POR NICOLÁS LUSSICH | Ingeniero Agrónomo |
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Los últimos fueron años de vacas gordas para el campo. La excepcional suba de los precios de los productos hizo que el resultado económico de casi todas las empresas del sector llegara a niveles récord en algún momento, entre 2005 y 2007. El ciclo de altos precios –que aún sigue– sobrevino luego de la devaluación del peso uruguayo, que de por sí ya había mejorado las cuentas.
Este año los precios pueden tener cierto ajuste a la baja a nivel global, dado el previsto afloje en el crecimiento de EEUU y los problemas financieros internacionales.
No se perfila, sin embargo, una caída abrupta y los más optimistas estiman que ni siquiera se verá una baja de precios.
Por otro lado, los costos suben en forma contundente por dos razones: fuerte alza en el precio en dólares de muchos insumos (en lógica asociación con los precios de los productos) y efecto conjunto de inflación alta y dólar en caída.
Mientras el dólar vale cada vez menos pesos, son más los pesos que hay que pagar en servicios, salarios y tarifas. Muchos más los dólares. Solo la suba espectacular de los precios agrícolas permite ampliar los márgenes en este sector, con el consiguiente aumento de las rentas.
Algo similar puede suceder en la lechería, donde se proyectan resultados económicos aún mejores que los recientes.
En ganadería, los precios en dólares también se fortalecen, pero los productores locales, los que dependen directamente del giro y de la rentabilidad del propio sector, enfrentan dilemas. Los buenos resultados recientes generaron excedentes que, si no fueron destinados a cubrir deuda, están disponibles para eventuales inversiones. Algunos ya las hacen, otros dudan.
El aumento en el valor de las rentas, impulsado por el precio de los granos, implica un ingreso importante para muchos productores, pero también los obliga (en particular a los ganaderos) a pensar en crecer porteras adentro, apuntando a una mayor productividad por hectárea, dado que el campo cuadruplicó su valor en dólares.
La reforma tributaria ofrece algunas herramientas de estímulo a la inversión y los ganaderos las van a aprovechar. Pero las decisiones no son sencillas, más aún para quienes tienen altos niveles de productividad y, por tanto, un crecimiento marginal menor.
Además, la discusión tecnológica está más abierta que nunca. En un par de décadas pasamos de un sector de baja inversión (con una oferta tecnológica de poca adopción) a otro con oportunidades múltiples, donde todo está por hacerse (riego, nuevas forrajeras, agricultura forrajera, suplementación, sombra, silvopastoreo, mejoras fijas, etc.). Es alentador, pero conlleva riesgos aún mayores al definir inversiones para subir la productividad.
Las economías de escala siguen presentes y una inversión acotada puede ser, simplemente, una mala inversión, si no se consideran escalas suficientes que hagan viable el negocio.
Esto puede implicar arriesgar más, y de eso se trata si se quiere crecer. Lo positivo es que hay un mercado de tierras fluido y una eventual salida del negocio seguramente no provocará pérdidas catastróficas, como sucedió en otros tiempos. Otro aliciente.
Sin embargo, para alentar más la inversión -en particular en ganadería- deberían surgir desde ya señales de que la evolución del dólar y el IPC será pareja. No es lo que se vio en el comienzo de 2008. Además, en el marco del nuevo sistema tributario, propuestas que realizaran las gremiales rurales mantienen vigencia: sería bienvenido un estímulo mayor a la reinversión en pasturas, mediante descuentos extraordinarios del gasto en mejoramientos forrajeros en el impuesto a la renta.
Es tiempo de inversiones en el campo, con la virtud agregada de que el financiamiento, hoy, puede surgir a partir de los propios excedentes, contrariamente a lo que sucedió en los 90. Pensar a largo plazo y no escatimar en asesoramiento técnico especializado son los puntos de partida.