POR JOAQUÍN SECCO GARCÍA |
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La ganadería ha sido a lo largo de la historia –y sigue siendo– la principal actividad económica del país. La cadena de la carne es la que genera la mayor cantidad de puestos de trabajo de la economía, y es también la que produce el mayor valor agregado y la que más exporta.
En esta coyuntura, la demanda y los precios internacionales alcanzaron niveles sin precedentes. Algunos analistas predicen que el alza de los precios mundiales emulará las subas recientes de cereales, oleaginosos y lácteos.
El país se ha beneficiado de muchos años de políticas que favorecieron el desarrollo productivo y el mejoramiento del status sanitario, lo que permitió el crecimiento sostenido de la producción y el acceso a los mejores mercados, los que mejor remuneran el producto y los que ofrecen mejores perspectivas de mediano plazo.
Todo suma para prometer un futuro sobresaliente que aliente la inversión, la innovación, el aumento de los volúmenes y de la calidad de los productos, mayor articulación entre los agentes de la cadena, fortalecimiento de las alianzas locales con la agricultura y la forestación. Más aun. La ganadería está ganando por walk-over en muchos mercados. Argentina, Paraguay y Brasil tienen dificultades de producción y/o de acceso a mercados. La UE y Australia redujeron sus exportaciones y probablemente no recuperen la posición de privilegio que tuvieron en el pasado.
Sin embargo, a pesar de la coyuntura excepcional, la ganadería está en problemas. Con seguridad vive muchos más problemas de los que se aprecian y se ventilan públicamente. Muchas de estas circunstancias todavía no se manifiestan en toda su intensidad y se harán más visibles con el correr de los meses. La combinación de sucesos que ocurre en este otoño comprometerá las posibilidades de crecimiento de la faena y de las exportaciones, al menos por un par de años por delante. Ya en diciembre pasado (El País Agropecuario Nº 154) se alertaba sobre las amenazas a la ganadería, aunque entonces no se podía prever la gravedad de la actual sequía o el alza de fertilizantes y combustibles.
Podemos resumir el problema: la ganadería está afectada por una severa caída en la producción de forraje, motivada por la reducción de áreas y por las adversidades climáticas. A ello se suma un fuerte aumento de los costos de producción, lo que achica severamente la rentabilidad.
Los hechos golpearán en primer lugar sobre la cría, que es el eslabón mas vulnerable, reduciéndose la oferta futura de terneros y animales de engorde. La fuerte pérdida de rentabilidad conducirá a una fase de desinversión y disminución de existencias.
Déficit en la oferta de forraje
Al menos tres factores inciden fuertemente en este déficit: El elemento climático. Cuando hay sequía o cuando entra el invierno (en esta coyuntura coinciden ambas circunstancias, lo que hace todo más grave) y escasea el alimento, hay pocas opciones: o se proporciona menos alimento a cada animal y se incurre en una pérdida de producción o se vende ganado para equilibrar la oferta y la demanda de alimento y se incurre en una pérdida patrimonial. Cuando se vende ganado precisamente en el momento en que hay menos compradores y más vendedores, se registrarán caídas en los precios y, consecuentemente, en el patrimonio de los ganaderos. Estamos en eso. Se suman pérdidas de producción y de patrimonio. El aumento de los costos de producción.
Para superar la sequía y el invierno, una alternativa es aumentar la producción de alimento: praderas, verdeos y reservas, u optar por la compra de forraje (raciones, granos, reservas). Pero el costo de una pradera o el precio de los granos prácticamente se duplicó en el último año, mientras que el precio del ganado gordo aumentó poco más de 20%.
De hecho, la mayor parte de los insumos, la mano de obra, las rentas y los impuestos aumentaron más que el precio del ganado gordo, afectando severamente la actividad. Estos precios no alientan las inversiones destinadas a ampliar la oferta forrajera.
Así, la inversión que podría haber atenuado los efectos de la sequía probablemente no esté alcanzando niveles significativos.
