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EL DECANO DE CIENCIAS SOCIALES EXAMINA EL CAMPO URUGUAYO
Gente adentro
Las transformaciones experimentadas por el agro en los últimos años generan cambios sociales en el campo. Diego Piñeiro reúne tres condiciones para hablar de ello: es master en sociología rural, es ingeniero agrónomo e investiga desde hace más de 35 años temas sociales rurales.

ENTREVISTA DE JORGE CHOUY Y HÉCTOR LUNA EDICIÓN PERIODÍSTICA Y TEXTO DE HÉCTOR LUNA TRANSCRIPCIÓN: GRACIELA GIRIBALDI

El decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República –que cumplió 63 años hace seis días, nació en Buenos Aires y vive en Uruguay desde 1976– cree que nuestro país es "más rural de lo que parece".

Piñeiro dijo a El País Agropecuario que aspira a que se defina un criterio único sobre el concepto de población rural, pues hoy el Instituto Nacional de Estadística "calcula población urbana y estima como población rural el resto", porque "cada Intendencia departamental decide cuál localidad es urbana y cuál no".

–Creo que tenemos en el medio rural más población de la que se dice –afirmó–.

(…) ¿Qué quiere decir tener muy poca o mucha población rural? Nos estamos comparando con otros países. ¿Qué criterios usan otros países? La mayoría considera población rural a quienes viven en pueblos de menos de 2.000 habitantes, pero otros consideran 5.000 habitantes y hay países que consideran 10.000.

En Uruguay no tenemos un patrón. Si uno hace el ejercicio de clasificar a todos los pueblos de menos de 2.000 habitantes como rurales, la población rural se eleva de 9% a 17%. Si se hace el mismo análisis por departamento, algunos tienen 20, 25, 30%. (…) Como Montevideo reúne la mitad de la población total, pesa muchísimo.

¿Qué pasa si saco Montevideo? La población rural vuelve a elevarse y estamos en 28%. (…)

¿Urbanos o rurales?

–El campo uruguayo está cambiando notoriamente en los últimos años –enmarcó el decano–. (…) Los buenos medios de comunicación, los caminos, el hecho de que hoy las motitos son muy baratas y un auto viejo también, hacen que haya cada vez más trabajadores rurales que viven en las ciudades. El Censo de 1996 detectó que 38% de los trabajadores rurales tienen residencia urbana. (…)

Una persona que trabaja en el medio rural y, cuando termina la jornada, se sube en la moto y se va al pueblo, donde vive su familia… ¿qué es, un poblador urbano o un poblador rural?

¿A qué apunto con esto? A que dividir a la población en urbana y rural tiene ya muy poco sentido. Ya no son categorías que nos digan demasiado. (…) ¿De qué vive la gente que habita en los pueblos? Depende de las cosechas, del trabajo que se hace en el campo.

La mayor parte de nuestras agroindustrias está en pueblos y ciudades del Interior. Si una cosecha no anda o hay seca, repercute profundamente en esas localidades.

¿Hasta dónde son urbanas, si dependen económicamente de lo que pase en la campaña?

¿Cuál es el concepto sustituto de esas categorías que ya no tienen sentido?

–Físicamente se puede diferenciar lo urbano de lo rural, pero culturalmente no.

(…) Insisto, mucha de la población que trabaja en el medio rural vive, se educa y tiene su familia y sus hijos en el medio urbano. Culturalmente, se achicaron las diferencias entre un trabajador urbano y un trabajador rural.

Antes era fácil identificar un paisano, un peón de campo, porque andaba vestido con botas, bombacha, sombrero aludo, cuchillo al cinto y rastra, pañuelo en el cuello. Hoy hay muy pocos, salvo los peones de la ganadería de los lugares más alejados. ¿A cuántos jóvenes del medio rural ve usted vestidos de ese modo? A muy pocos.

El cambio en el lugar de residencia y en el tipo de trabajo acarrea, más tarde o más temprano, cambios culturales, rupturas con tradiciones, conceptos y valores del pasado. ¿Se asumen nuevos conceptos o simplemente hay una pérdida cultural?

–Creo que hay una sustitución de una cultura más vinculada a la tradición y a lo rural por otra más vinculada a lo urbano, a lo más moderno.

¿Se imaginan el impacto que va a tener el Plan Ceibal en la cultura rural? Va a ser brutal. Abre una ventana al mundo a los gurises que están en las escuelas rurales.

Hasta ahora, su capacidad de vincularse y de relacionarse con el resto del mundo está muy restringida a las limitadas oportunidades que tienen. La computadora les va a abrir un mundo totalmente nuevo.

