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Publicado el 16/11/2002 en Qué Pasa

Chechenia: una guerra brutal e ignorada
Semilla de maldad

Violencia y brutalidad sin límites han convertido a Chechenia en otro caldo de cultivo para el fundamentalismo islámico.


Christian Caryl, Newsweek

Es el tipo de historia que la gente en Chechenia conoce demasiado bien: en mitad de la noche, soldados rusos con uniformes camuflados y máscaras rodearon la aldea de Krasnostepnovskoye. Tras una brutal búsqueda de supuestos rebeldes independentistas, detuvieron a seis hombres, les vendaron los ojos y los subieron a un camión blindado.

Los hombres reaparecieron cuatro meses después... en una fosa común descubierta en setiembre cerca de la frontera con la vecina Ingushetia. La pista que permitió encontrarlos vino de los propios soldados autores de la matanza. Le habían cobrado a los familiares una jugosa suma por decirles dónde hallar los cadáveres.

El episodio, documentado por Memorial, una organización rusa defensora de los derechos humanos, da cuenta del salvajismo y el cinismo de la guerra en Chechenia. Las brutales operaciones del ejército ruso —especialmente las llamadas “operaciones de barrido” como la de Krasnostepnovskoye— han exacerbado la resistencia chechena. La última ofensiva militar rebelde, a fines de este invierno, demostró que los rebeldes están lejos de verse derrotados. Y ahora la guerra parece estar desbordando las fronteras de Chechenia, amenazando con encender una conflagración regional más amplia.

El mes pasado, fuerzas rusas bombardearon supuestas posiciones rebeldes en la vecina república de Georgia. Los guerrilleros chechenos han atacado a los rusos desde Ingushetia, un giro potencialmente peligroso con respecto a su política inicial de ahorrarle a los ingushes —un pueblo cercanamente relacionado con ellos— los horrores de una guerra devastadora. Ahora, Moscú podría desplegar tropas mas allá de la frontera con Georgia para tratar de desarticular a los rebeldes refugiados en el reconocidamente inaccesible desfiladero de Pankisi.

Mientras tanto, el saldo de víctimas en el brutal conflicto sigue aumentando. Rusia ha desplegado aproximadamente 100.000 soldados en Chechenia y sus cercanías; oficialmente ya ha perdido unos 4.500 hombres, pero el Comité de Madres de Soldados, que lleva la cuenta en base a datos aportados por los familiares de militares, estima que la cifra real ronda las 11.000 bajas.

En agosto, los guerrilleros chechenos derribaron un sobrecargado helicóptero ruso. El ataque, filmado en video, le costó la vida a 118 soldados. La aeronave estaba sobrecargada porque la mayoría de quienes iban a bordo estaban demasiado asustados como para entrar a Chechenia manejando. Los convoys militares rusos frecuentemente son víctimas de emboscadas o de minas terrestres radiocontroladas. Aleksandr Petrov, de la organización Human Rights Watch, supone que unas diez personas mueren diariamente en Chechenia: tres o cuatro son soldados rusos y el resto son chechenos, guerrilleros o civiles.

Limpieza a la rusa

Nadie sabe cuántos chechenos han muerto durante la guerra. Las estimaciones oscilan entre 80.000 y 100.000 en el primer conflicto, que duró desde 1994 a 1996. Desde que la guerra volvió a comenzar, hace tres años, entre 20.000 y 40.000 chechenos han muerto, la mayoría en bombardeos indiscriminados y ataques de artillería. Pero más que nada, son los “barridos” de seguridad, como el de Krasnostepnovskoye, los que le han ganado a Moscú el odio de los chechenos. Los rusos llaman a esas operaciones zachistki. Literalmente traducida como “limpieza”, la palabra es uno de los eufemismos más cínicos jamás creados por un gobierno para encubrir la violencia aplicada contra enemigos reales o imaginarios.

Lejos de disuadir a la población de apoyar a los rebeldes, los zachistki —a menudo acompañados de varias formas de extorsión, saqueos, golpizas y violaciones— están teniendo justamente el efecto contrario. Según organizaciones defensoras de los derechos humanos, estas operaciones han tenido como resultado la desaparición (y a veces la ejecución extrajudicial) de 2.000 o más chechenos, cientos de ellos en el último año.

Krystyna Kurczab-Redlich, una periodista polaca, visitó recientemente Chechenia para evaluar el impacto de la estrategia rusa. Esto fue lo que escribió:

A las 5 de la madrugada del 14 de abril del 2002, un vehículo blindado circulaba lentamente por la calle Soviet. Un hombre joven de cabellos castaños, cubierto de sangre, con las manos y pies atados, viajaba a bordo. El vehículo se detuvo y el hombre fue empujado y colocado contra un alambrado. El auto arrancó y hubo una explosión. La fuerza del estallido, causado por una granada o por dinamita, hizo volar la cabeza del hombre hasta una calle vecina, llamada Mandamientos de Lenin.

