto extendido, en Argentina, en Uruguay y me atrevo a decir que en muchos otros países. Es equivocado, por cierto. Se sustenta en apreciaciones visuales de la tarea rural, donde, obviamente, predomina la tierra. Es como –en el otro extremo– criticar la producción de software o la banca porque la gente trabaja hacinada en oficinas.
El campo genera mucho empleo, en su mayor parte indirecto. Desde la provisión de insumos (maquinaria, fertilizantes, específicos veterinarios, instalaciones, silos, etc.), pasando por la comercialización y –en muchos casos– posterior industrialización de la producción, se encadenan múltiples puestos de trabajo.
Si el agro generara unos pocos empleos, ¿por qué se movilizaron todos los pequeños pueblos de las provincias agrícolas argentinas, ante el aumento de las retenciones? ¿Por qué la mayoría de los representantes políticos locales, alcaldes, intendentes, gobernadores –oficialistas o no– reaccionaron a favor de los reclamos rurales?
Porque el aumento de las retenciones no afectaba a unos pocos, sino a buena parte de la economía local.
En la actual situación global, si había un país que estaba en situación privilegiada para dar un gran salto en su desarrollo, era Argentina. El mundo pide alimentos y los vecinos estaban en inmejorables condiciones para responder. Pero por enfoques vetustos de la dinámica económica, está perdiendo una oportunidad irrepetible