POR JOAQUÍN SECCO GARCÍA |
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En nuestros días, una agricultura aceptablemente conservacionista ofrece márgenes por há seis o siete veces superiores a los que reditúa una buena ganadería.
Y, en el mundo, la demanda de granos crece más aceleradamente que la de productos pecuarios, proporcionando firmeza a los negocios agrícolas.
Asimismo, la agricultura nacional ha ganado en competitividad y eficiencia, siendo comparable a la de los mejores productores del mundo. Todas condiciones que presagian modificaciones muy aceleradas en la estructura productiva del agro.
Arriesgando magnitudes y trabajando con supuestos basados en tendencias y experiencias ajenas, se puede prever que, en unos siete u ocho años, la ganadería verá reducida el área que ocupa hoy (unos 13.000.000 de há) a no más de 9.000.000 de há. Eventualmente, cederá unos 3.000.000 de há a la agricultura, y cerca de 1.000.000 a la lechería y la forestación.
La ganadería está perdiendo alrededor de 350.000 há por año en un proceso que apenas se inicia y cuya aceleración presenciamos. Cada uno de los principales pools de siembra sigue creciendo y, además, se suman otros nuevos. También las principales empresas forestales crecen y otras se integran al negocio. El éxito de la lechería favorece la entrada de nuevos modelos de gran escala de operaciones.
Las magnitudes pueden ser discutibles, pero la dirección es incuestionable. Es natural que, si existen buenas oportunidades, se intensifique el uso del suelo. Las buenas tierras cultivadas producen mucho más que la ganadería bajo pastoreo. Es el patrón de uso de los recursos naturales que universalmente ha seguido la humanidad.
El valor agregado agrícola que se lograría en los 3.000.000 de há sustraídas a la ganadería andaría por los U$S 2.500 millones anuales, mientras que el valor agregado ganadero que se perdería no superaría los U$S 400.000.000.
El atractivo para acelerar los cambios es formidable. Si no lo hacen unos, lo harán otros. Además de la creación de riqueza, se favorecería superlativamente el empleo, las exportaciones, el crecimiento de los pueblos rurales y las oportunidades para sus habitantes, la infraestructura pública, la recaudación fiscal y el desarrollo de capacidades humanas. Habrá muchos pueblos como Dolores en las áreas ganaderas.
El progreso y las innovaciones siempre tienen un lado negativo. Demonizar al progreso es un tema preferido en la retórica de políticos que buscan simpatías. Es más fácil medir lo que se pierde que lo que se deja de ganar. Cuando todo cambia, no se puede mejorar haciendo lo mismo.
En cambio, en las mejores sociedades se busca compatibilizar el progreso con la neutralización de sus efectos indeseables en el plano humano, ambiental o cultural. El progreso y el cambio no son negociables, pero se absorben los efectos adversos que traen consigo. Son lecciones. En nuestro caso, fatalmente viviremos en un mundo diferente y lo más inteligente es aprender a vivir con lo nuevo.
Los agentes que operan en el conglomerado ganadero deberán sufrir un proceso de adaptación de mucha significación. Muchos deberán reconvertirse o abandonar su negocio. Se abrirán más oportunidades de las que se cerrarán, pero se demandarán nuevas aptitudes y destrezas. Son los reacomodos del progreso y materia pendiente para los responsables de la construcción de capital humano.
Sólo para mantener los niveles actuales de producción de carne en un área reducida en 4.000.000 de há, se debería elevar la productividad por há en 50% en siete/ocho años. Un desafío exigente, aunque sin duda posible, en la medida en que se mantengan las políticas y las autoridades serenen sus discursos tan amenazantes como frecuentes e inconducentes.
Se harán necesarias nuevas tecnologías y capacidades humanas, nuevos servicios a la producción y la logística, nuevas formas de organización y de articulación entre eslabones de la cadena, y nuevas sinergias con las cadenas agrícola y forestal.
Todo eso está ocurriendo y la tendencia se va a profundizar. Probablemente asistiremos a una revolución ganadera, como la experimentada por el arroz y la leche en los 80, la forestación en los 90 y la agricultura en estos últimos años.