“Fue difícil fotografiar ese momento, a pesar de que en cierta forma me he acostumbrado a estas cosas”, afirmó una menuda y canosa chechena que ha pasado años documentando lo que Rusia denomina “campaña antiterrorista”. (Por razones obvias, la mujer pidió no ser identificada por su nombre).

Hacer estallar a la gente, viva o muerta, es la última táctica introducida en el conflicto por el ejército federal. Tal vez la ocasión en que fue utilizada más efectivamente fue el 3 de julio en la aldea de Meskyer Yurt, donde 21 hombres, mujeres y niños fueron atados entre sí y dinamitados. Sus restos fueron arrojados a una zanja.

Desde el punto de vista de los perpetradores, este método es altamente práctico: impide que los cadáveres sean contados, o incluso hallados. Sin embargo, no siempre ha tenido éxito en este sentido: desde comienzos de este año, casi diariamente, los perros han estado desenterrando partes de cadáveres en numerosos rincones de Chechenia.

Los métodos más “tradicionales”, por su parte, siguen utilizándose. El 9 de setiembre, los cuerpos de los seis hombres de Krasnostepnovskoye fueron encontrados, desnudos, con bolsas de nylon atadas alrededor de la cabeza. En junio, una fosa que contenía 50 cadáveres mutilados fue descubierta cerca de un puesto militar ruso en Chankala. A los cadáveres les faltaban ojos, orejas, extremidades y genitales. Desde febrero, se han encontrado fosas comunes cerca de Grozny, Chechen Yurt, Alkhan-Kala y Argun.

“¡Apurate!”

Desde el comienzo de la primera guerra, en 1994, la mujer canosa ha estado recorriendo las calles con su cámara. Hoy muestra las terribles imágenes desparramadas sobre la mesa como si fueran reliquias o retratos de un album familiar, mientras recorre con su mano los contornos de un auténtico cráneo astillado, uno de los más de diez hallados en febrero entre Meskyer Yurt y Chechen Yurt. “Los restos fueron desenterrados no mucho después de que estas personas murieron”, afirmó. “Los tejidos todavía se conservaban bastante bien. Los pedazos de carne desgarrada sugieren que las víctimas fueron atacadas por perros. Es difícil saberlo con certeza. La gente no quiere hablar. Tienen miedo de ser los próximos”.

La Sociedad para las Relaciones Ruso-Chechenas, en colaboración con Human Rights Watch, informa que en el lapso de un mes —entre el 15 de julio y el 15 de agosto— 59 civiles fueron asesinados a balazos, 64 fueron secuestrados, 168 seriamente heridos y 298 torturados. Muchos hombres desaparecieron tras ser detenidos por soldados rusos o policías de seguridad; a otros directamente les dispararon.

Durante una operación en Chechen Aul, entre el 21 de mayo y el 11 de junio, 22 hombres fueron asesinados. Casi todos tenían entre 20 y 26 años; dos de ellos tenían 15.

Como Chechen Aul es considerado territorio hostil, ya ha soportado 20 “limpiezas” este año. Generalmente las operaciones son dirigidas por las fuerzas armadas federales (particularmente las fuerzas policiales especiales, OMON, y su equivalente militar, Spetnaz) y pueden producirse en cualquier momento del día o la noche. Por lo general, la aldea es rodeada por tanques, vehículos blindados y camiones militares, uno de los cuales —conocido como “el carro de purificación”— está destinado a las torturas.

Según Human Rights Watch, la tortura es el método preferido de los rusos para obtener información de inteligencia. Aislados y sin contactos, los rusos intentan descubrir actividades guerrilleras atrapando ciudadanos casi al azar y forzándolos a brindarles la poca o mucha información que posean.

En su forma más benigna, tales expediciones se limitan al robo de varios efectos personales: autos, heladeras, televisores, joyas, ropa interior, ollas y, por supuesto, dinero. Pero frecuentemente las cosas se ponen peores. “Llegaron el 23 de agosto, a las 5 de la mañana”, recordó Zuhra, habitante del pueblo de Enikaloi. “Había como 100 vehículos militares, todos llenos de soldados. Salimos corriendo a mostrarles nuestros documentos. Dios te libre de encontrarte con un federal impaciente, porque en el mejor de los casos te torturará o te disparará hasta matarte ahí mismo. En el peor de los casos, te llevan. Cerca de 20 de ellos, armados hasta los dientes y enmascarados, se treparon a la casa. Como siempre, estaban sucios, sin afeitar y con olor a vodka. Maldecían horriblemente. Nos dispararon a los pies. Se llevaron mis papeles de identificación y comenzaron a romperlos. Los había comprado por 500 rublos. Me habían costado todo lo que tenía.

Luego fueron a la casa de nuestros vecinos, la familia Magomedova. Oímos disparos y los gritos de Aminat, una muchacha de 15 años. ‘¡Déjenla en paz!’, gritó uno de sus hermanos. ‘¡Mátennos a nosotros!’. Entonces oímos más disparos. A través de la ventana vimos a un comandante de OMON, semidesnudo, tirado encima de Aminat. Ella estaba cubierta de sangre por las heridas de bala. Otro soldado gritó: ‘¡Apurate, Kolya, mientras todavía está tibia!’”.

