Todo el amor a la celeste
"Podrán imitarte, igualarte jamás". La pancarta celeste se colgó detrás del arco. Y a juzgar por lo que hicieron ayer los uruguayos, nunca una frase estuvo tan acertada. Pasión pura y dura. Capaz de arrancar lágrimas, de generar un bullicio ensordecedor. Una locura sin fin. De afuera del estadio hasta las rojiblancas tribunas del estadio El Molinón. El "¡Uruguay, no má!" irrumpiendo con mayor fuerza que la suele oírse en el Centenario. La explicación, quizás, es que estas gargantas se quedaron en el pasado, como ocurría en décadas donde para ir a ver a la celeste había que hacer cola para comprar entradas.
Camisetas, bombos y cornetas
Aunque en realidad, el palpitar de los corazones se escucha desde dos metros de estos uruguayos porque las raíces siguen enterradas allá con sus familiares. No hay forma de no conmoverse. Cómo no hacerlo cuando una madre con la camiseta de Nacional sale corriendo con su pequeño hijo de la mano, enfundado en una casaca de Sud América, para sumarse a un grupo de 20 uruguayos que no cesan de golpear el bombo y soplar las cornetas. Allí, bajo la batuta de un trapo que reza "aguante el pichaje de La Paz" y que luce orgulloso en el fastuoso parque que rodea a El Molinón, se reúne la legión uruguaya que reside en España.
De todas partes y de todos los barrios
Y se arrimaron los que son de Canelones, los que abandonaron Tacuarembó, los que nacieron en Montevideo, los que extrañan a La Unión, los que no olvidan las playas de Solymar, los que añoran tomar mate en el Parque Batlle, los que recuerdan a los amigos del boliche de Belvedere. Ahí estaban todos. Saltando, gritando. Corriendo para no quedar afuera de las cámaras de Canal 12 y Tenfield. Agitando las banderas. Pidiendo que sus nombres aparezcan en el diario El País porque "hace cuatro años que me vine. ¿Sabés lo que significa para mi poder venir a ver a Uruguay? Hice 1.200 kilómetros, estuve viajando 14 horas porque vengo de San Juan, un pueblo de Alicante y no me importa nada", dijo Juan Francisco Sequeiro, mientras pedía que le tomaran una fotografía con Alberto Kesman y Jorge da Silveira.
Un sueño con el país tatuado
"Estoy soñando, estoy viviendo un sueño", vocifera el adolescente que tiene tatuado en su espalda el mapa de Uruguay y dentro de ello la bandera nacional. Están ahí. Vociferando para que todo el mundo escuche que vinieron de Tarragona, que hace dos años y medio que están acá en España y que no se olvidan de su tierra natal. "Vinimos en coches y somos diez que abandonamos Canelones hace un rato. Acá hay gente de 17 y de hasta 47 años", comenta el que se presenta como el más veterano del grupo. No hay pausa. Ni siquiera para hablar con los periodistas. El "soy celeste" no descansa nunca. El del bombo no se cansa más y ni que hablar lo que sucedió cuando llegó el ómnibus de Uruguay.
El delirio estalló con los celestes
Corridas, aplausos, brazos extendidos y rostros felices. Claman por una victoria, meten el "¡vamo’ arriba Uruguay, carajo!" y no hay nada ni nadie que logre hacerles bajar la intensidad con la que demuestran su afecto a la camiseta celeste. Y adentro del estadio el amor por la tierra se demuestra en mayor grado. Las banderas uruguayas unen todos los sentimientos. Si hasta los de Cerro están con los de Peñarol y Nacional. Parece mentira. Pero es fácil de entender. Lo explica claramente la pancarta que se colocó en la tribuna de enfrente a la principal: "Uruguay, te queremos". No se precisa decir más nada.