Entre la seca y el aumento de costos, no parece haber posibilidades de neutralizar pérdidas de producción y patrimonio.
Las rentas agrícolas y forestales. Las altas rentas pagadas por agricultores, empresas forestales y tamberos representa otro factor que desafía la continuidad del crecimiento ganadero. Los ganaderos que tengan tierras de aptitud para otras producciones estarán haciendo cálculos, comparando su menguada rentabilidad con las elevadas rentas que cobrarían en caso de dar sus tierras en arrendamiento.
Este factor también reduce las áreas ganaderas y la oferta de forraje, y explica aumentos en la oferta de ganado, con la consecuente influencia en la baja de los precios de las categorías para el campo.
La cría paga los platos rotos
Para dar un paso más en la comprensión de la coyuntura, conviene señalar que, frente a desarreglos en los balances en la oferta y demanda de forraje, no todas las categorías de ganado sufren la misma suerte.
Los ganaderos penalizan la alimentación de algunas categorías más que la de otras, y también se desprenden en mayor medida de algunas categorías y preservan otras. Por eso, no todas sufren una depreciación proporcional.
El fundamento es complejo, pero en términos sencillos se puede decir que las categorías que más se penalizan son aquellas cuya realización final (faena) está más distante en el tiempo. En primer lugar, porque el tiempo es dinero; en segundo lugar, porque, ante la escasez de pasto, éste aumenta su valor presente, y ese producto, cuyo valor aumenta y no alcanza para todo, se le asigna a la categoría que ofrece un mayor rédito y en menor plazo.
En los últimos remates vimos cómo se desvalorizan en mayor proporción los terneros que los novillos y las vacas preñadas, o las piezas de cría que las vacas de invernada.
Asimismo, es más probable que veamos novillos formados pastoreando las escasas avenas, pero difícilmente veamos vacas de cría.
Las categorías más distantes de la faena son las que pasan peor en términos de cantidad y calidad de alimento que se les da, y las que se venden primero (y por lo tanto sus mercados se congestionan más y los valores caen más acentuadamente). En suma, las categorías más alejadas del destino final son las de cría, que predominan en los predios criadores: los terneros, las vacas preñadas, las piezas de cría, las terneras y vaquillonas, aunque estas últimas pueden tener un doble destino.
Así como cuando se está en el ciclo ascendente de la ganadería los precios de la cría mejoran más acentuadamente que los precios de los invernadores, en la fase descendente sus precios se deterioran también más rápidamente.
Estos movimientos se reflejan en las relaciones de precio flaco/gordo.
La mejor expresión de lo que ocurre en cualquier ganadería la brinda la evolución de la relación flaco a gordo. Una ganadería saludable, invirtiendo, innovando y creciendo, se caracteriza por relaciones F/G crecientes.
Una ganadería en retirada expresa una relación F/G contrayéndose. Lo que pasa en esta coyuntura muestra una ganadería en descenso, ajustándose a un nuevo equilibrio, menos ambicioso que el que imaginamos un par de años atrás.
En la gráfica y el cuadro que se adjuntan se ve que, luego de la recuperación de la aftosa y el reingreso a EEUU, la relación flaco/gordo mejoró sistemáticamente. Ese parámetro en crecimiento indicaba la buena salud y el gran progreso de la ganadería entre 2004 y 2007.
Desde las primeras semanas de este año la relación se revirtió. Una vaca gorda vale más que dos piezas de cría y bastante más que una vaca preñada. Ello anticipa un fuerte incentivo para que los criadores invernen más vacas en la próxima primavera (en vez de entorarlas) y vendan más vacas preñadas para faena, en vez de esperar un año para vender dos piezas de cría por un valor menor, con los riesgos y costos asociados.
Sumando estos efectos, se puede concluir que en la primavera de 2008 se entorarán menos vacas y nacerán menos terneros. Sin duda un mal agüero. Además se redujeron los incentivos para hacer praderas y reservas, y simultáneamente aumenta la oferta de campos dados en arrendamiento para otros rubros.