Los mercados mundiales
Las decisiones que se tomen dependerán de los mercados, de las políticas y de la capacidad de los dirigentes, técnicos, empresarios y trabajadores para fortalecer la competitividad de las diferentes producciones.
Para mejor construir el porvenir, entre otras cosas, es necesario disponer de supuestos aceptables acerca del comportamiento futuro de los mercados. Es cierto que los pronósticos se equivocan, pero también es cierto que ineludiblemente, al tomar cualquier decisión, siempre lo hacemos fundados en una visión del futuro.
Afortunadamente, los analistas1 proyectan condiciones de mercados muy positivas para los alimentos a lo largo de la próxima década. Crecen los ingresos y la urbanización en los países en desarrollo que albergan a tres cuartas partes de la población mundial.
Estos países lideran el crecimiento económico global y sus poblaciones tienen una elevada propensión a consumir más alimentos, más diversificados y de mejor calidad, a medida que aumenta su ingreso.
Con alguna eventual turbulencia, se pronostica el sostenimiento de altas tasas de crecimiento en Asia del Sur y del Este, en el Medio Oriente, en Europa Oriental y la ex Unión Soviética, y también en el África subsahariana y en América Latina, a pesar de que estos últimos crecen manteniendo fuertes desigualdades sociales, lo cual modera las demandas.
Las recientes turbulencias en EEUU y el riesgo de recesión en las economías desarrolladas podrían, también, desacelerar el ritmo en los países periféricos que hoy son poderosos motores del crecimiento económico mundial.
Si se desencadenara un efecto dominó de cierta intensidad, los precios de las materias primas, la energía y los alimentos podrían debilitarse, perjudicando el crecimiento económico de nuestro país y la continuidad del crecimiento agropecuario.
En principio, los analistas no asignan una elevada probabilidad a una recesión aguda que reduzca significativamente el crecimiento en estos países, al punto de debilitar la demanda de alimentos. En consecuencia, las previsiones de mediano plazo estiman una corriente sostenida de comercio de productos agrícolas y firmeza en los precios.
Los países desarrollados reducirán significativamente los subsidios a su agricultura, permitiendo que los precios se fijen cada vez más en función de los costos de producción de la oferta que sea necesaria al mercado.
Por su parte, los altos precios del petróleo han favorecido que los principales países implementen políticas para emplear mezclas de combustibles de origen vegetal en el transporte, lo cual aumenta fenomenalmente la demanda de granos, fortaleciendo los precios.
Otro elemento que predice fortaleza en los mercados es la creciente dificultad para expandir las tierras cultivables en el mundo, aspecto en el cual el Mercosur y, relativamente, también nuestro país, presentan una situación privilegiada.
A pesar de la firmeza que se prevé en los precios, no se espera que se sostengan los picos de los granos y del petróleo de estas últimas semanas. Los analistas estiman valores del petróleo de mediano plazo alrededor de 80 U$S/barril, del maíz en 200 U$S/ton, de la soya en 300 U$S/ton y del trigo por encima de los 200 U$S/ton.
Algo parecido se aguarda respecto de los lácteos. Mejores precios que los históricos, algo por debajo de los actuales, y volatilidad persistente.
Para la carne (vacuna y ovina) se prevén precios más sostenidos, explicados por reducción de oferta y mayores costos de producción por el alza del precio de los granos.
Uruguay estará en condiciones de acceder a nuevos y más valiosos mercados, ante la debilidad del crecimiento en algunos de los principales proveedores de carne del mundo, como la Unión Europea (UE), EEUU y Australia.
La lógica del crecimiento mundial En el mundo de hoy los fundamentos del crecimiento económico descansan, más que en el pasado, en el crecimiento del comercio y de las transacciones internacionales.
Durante muchas décadas del siglo XX los países crecían principalmente en base a la expansión de sus mercados internos, que eran celosamente protegidos. La apertura que transforma al mundo a partir de los años 90 ha significado un período de intenso crecimiento mundial y la mayor oportunidad de crecimiento económico en la historia para los países en desarrollo.
