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LOS DILEMAS DEL CRECIMIENTO ECONÓMICO
El reto a la ganadería

POR JOAQUÍN SECCO GARCÍA | josecco@yahoo.com

En los años que corren, el sector agropecuario y las industrias y servicios vinculados a las cadenas agroindustriales experimentan un crecimiento sin precedentes en el siglo anterior y en lo que va de éste. El mundo cambió profundamente a favor nuestro. En estos años, más de la mitad del crecimiento económico mundial está explicado por la evolución de sólo tres países: China, India y Rusia.

Hasta hace pocos años, para saber cómo le iría a la economía mundial, bastaba con fijarnos en el comportamiento de EEUU, la Unión Europea y Japón. Las naciones que tenían el poder político mundial también dominaban la economía. Hoy, el centro de gravedad económico se ha corrido hacia tierras más exóticas.

Los países que antes comandaban la economía también eran países cuya demanda de alimentos estaba saturada. Sus políticas de subsidio a la agricultura los habían conducido a ser los principales exportadores mundiales de alimentos, lo cual no se explicaba por su competitividad, sino por las ayudas gubernamentales a la producción, que generaban enormes excedentes que desvalorizaban el precio de los alimentos.

Por el contrario, los países que hoy lideran el crecimiento mundial son deficitarios en alimentos. Se trata de sociedades que salen de la pobreza, cuyos habitantes se trasladan del medio rural al urbano, que dejan de producir sus alimentos para adquirirlos en el mercado. El aumento de sus ingresos les permite diversificar sus consumos, incorporando carnes, lácteos, frutas y hortalizas a una dieta básica de cereales. Probablemente ésta sea una tendencia bastante irreversible y estructural, que nos abra mercados crecientes en el mediano plazo.

Por su parte, los acuerdos alcanzados en la Ronda Uruguay del GATT a principios de los 90 hicieron posible el debilitamiento de los subsidios agrícolas de los países centrales. Prácticamente se eliminaron las formas más distorsivas de subsidio y, con ello, los stocks de intervención de la UE, que acumulaban enormes reservas de carne, leche y cereales que deprimían los mercados. Los subsidios y las barreras para el acceso a los mercados persisten, pero su efecto depresivo se ha moderado.

Coincidentemente, para satisfacer las demandas, se hacen necesarias más tierras cultivables, clima, agua, capacidades humanas y organizativas, capaces de aumentar la oferta agropecuaria.

Pocas regiones del mundo disponen de recursos como el Mercosur para aprovechar estas circunstancias. Otras latitudes cuentan con recursos naturales, pero no con las capacidades institucionales que se han desarrollado en nuestra región y que determinan que estemos encabezando la competitividad agropecuaria del planeta, teniendo, además, una insuperable capacidad de respuesta a los incentivos de los mercados.

El progresivo agotamiento de los combustibles fósiles también influye sobre un aumento estructural del precio de los alimentos.

La suba de los precios de la energía lleva a la búsqueda de fuentes alternativas.

Entre éstas, los agrocombustibles han tomado importancia, a la vez que su producción compite con la de alimentos.

Pero en el núcleo del problema está el hecho de que los alimentos son energía y, si la energía aumenta de precio, ello contribuirá a que tarde o temprano los alimentos sigan igual tendencia. Probablemente pasen muchos años antes de que la humanidad encuentre –si encuentra– fuentes de energía tan baratas como era el petróleo, a U$S 9 el barril, de los años 90.

Durante muchos años la economía mundial se vio beneficiada por la coincidencia de energía barata, alimentos baratos, materias primas baratas y bienes industriales baratos. Esto último, como resultado del corrimiento de la industria hacia países con salarios muy bajos.

Estamos en una fase de quiebre de esa tendencia. La energía, los alimentos, las materias primas y los salarios asiáticos tal vez no sean tan baratos en los próximos años, definiendo un nuevo escenario para el crecimiento económico mundial. El mundo será más favorable para nuestro comercio.

Se abrirán oportunidades infinitas para la inversión, el crecimiento, el empleo, la diversificación y la valorización de capacidades humanas superiores.

Nuestras estrategias de desarrollo deberían tomar en cuenta las nuevas coordenadas.

Los países que servirían de modelos lo han hecho y han sido exitosos, pero el discurso predominante de nuestros líderes nos hace pensar que no se aprecia la dimensión de los cambios que ocurren en el mundo, ni cuáles son nuestras oportunidades.