Como generalmente se dan las cosas en la vida real, nada de esto tomará tonos de catástrofe. Ya hemos vivido buena parte del proceso sin alarmas. Los terneros cayeron de U$S 1,60 por kg a U$S 1,25 en pocas semanas, mientras el novillo gordo pasaba de U$S 1,20 a U$S 1,34. Una vaca preñada en febrero se vendía por U$S 422, mientras una vaca gorda valía U$S 440. Hoy la vaca preñada vale U$S 350, contra U$S 506 de la vaca gorda. Las señales son claras y probablemente se acentúen.
Los dilemas del porvenir cercano
Analizando estas tendencias cabe preguntarse si se trata de una coyuntura momentánea, determinada por la sequía y el invierno, o si existen factores de fondo, que prolongarán los efectos negativos más allá del frío y de las lluvias. También si hubiera sido posible evitar o atenuar los sucesos más agudos y moderar las repercusiones que se arrastrarán por años. Y, por último, quién hubiera debido asumir un liderazgo más decidido, y operando de qué manera.
Si el precio del ganado para faena hubiese mejorado tanto como en apariencia lo hubiera podido hacer (ver gráfica respectiva) 1, el encadenamiento de sucesos adversos se hubiese moderado notablemente. Con un precio del gordo por encima de 1,50 U$S/kg en pie, el precio del ternero no hubiese caído a U$S 1,25.
Los invernadores tendrían más incentivos para invertir en producción o adquisición de forrajes, aun a los elevados costos actuales, lo cual hubiese sostenido la demanda de las categorías de cría y hubiera moderado la caída de los precios. Dentro de unos meses, la carne valdrá mucha plata, pero, para muchas cosas, ya será tarde.
El margen de la industria creció significativamente desde la primavera de 2007. Es difícil entender si esto se debe a factores de política económica y costo-país: tipo de cambio, tasa de interés, devolución de impuestos, aumento de cargas sociales, suba de los salarios en dólares, precio de energía y tarifas, etc. O si, por el contrario, el margen resulta del mayor poder de la industria para influir sobre el precio.
En Paraguay y Brasil, países exportadores que no pueden acceder a mercados tan valiosos como los nuestros, el novillo gordo se paga a 1,50 U$S/kg en pie, o más. ¿Dónde estará el secreto de nuestros vecinos? Nuestra economía crece, pero dudamos de la consistencia del crecimiento. Cuando se pretende agregar valor fuera del sector agropecuario, los negocios no caminan bien.
Tenemos productos agropecuarios muy competitivos, pero el agregado de valor en la industria y los servicios es poco competitivo o inexistente. La competitividad del agro sigue dependiendo de la reducida renta que se paga por la tierra y de los bajos salarios2. En las etapas superiores de las cadenas, hay una maraña de factores que integran el lastre del costo-país que frena el desarrollo.
Por su parte, la ganadería sigue manifestando una débil articulación de los eslabones de la cadena. Las formas organizativas, las redes de empresas y las formas de integración de negocios no han avanzado como en otras cadenas de base agropecuaria. Esta limitación cobra especial importancia en una coyuntura en la cual la ganadería es amenazada por la mayor competitividad de otras cadenas.
Todo parece encaminarse hacia un mal momento para la ganadería, que vivía desde 2003 un período de oro, que abrigó grandes expectativas de desarrollo. Subsisten enigmas por aclarar para discernir cuál será el futuro de la ganadería y de qué manera se resolverá esta coyuntura. Alentar la discusión, fortalecer el conocimiento e indagar en las oportunidades puede ser el cimiento de mejores tiempos.
Nota escrita el 14 de mayo de 2008.
1 En la gráfica se observa una fuerte correlación entre el precio de exportación y el precio del novillo gordo.
No obstante, desde la primavera de 2007, tiene lugar un desacople y un distanciamiento del precio de exportación con respecto al novillo.
2 La renta subió fuertemente, pero sigue siendo muy baja en la comparación internacional.