En la medida en que se produce la apertura comercial, las decisiones económicas comienzan a basarse cada vez más en la competitividad internacional de los países y de los productos.
En este contexto, las naciones desarrolladas fueron transfiriendo buena parte de la producción industrial a países periféricos y entraron en una etapa post-industrial, manteniendo el liderazgo y el control de la gestión, la innovación, el diseño, las marcas, las finanzas y la comercialización.
Cada vez hay menos obreros industriales, agricultores o mineros en países como Alemania, Canadá o Japón, y cada vez hay más obreros industriales y menos campesinos de subsistencias en Asia del Sur y del Este. La periferia del mundo se va especializando en la producción industrial sin sacrificar calidad, pero reduciendo costos en base a bajos salarios.
La industrialización permitió un crecimiento muy acelerado de países como India, China o Brasil, entre otros muchos. Fue posible reproducir una nueva revolución industrial.
Ejércitos de habitantes del Tercer Mundo se transformaron en obreros industriales, aumentaron ingresos y consumos, y adoptaron hábitos, valores y aspiraciones occidentales. Ciudadanos que producían sus alimentos y sus bienes de consumo de forma artesanal, hoy van de compras por los shopping centers.
Cuatro mil millones de habitantes esperan tener auto o moto y electrodomésticos, y comer fuera de casa y tomar leche todos los días, comer carne y pasear. Cosas que sus padres o ni siquiera sus hermanos mayores jamás hicieron.
Esta ampliación –globalización– de los mercados favoreció un aumento de las necesidades de metales, energía y alimentos, cuya demanda creció mucho más rápidamente que las posibilidades de satisfacerla, de modo que los precios subieron a niveles inéditos.
Mientras unos países se industrializaban, otros crecían en base a la producción de petróleo, gas, alimentos o metales. Los negocios vinculados con la agricultura, la minería o el petróleo que durante los 90 fundamentaron el paradigma de que eran actividades sin futuro, renacieron con fuerza desde los primeros años del nuevo siglo.
Los asuntos pendientes
Estamos ante un contexto económico muy favorable para el país, que traerá cambios muy profundos. La principal tarea de los partidos políticos, las organizaciones y los líderes civiles debería ser facilitar el acceso universal a las nuevas oportunidades que se abren. El sistema educativo, que tiene una responsabilidad crucial, está fallando, pese al enorme presupuesto que absorbe.
Probablemente, un tercio de la población podrá vivir de las cadenas agroindustriales con altos niveles de bienestar. Lo que no se percibe es una diversificación de la economía capaz de ofrecer mejores horizontes al resto de la población. La frustración es mayúscula: 40% de los jóvenes no estudian ni trabajan y la emigración es elevada. Las políticas procíclicas que elevan el gasto, lo cual provoca inflación, la cual a su vez se combate con atraso cambiario, desalientan la competitividad de las actividades transables no agropecuarias.
Desde hace 30 años el país crece excluyendo. Con el pretexto del gasto social, el Estado gasta cada vez más sin obtener resultados.
No se gasta para proporcionar herramientas para cambiar y superarse, sino que se gasta en forma preponderante para, simplemente, aliviar las circunstancias. El ejemplo de los hurgadores es paradigmático.
No se trata de promover vidas más dignas proporcionando armas para romper la reproducción de bolsones de exclusión. Las políticas sociales consisten simplemente en facilitar o aliviar la continuidad de un oficio que avergüenza a todos.
No se promueve la reconversión, sino que se favorece la reproducción de la degradación. También habría que revisar las políticas sociales para el campo que reproducen la misma lógica. Si no cambiamos cuando todo cambia…
1 Especialmente el Departamento de Agricultura de EEUU (USDA), la Comisión Europea de la Unión Europea, la Oficina Australiana de Economía Agraria (ABARE) y organismos multilaterales: FMI, Banco Mundial.
Nota escrita el 14/3/08.