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The Economist. Publica el 01/03/2003 Terror por partida doble La tortura está prohibida en todo el mundo. Pero decenas de países la practican. Y ahora Estados Unidos puede estar sumándose a la lista
La información emerge lentamente, pero es inquietante. Agentes de inteligencia estadounidenses han estado torturando sospechosos de terrorismo o involucrándose en prácticas muy cercanas a la tortura. También han estado entregando presos a países, como Egipto, cuyos agentes de inteligencia tienen fama de brutales. Para algunos, esto no es sorprendente. Hace más de un año, al fin y al cabo, el mundo vio impactado las fotos de supuestos miembros de Al Qaeda esposados y con los ojos vendados mientras eran conducidos a la base naval estadounidense de Guantánamo, en Cuba. Las fotos parecían demostrar que Estados Unidos trataría a sus prisioneros como se le antojara. Ese caso, sin embargo, era distinto. Las fotografías eran de prisioneros inmovilizados durante el traslado para impedir que atacaran a sus captores. Estados Unidos acababa de sufrir el atentado terrorista más terrible de la historia, perpetrado por un grupo de decididos suicidas. Las precauciones extremas estaban justificadas. Desde la llegada de los reclusos a Guantánamo, las visitas de delegados de la Cruz Roja y periodistas a la base confirman las afirmaciones estadounidenses de que allí nadie es torturado. Los recientes informes sobre el maltrato a supuestos terroristas presos en Estados Unidos, o en otros países pero por encargo de Washington, son otra cosa. Aparentemente, en sus esfuerzos por derrotar a Al Qaeda, los funcionarios estadounidenses están comenzando a usar la tortura sistemática o conspirando para hacerlo mediante la entrega de prisioneros para ser interrogados en otros países a sabiendas de que serán torturados. "Estrés y coacción" Hasta ahora, la política de Estados Unidos era evitar la tortura incluso en los casos más extremos y condenar abiertamente su uso no sólo en los países que Estados Unidos desaprueba, como Irak y Corea del Norte, sino también en aliados como Arabia Saudita y Jordania. Altos funcionarios estadounidenses, como el secretario de Defensa Donald Rumsfeld o el secretario de Estado Colin Powell insisten en que Estados Unidos está respetando los tratados internacionales que prohíben la tortura. Voceros de menor rango, cuando se les pregunta acerca de los métodos de interrogatorio, también niegan rotundamente que Estados Unidos haya roto esos acuerdos. Pero eso no es lo que los funcionarios directamente involucrados en los interrogatorios han dicho a los periodistas. La investigación más detallada, un artículo aparecido en el Washington Post a fines de diciembre, cita a funcionarios que afirman que los prisioneros han sido sometidos a una variedad de técnicas de "estrés y coacción" tales como encapuchamiento, privación de sueño, sujeción en posturas incómodas e incluso, en algunos casos, privación de calmantes para heridas. A veces también son golpeados. Un funcionario lo admitió sin rodeos: "Si no violás los derechos humanos de alguien en algún momento, probablemente no estás haciendo bien tu trabajo". Según el Washington Post, este tipo de interrogatorio se está realizando en la base aérea de Bagram, ubicada en las afueras de Kabul, la capital afgana, y en Diego García, una isla del océano Indico que Estados Unidos le alquila a Gran Bretaña. Esto deja a estas prácticas fuera del alcance de los tribunales estadounidenses. Además, el diario citó afirmaciones de oficiales según las cuales muchos prisioneros han sido transferidos a los servicios de inteligencia de otros países Jordania, Egipto y Marruecos célebres por usar métodos de interrogación salvajes. A veces, los prisioneros transferidos el eufemismo usado es "entregas extraordinarias" son enviados con listas específicas de preguntas para las que los agentes estadounidenses quieren una respuesta. Otras transferencias se hacen sobre la base de que "nadie pregunta, nadie dice nada": los agentes no dirigen ni supervisan los interrogatorios, pero reciben de buen ánimo cualquier información que se logre extraerles. Según algunos oficiales, menos de 100 prisioneros se han visto involucrados en tales transferencias, pero miles han sido arrestados y retenidos con asistencia de Estados Unidos en países conocidos por tratar brutalmente a sus presos. "Justo y necesario" No parece haber muchas razones para dudar de la veracidad del artículo del Washington Post. Los periodistas del diario dicen haber hablado con diez agentes de