La expansión de la agricultura, el ingreso de la forestación a la etapa industrial, la situación de la ganadería, ¿qué cambios sociales generaron? Hay quienes dicen que se está creando una nueva clase media rural.

–Creo que presenciamos un proceso de concentración de la tierra, fundamentalmente impulsado por la forestación y, menos, por la agricultura. Son procesos distintos: la expansión de la agricultura se realiza a través de la compra, pero también –y muchoa través del arrendamiento. En la forestación, el avance es en base a la compra de la tierra.

Me parece que la forestación avanza desplazando principalmente a las pequeñas oligarquías locales. Uso este término en forma científica, no despectiva. En los pueblos del Interior existe –o existía- una oligarquía local que era propietaria de buena parte de las tierras que circundaban esas localidades, que vivía en esa localidad y era como el estatus superior de esos pueblos o ciudades.

Ese estrato social fue duramente golpeado por las crisis del 82 –que produjo endeudamiento y desaparición de muchos de estos propietarios– y las de 2000, 2002 y 2003. El avance de la forestación se produce desplazando fundamentalmente a este sector, porque era el más endeudado, el que tuvo –históricamente- más dificultades para incorporar los cambios tecnológicos y, por lo tanto, menos se pudo adaptar a los cambios de los últimos años.

¿Qué ha pasado con los trabajadores?

–En los últimos años hay un avance muy importante del trabajo precario, que se expande sobre todo a través del sistema de contratistas de fuerza de trabajo. Este sistema crece mucho en la forestación, menos en la agricultura y ya hemos detectado que hay establecimientos ganaderos que utilizan contratistas para tareas que no son las regulares.

¿Por ejemplo?

–El establecimiento ganadero se queda con una o dos personas –depende del tamaño del predio– para hacer la recorrida diaria del campo. Cuando hay que hacer alambrados, o dar tomas, o hacer una movida para clasificar ganado para embarcar a las ferias, etc., llaman al contratista, una persona que tiene una pequeña empresa, con trabajadores a su cargo, que subcontrata la realización de esas tareas. (…)

Los caminos están mucho mejor que antes, el contratista tiene teléfono celular, el dueño del establecimiento también, el capataz también y los peones también. Una llamada del dueño al contratista y del contratista a sus trabajadores hace que en 24 horas pueda reunir una cuadrilla.

¿Cuál es el origen de los contratistas? ¿Qué eran antes?

–Hay datos que provienen de estudios parciales, hechos por nosotros o por colegas.

Es un poco variado. En general, tienen una historia de capataces, o de gente del

pueblo que tenía un almacén y surtía a los trabajadores, o son mecánicos que, como las máquinas de esquila necesitan un mecánico para mantenimiento y reparación, en un momento decidieron hacerse de la máquina y se pusieron a trabajarla.

A veces son ex esquiladores, que lograron hacerse de un pequeño capital, compraron una máquina y empezaron a ser pequeños empresarios.

¿Y en el caso de la forestación?

–Es menos claro, recién estamos haciendo estudios sobre contratistas de forestación. Parecería que se trata de personas que fueron capataces de empresas, pero en cierto momento se independizaron y montaron su pequeña empresa, y son contratados por una empresa grande.

Notamos que hay una expansión del contratismo. Creo que el contratismo vino para quedarse. Crece y va a seguir creciendo.

Si se cumplen ciertas condiciones, algunas de las cuales ya se están dando, como la norma que responsabiliza de las deudas

laborales a la empresa contratante, si eso se mantiene –en el sector empresarial hay una fuerte negativa–, si se mantienen la legislación del trabajo que hoy tenemos y los convenios laborales –o sea la posibilidad de discutir y negociar convenios salariales–, y si se le dan más recursos al Ministerio de Trabajo para que pueda fiscalizar efectivamente el cumplimiento de las leyes laborales en el medio rural, yo creo que el contratismo, en sí mismo, no es malo. (…) Si el contratismo está regulado y no es fuente de distorsión del trabajo, me parece que es positivo para el medio rural.

¿Por qué? Si lo miro del lado del empresario, porque permite disminuir la dotación de trabajo permanente de los establecimientos y, por lo tanto, mejora la rentabilidad. Si lo miro del lado del trabajador, porque le da trabajo permanente con el contratista. (…)

Hoy el trabajador se ve sometido a procesos en los que está ocupado algunos meses pero desocupado en otros, porque su capacidad de conseguir trabajo es restringida. Este problema tiende a morigerarse por medio del contratista, que ofrece distintos tipos de servicios a distintos patrones y en distintas zonas, y puede ofrecer trabajo estable.

