Estadista se busca
Antonio Mercader
Mientras Astori sigue obcecado por discutir el pasado, el socialista Roque Arregui, presidente de la cámara de Diputados, apunta al futuro. ¡Enhorabuena! Por fin, en las filas de la izquierda alguien comprende que no se puede vivir con los ojos en la nuca y que hay que pensar el porvenir. Así, el miércoles próximo los presidenciables describirán en el Palacio Legislativo sus planes y su visión del "Uruguay del 2030", un ciclo propiciado por Arregui.
¡Allá Astori con su disco rayado de comparar la gestión de Lacalle con la de Vázquez! Porque tiene cansado a un pueblo con su idea de cotejar las cifras del gobierno nacionalista (1990-95) con las del actual. Y atención, nadie le teme a esa comparación de la cual el Frente sale mal parado si cotejamos, por ejemplo, las cifras de crímenes, de uruguayos emigrantes, de estudiantes desertores o, incluso, de distribución de la riqueza. Pierde en todas.
Pero una campaña electoral no puede ser un mero ejercicio de memoria porque la gente vota pensando en lo que vendrá. Por tanto, debe servir para confrontar dos proyectos de país, cada uno con su nombre y apellido: el de Lacalle vs. el de Mujica. Con una primera diferencia que rompe los ojos: el de Lacalle es más seguro y predecible; el de Mujica es un tiro al aire porque nadie sabe en qué puede terminar...
Con Lacalle habrá todo el Estado que se necesite, pero no más. Los derechos del ciudadano primarán sobre los del delincuente. Será estable el marco constitucional y legal. Las ayudas sociales exigirán contraprestaciones de los beneficiarios, sean de trabajo, educación o salud. Habrá presupuestos equilibrados y una economía ordenada. La inserción internacional del país responderá a los intereses nacionales y no a supuestos amiguismos políticos.
¿Qué puede esperarse de un gobierno de Mujica? Ante todo, incertidumbre. ¿Convocará a una constituyente? ¿En qué cambiará la Constitución? ¿Se afectará el derecho de propiedad? ¿Suprimirá las AFAP? ¿Importará campesinos de Bolivia? ¿Se abrazará con culebras en el plano internacional? Y si lo eligen ¿cumplirá sus anuncios de hacer huelga de hambre, "armar relajo" y pelearse con quienes se crucen en su camino?
Quizás porque no puede responder a esas preguntas es que Astori propone el pasado. Esa obsesión por comparar quinquenios le sirve para realzar su propia actuación. La que empezó bien y terminó mal. La que deja a la economía con un déficit acumulado cercano al 3% pese a una bonanza nunca vista. La que no supo prever que llegaría la inevitable etapa de vacas flacas.
Por ello hay que saludar al diputado Arregui por su oportuna iniciativa. ¡A pensar en el Uruguay del 2030, el del segundo centenario! Un ejercicio necesario en un país cuya única inquietud en torno a esa fecha ha sido pedirle a la FIFA la organización de un mundial de fútbol. Nada más. Discutir sobre el pasado discute cualquiera. Más difícil es ponerse a delinear las claves del futuro.
¿Uruguay país natural? ¿Uruguay tecnológico? ¿Un país abierto a la innovación o un país abrumado por su Estado y encorsetado por mil normas? ¿Un país aun más viejo y con menos habitantes que los de hoy? ¿Un país con una educación digna del siglo XXI? ¿Un país gobernado por las corporaciones? ¿Un país alineado con los Chávez de su tiempo o un país capaz de firmar un TLC con quien más le convenga?
Importa contestar esas preguntas en vez de congelarse en el pasado. Para eso, claro está, se necesita un estadista. Lacalle lo es. ¿Mujica?
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