seguridad de Estados Unidos, algunos de los cuales han presenciados personalmente el trato a los prisioneros, y a varios ex agentes de inteligencia. Y lo más importante es que, pese a que los agentes directamente involucrados se mantuvieron en el anonimato, parecen estar tratando de enviar un mensaje a la opinión pública: hacemos estas cosas porque creemos que tenemos que hacerlas, y queremos que la gente lo sepa. Después del 11 de setiembre, los agentes del FBI trasuntaban una ansiedad similar: en su desesperación por hacer hablar a los sospechosos de terrorismo podrían, admitieron, tener que recurrir a la tortura. Esta vez, al menos algunos de los oficiales parecen estar buscando la absolución por usar violentos métodos de interrogación que son ilegales pero les parecen "justos y necesarios". Según el Washington Post, "expresaron su confianza en que el público estadounidense respaldaría su punto de vista". Probablemente estaría mas cerca de la verdad decir que el público de Estados Unidos preferiría no enterarse de esas cosas. La reacción a las revelaciones del Washington Post, pese a la gravedad de estas, ha sido llamativamente leve. Grupos defensores de los derechos humanos emitieron condenas y algunos comentaristas expresaron su consternación. Pero hasta ahora, al menos, ningún congresista reclamó investigar las denuncias. Abusos varios Es tentador argumentar que la tortura se justifica en casos excepcionales. En Estados Unidos, el más conocido expositor de este punto de vista es Alan Dershowitz, un conocido abogado que ha hablado a favor de "autorizaciones para la tortura" en casos de extrema urgencia. En la práctica, sin embargo, los intentos de usar la tortura con moderación han terminado en abusos generalizados. El ejemplo más relevante es Israel, donde la lógica de la extrema urgencia se ha usado para justificar la "coerción física" de terroristas durante los interrogatorios (Israel siempre se ha negado a llamarla "tortura"). Esta práctica nunca fue explícitamente legalizada, pero recibió algo parecido a una aprobación legal en 1987, cuando una comisión presidida por un ex jefe de la Suprema Corte recomendó que se permitiera la "presión física moderada" en los interrogatorios cuando la presión psicológica fallara. Después de eso, durante años, la Suprema Corte israelí se negó a aceptar demandas por tortura. Pero el maltrato a los prisioneros palestinos se volvió tan extendido y rutinario que en 1999 la Suprema Corte falló por unanimidad que los métodos coercitivos usados por el Shin Bet, el servicio secreto, eran ilegales. De todos modos, según grupos defensores de los derechos humanos, la tortura de detenidos palestinos sigue siendo común. También en otras partes, la tortura que parecía justificada en casos especiales terminó siendo aplicada casi indiscriminadamente. En los años 50, durante la revuelta independentista contra el colonialismo francés en Argelia, la tortura se convirtió en el principal método de interrogación de los prisioneros argelinos. Hablaran o no, los prisioneros solían ser también sumariamente ejecutados, según el general Paul Aussaresses, que realizó muchos de los interrogatorios y los describió en un libro que causó un escándalo en Francia. La junta militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983, diciendo luchar en nombre de la cristiandad y enfrentada a una amenaza real de terrorismo de izquierda, torturó rutinariamente y ejecutó a miles de inocentes. ¿Sirve la tortura para combatir el terrorismo? A corto plazo, parece que sí. Agentes israelíes aseguran que impidieron muchos atentados terroristas con la información obtenida gracias a la coerción física en interrogatorios. Francia ganó la batalla de Argel, y los militares argentinas derrotaron a la subversión izquierdista. Pero esas victorias tuvieron un alto costo. Los interrogatorios israelíes no erradicaron los atentados suicidas. Los brutales métodos represivos de Francia en Argelia dividieron a los propios franceses y llevaron a concederle la independencia a los argelinos pocos años después. Los dictadores argentinos dejaron el poder en medio del resentimiento popular, y el país todavía está tratando de cerrar las heridas que abrió su campaña represiva. ¿Prohibida? Si Estados Unidos decide usar la tortura sistemática contra sospechosos de pertenecer a Al Qaeda, debería tener en cuenta unas cuantas consideraciones. La prohibición de la tortura se ha convertido en una de las características más universales de la legislación doméstica e internacional. Todas las convenciones sobre derechos humanos firmados desde