Probablemente haya que remontarse al último tercio del siglo XIX (primera globalización) para hallar un contexto mundial tan promisorio como el actual. En esos años dejamos de ser un país pobre, inculto y atrasado, para transformarnos en un país modelo, próspero, democrático, con una sociedad integrada, con legislación de avanzada, que atrajo inmigrantes, inversión extranjera y formó una sociedad equilibrada, igualitaria, instruida y que se situó entre los países mas prósperos del mundo. Hubo liderazgos que imprimieron el rumbo cierto.

Desde los años 30, el mundo se cerró comercialmente y nos refugiamos en un Estado que ocupó todos los espacios, atrofió las capacidades de la sociedad civil, la iniciativa y la imaginación. Se favoreció una lógica populista de gobierno, un crecimiento infinito de las burocracias y una subordinación de los ciudadanos y de las empresas al favor del Estado.

Hoy hacen falta ideas, consensos, liderazgos y gobernabilidad para aprovechar las circunstancias que se nos presentan y superar los corrales ideológicos del pasado.

Los fundamentos del crecimiento

Las oportunidades también plantean dilemas. El cambio rompe equilibrios con todo lo bueno y lo malo que ello origina. Hay un reflejo conservador que induce a trabar el progreso y defender el statu quo.

Por otro lado, se abren espacios para la iniciativa, la imaginación y la audacia. Cambian las velocidades de los actores. En el futuro cercano, el país y su gente deberán enfrentar dilemas complejos que acompañarán la coyuntura. Uno de los más inquietantes para el sector agroindustrial es la creciente competencia por el uso del suelo y sus múltiples consecuencias.

Las transformaciones en la demanda mundial han hecho que algunos productos se favorezcan mucho más que otros. Los granos, la leche y los productos forestales experimentan intensas subas en la demanda y los precios. Han surgido empresarios, inversiones, innovaciones, y formas de comercializar, financiar y manejar riesgos. Se ha sumado capital humano, y se han construido nuevas formas de organización y de cooperación entre empresas.

Hasta hace poco tiempo se sostenía en forma generalizada que, excepto el arroz y la cebada, la agricultura uruguaya no era competitiva y que debíamos limitar la producción al aprovisionamiento del consumo interno.

Hoy se exporta arroz, cebada, soja, maíz y trigo en volúmenes crecientes. Los costos de producción permitirían exportar incluso a los exiguos precios del pasado. Los precios no son lo único que cambió. Las construcciones sociales han sido mucho más importantes y decisivas para consolidar una vía de progreso irreversible. Hay una respuesta basada en inversión, innovación, tecnología, diversificación productiva, aumento de las capacidades humanas y nuevas formas organizativas e instituciones que hacen posible fundar un crecimiento más competitivo, diversificado y sostenible.

Las dificultades de la ganadería

La que más va a sufrir en la competencia por el uso del suelo es la ganadería. Es la actividad más importante del país: la que más emplea y la que más exporta. En años recientes ha tenido notables progresos de productividad y calidad. La demanda mundial es firme y se pronostica que mantenga estos niveles.

Sin embargo, tendrá muchas dificultades para competir con la agricultura, la lechería y la forestación por el uso del suelo. El cuadro que se adjunta expresa una aproximación a las rentabilidades relativas de los principales rubros de producción del campo. Se aprecia hasta qué punto la ganadería la tiene complicada.

La demanda mundial de granos, leche y madera ha crecido más intensamente que la de carne y se espera que se mantenga esta corriente. La carne vacuna no es un producto que se exporte a los países que más crecen. Su destino principal son los países del Primer Mundo, para satisfacer un consumo que está prácticamente estancado.

Las principales oportunidades se desprenden de la posibilidad de desplazar a otros proveedores menos eficientes o que disponen de mejores negocios en mercados a los que no tenemos acceso.

En términos absolutos, y en comparación con el pasado, la ganadería atraviesa un momento extraordinario. Pero el problema es que, en términos relativos, la ganadería mejoró menos que los granos, la leche y la forestación, y es menos apta para competir por el uso del suelo.

Las posibilidades de sostener o hacer crecer la producción de carne vacuna dependerán de las posibilidades de aumentar sustancialmente la productividad por hectárea. Se estima que la ganadería ocupa unos 12.000.000 de há. De esos, hay unos 4.000.000 de superficie apta para agricultura y lechería, y unos 2.500.000 de aptitud forestal.