Y el trabajo inestable es lo que hay que evitar. ¿Cómo? La persona es personal estable de un contratista, que lo tiene que tener registrado como personal estable y le tiene que pagar el sueldo como personal estable. Es tarea del empresario encontrar trabajo para su personal estable. (…)

En una encuesta que realizamos estaba esta pregunta: "Si usted pudiese empezar de nuevo, ¿qué quiere ser?". Era la última de todas, los dejábamos "volar". ¿Qué es lo que quieren? Tener un trabajo en la Intendencia.

O un trabajo en una empresa que les asegure estabilidad. Claro, atada a una remuneración digna y acorde, porque muchos también nos decían: "Entre salir a la esquila y estar de peón en un establecimiento ganadero que paga $ 1.400, salgo a la esquila". Porque lo que se pagaba entonces en los establecimientos rurales a un trabajador permanente era una miseria. (…) El foco

–Hay un tema que no está bien visualizado: la situación de los pequeños pueblos del Interior, de 100, 500, 1.000 habitantes, y yo diría de hasta 5.000 habitantes. Allí se localizan los problemas mayores de necesidades básicas insatisfechas, los niveles de escolaridad más bajos, etc. No es en la población dispersa del medio rural, no es en los empleados permanentes del medio rural. Es en esos pueblos, donde residen los trabajadores rurales precarios.

Hay que poner el foco en esos pueblos, si queremos mejorar las condiciones de ciudadanía en el medio rural. (…) Hay que hacer una inversión fuerte en educación, en empleo, en condiciones mínimas de vivienda y habitabilidad, etc.

El campo pasa por una situación excepcional, de precios excepcionales, y por lo tanto hay una situación de rentabilidad de los establecimientos como hace muchos años que no se veía. Creo que esa ganancia extraordinaria que están teniendo las empresas rurales deben compartirla con otros habitantes del medio rural. Nuestra sociedad hizo esfuerzos para salvar a muchos de esos establecimientos en las situaciones de crisis. (…)

Es el momento en el que las empresas rurales deben devolver al resto de la sociedad parte de los apoyos que recibieron. (…)

Tenemos un nuevo sistema impositivo, que establece el impuesto a la renta empresarial, el IRAE. El impuesto a la renta empresarial estaba colocado en 30% y el nuevo sistema lo bajó a 25%. (…) Para el sector agropecuario, debería volver a 30%. Los recursos que se capten deberían colocarse en un fondo de desarrollo rural, que permita dirigirlos a dos cosas: los pequeños pueblos donde están los focos de pobreza y el Instituto Nacional de Colonización (INC).

¿Qué papel le adjudica a Colonización?

–Tiene que tener un papel importante.

(…) El INC es una magnífica institución, cuyo único problema es que no tiene financiamiento.

Debemos extraer recursos del campo para volcárselos al campo. Sacarle recursos a las empresas agropecuarias para fortalecer la producción familiar y redistribuir hacia la población que vive en los pequeños pueblos.

El tejido social

–Tenemos una estructura social rural compartida entre empresas agropecuarias y empresas familiares. Creo que es lo que más le conviene al Uruguay. La empresa familiar rural da cinco veces más empleo por hectárea que la empresa agropecuaria. Son datos del censo de 2000, complementado por el censo del 96. (…)

Para nosotros, una empresa familiar es la que utiliza predominantemente mano de obra de carácter familiar. Y una empresa agropecuaria es aquella en la que predomina la mano de obra asalariada. (…)

La empresa familiar es el tejido social del campo. Son las personas que viven en el medio rural, van a la cooperadora escolar, forman las cooperativas y las asociaciones rurales. El campo uruguayo se beneficia teniendo una estructura a dos velocidades: una de empresas agropecuarias y otra de productores familiares.

Pero el productor familiar no puede resistir el embate de la empresa agropecuaria si no tiene una protección estatal. Creo que el Estado debe dársela, porque es en beneficio general. Si dejamos que el mercado regule la distribución de la tierra, terminamos con 100 empresas agropecuarias. Es lo que va a quedar. Y eso será muy bueno para las cuentas de esas empresas, pero no es bueno para la sociedad. El Estado tiene que regular y proteger, y tener políticas diferenciadas para la producción familiar.

N. de R. - A pedido del entrevistado, se aclara que esta versión no fue revisada por él.



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