la Segunda Guerra Mundial contienen prohibiciones absolutas a la tortura, sin excepciones. Ninguna legislación doméstica la autoriza. Según las leyes y acuerdos internacionales, la tortura definitivamente no está permitida, y los torturadores son delincuentes. Y sin embargo, la tortura de un tipo u otro sigue siendo ampliamente practicada, y en la actualidad hay tantas personas que son torturadas como en cualquier otro momento de la historia. Según Amnistía Internacional, las torturas y maltratos a prisioneros se siguen cometiendo en 130 países, y son una práctica extendida y persistente en 70 de ellos. Los informes de Amnistía Internacional y otras organizaciones defensoras de los derechos humanos describen golpizas, choques eléctricos, violaciones, azotamientos, sofocamientos y una horrible letanía de otros tormentos. A pesar de esto, sería un error creer que el tabú contra la tortura carece de significado. En los países democráticos este tabú generalmente es respetado, salvo por algunos policías. La opinión pública en Occidente está firmemente contra la tortura. Si Estados Unidos comienza a usar sistemáticamente la tortura contra presos sospechosos de pertenecer a Al Qaeda, seguramente habrá fuertes críticas, tanto en el interior del país como en el extranjero. Muchas de las víctimas podrían ser personas inocentes, con lo cual la tortura se volvería moralmente inaceptable y además le daría al fundamentalismo islámico una victoria propagandística. Otra cuestión sería mantener la cooperación con los aliados de Estados Unidos en Europa. Sus manos podrán no estar del todo limpias, pero los gobiernos europeos se toman los tratados internacionales en serio y algunos, como Gran Bretaña y España, incluso firmaron muchas convenciones internacionales contra la tortura a pesar de tener terroristas en su propio territorio. Frustración La amenaza que Al Qaeda representa es difícil de exagerar, e impedir nuevos ataque es un problema urgente. La información de inteligencia, incluyendo la obtenida de los sospechosos, es una herramienta vital. Y si un sospechoso no habla y no sucumbe a las sofisticadas técnicas de presión psicológica de las que la CIA y el FBI solían estar tan orgullosos, ¿no hay margen para aplicar otro tipo de presión? Podría haberlo. La definición de tortura en los tratados internacionales es tan amplia que abarca incluso los métodos de interrogación aceptados en países democráticos, o tan vaga que permite algunas prácticas que pueden parecer excesivas. Por ejemplo, la Convención Contra la Tortura de 1984 dice que la tortura "no incluye el dolor o sufrimiento resultante solo de sanciones legales". En el caso de sospechosos de terrorismo potencialmente suicidas, un abogado podría argumentar que esta definición no prohíbe el estrés resultante de algunos tipos de apremios físicos como la luz brillante, los interrogatorios prolongados, la privación de sueño moderada o la negación de algunas comodidades. Los jueces han tenido pocas oportunidades de trazar fronteras claras entre lo que se considera tortura y lo que está permitido por los tratados internacionales. Una de las sentencias más interesantes fue la emitida por la Corte Europea de Derechos Humanos en 1978, en relación al tratamiento de presuntos terroristas del Ejército Republicano Irlandés (IRA) capturados por el gobierno británico. La mayoría de los jueces del tribunal opinó que no es tortura obligar al prisionero a pararse contra una pared con pies y manos extendidos durante horas, encapucharlo, impedirle dormir, darle raciones pequeñas de comida o someterlo continuamente a ruidos fuertes. De todas formas, consideraron que esas prácticas eran "inhumanas y degradantes", y por lo tanto violatorias de la Convención Europea de Derechos Humanos. Lo que está prohibido es infligir directamente dolor físico, o amenazar con ello. Los "sueros de la verdad" en los que algunos cifran sus esperanzas tienen un estatus ambiguo según los tratados, pero de todos modos son poco efectivos. Hay una táctica, sin embargo, que está claramente prohibida
tanto por las leyes domésticas como por las internacionales: entregar
presos para que otro los torture. Esto está explícitamente
descartado en la Convención contra la Tortura. Más aún:
ningún tribunal de un país democrático, incluyendo
a Estados Unidos, aprobaría enviar a un prisionero a otro país
si se sabe que allí sería torturado. Estados Unidos, sin
embargo, ya parece estar permitiendo que su frustración le haga
torcer, y probablemente romper, sus propias leyes. |
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