Los incentivos económicos indicarían que en unos años la ganadería podría perder algo parecido a la mitad del área. Pero no solamente se trata de cantidad, sino también de calidad, ya que las áreas de potencial agrícola son las más fértiles, las que tienen la mayor proporción de mejoramientos forrajeros y las de mayor productividad.

Es probable que –en los próximos cinco años– la ganadería pierda tierras a razón de unas 400.000 há por año, la mayor parte destinadas al cultivo de granos. En ese lapso, el valor de la producción de granos podría equiparar al valor de la producción ganadera. Probablemente, el principal obstáculo para la velocidad de desplazamiento de la ganadería estará determinado por la disponibilidad de las capacidades humanas y organizativas necesarias, que se construyen con un ritmo difícil de forzar.

Para agregar complejidad al asunto, habría que decir que la agricultura y la forestación son un negocio de unas decenas de empresarios y donde son claras las economías de escala. Pocos y grandes empresarios, que están en condiciones de adoptar las decisiones óptimas en plazos breves. La ganadería es un negocio de varios miles. Los plazos de adopción de innovaciones serán necesariamente más lentos.

Siempre se consideró que, por encima de cierto tamaño, la lechería y la ganadería no presentaban economías de escala. Ello explicaría también que no hayan existido procesos de concentración y extranjerización, al menos tan intensos como los verificados en la agricultura y la forestación. Si estas verdades se mantuvieran inamovibles, se podría esperar una introducción más o menos lenta de las innovaciones en la ganadería y también una expansión lenta del área lechera.

Pero estas verdades podrían empezar a cambiar. Ya existen empresas extranjeras con proyectos de producir leche en escalas desconocidas para nuestro país. Asimismo, en la medida en que la ganadería –especialmente la invernada– se oriente a tecnologías más intensivas, con procesos regulares y reiterativos como son los de feedlot o recrías intensivas, podría ser posible la industrialización de los procesos con aumentos significativos de escala, grandes inversiones y eventualmente la presencia de firmas extranjeras en el negocio.

Ambas tendencias se han manifestado recientemente en países más adelantados, por lo cual no sería una sorpresa que –como en todas las demás actividades- se adoptaran tardíamente las tendencias que han sido exitosas en otras latitudes.

Las tierras de invernada, para hacer frente a rentas superiores a U$S 50, deberán producir no menos de 350 kg/há en tierras de menor fertilidad, lo que hará necesario un uso intensivo de concentrados, verdeos, praderas y forraje cosechado.

Los sistemas que se imponen se orientan a una recría muy intensiva y una alta proporción de novillos encerrados a partir de los 18 meses, para faenar carcasas pesadas de menos de 2 años, garantizar la calidad de la carne y obtener precios bonificados. Serán sistemas de intensidad parecida a la de los tambos. Al menos con la misma lógica de reducir al mínimo posible los costos de mantenimiento y elevar la producción diaria, lo que quiere decir un alto consumo constante durante todos los días del año, independientemente de los rigores estacionales. Para la cría no parece probable que se pueda llegar a sistemas demasiado intensivos.

Una vaca, por mejor que se la alimente y por limitaciones biológicas, no produce mucho más de 120 kg de carne por año (0,8 terneros destetados por año), pero come como un novillo que produce el doble. Con los niveles actuales de la carne (novillos a 1,10 U$S/kg en pie), el aumento de las rentas de la invernada y los altos costos de transacción de los terneros, no parece posible que se mantengan permanentemente relaciones de novillo a ternero que puedan superar por mucho los U$S 1,35/1,40, lo cual no es extraordinariamente motivador.

Un impulso significativo a la productividad de la cría solo parecería posible si se dieran aumentos apreciables y sostenidos del precio de la carne. Ello permitiría: aumentos del precio del ternero, aumentos de la relación flaco/gordo, aumentos de la renta que puede generar el criador para competir en mejores condiciones con las tierras de uso forestal y hacer frente a los mayores costos de una alimentación más intensiva, que permita aumentar la carga y la tasa de procreos.

Sin aumentos significativos de precios, es probable que, como en los años pasados, el progreso tecnológico de la invernada siga siendo más intenso que el de la cría.

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