Radicalización

A veces, los que sobreviven desearían haber muerto, como ocurrió hace poco en Zernovdsk, cuando los habitantes del pueblo fueron perseguidos hasta un campo y obligados a mirar cómo los soldados violaban a las mujeres. Cuando los hombres intentaron defenderlas, 68 de ellos fueron esposados a un camión y violados también. Luego de ese episodio, 45 de ellos se fueron a las montañas para unirse a los grupos guerrilleros. A un anciano casi ciego, Nurdi Dayeyev, los rusos le atravesaron las manos y los pies con clavos por sospechar que estaba en contacto con los rebeldes. Los parientes de otro habitante del pueblo, Aldan Manayev, encontraron su torso pero no su cabeza. Las familias fueron obligadas a firmar una declaración afirmando que Dayeyev y Manayev se habían hecho estallar a sí mismos.

Es usual que grupos de personas desaparezcan sin dejar rastro. Poco después, sus familiares comienzan a buscarlos y preguntan en todos los puestos militares. Si encuentran el rastro de alguno de sus parientes, es posible que puedan pagar para recuperarlo. La tasa usual por una persona viva es de miles de dólares. Por un cadáver el precio no es mucho más bajo. Si no pueden encontrar al desaparecido, los familiares mandan cartas al presidente ruso Vladimir Putin, llenan formularios de organizaciones sociales y grupos defensores de los derechos humanos, imprimen carteles con su foto y la leyenda “se busca” y esperan. La mayoría de los secuestrados nunca vuelve. Los que regresan a menudo están lisiados, tienen los riñones y pulmones lastimados, la vista y los oídos deteriorados y los huesos rotos. Es casi seguro que nunca podrán tener hijos.

Las autoridades rusas no niegan que estas cosas suceden. De hecho, se ha emitido una orden oficial —la número 80— que prohíbe tales abusos, aunque no se cumple.

Lo que muchas crónicas periodísticas de la región dejan de lado son las atrocidades cometidas por el otro bando. Cualquier persona que los guerrilleros chechenos califiquen de “colaborador” puede ser secuestrada para exigir un rescate o ejecutada sumariamente. Hace unos meses, una mina controlada por control remoto, presumiblemente destinada a un convoy militar ruso, explotó en una parada de ómnibus en Grozny causando la muerte de 11 civiles, entre ellos dos niños.

Los analistas dicen que el líder guerrillero Aslan Masjadov, antes considerado relativamente laico, logró recientemente consolidar sus fragmentadas fuerzas al dar la bienvenida a varios comandantes rebeldes considerados musulmanes especialmente radicales. Los nuevos videos utilizados por los rebeldes para dar a conocer sus comunicados dejan de lado la imaginería nacionalista y muestran en cambio símbolos islámicos. Todo sugiere que la brutalidad de los rusos ha tenido como consecuencia una creciente radicalización de sus oponentes.

Lo ocurrido en el teatro de Moscú no parece tener nada de casual. ©

Teatro del horror
AP, AFP

La cifra de muertes por el asalto para liberar a centenares de rehenes en el teatro de Moscú secuestrado por terroristas chechenos asciende a 128, ocho más de la cifra revelada originalmente, informaron autoridades rusas. Además, 41 atacantes murieron.

La fiscalía de Moscú publicó una lista de 128 víctimas: 120 rusos y ocho extranjeros: tres ucranianos, un bielorruso, un kazajo, un estadounidense, un austríaco y un holandés.

Indicó que cinco de las víctimas tenían heridas de bala, tres más de lo que se había informado en principio.

Docenas de hombres armados tomaron como rehenes a 800 personas en un teatro el 23 de octubre y amenazaron con volar el edificio a menos que Rusia pusiera fin a la guerra en Chechenia. Las fuerzas especiales atacaron el edificio tres días después y por lo menos 118 personas murieron a consecuencia de un gas derivado del opio, que fue usado para dormir a los atacantes.

El fiscal dijo que 41 militantes, 22 hombres y 19 mujeres, murieron en el ataque y que ninguno de ellos logró escapar. Las autoridades afirmaron que era necesario matar a los captores a fin de impedir que detonaran centenares de kilogramos de explosivos con los que habían cubierto el teatro.

La amenaza chechena
EFE

“El conflicto de Chechenia no puede considerarse sólo como un problema de terrorismo”, advirtió el lunes 11 el primer ministro danés Anders Fogh Rasmussen, presidente temporal de la Unión Europea, durante una reunión con las autoridades rusas. “Una solución política es la única vía para una paz duradera” y “ambas partes deben respetar los derechos humanos; los que no lo hagan deberán ser juzgados sin demora”, afirmó Rasmussen, en una velada crítica a los métodos utilizados por los militares rusos en esta república independentista.

Por su parte, el presidente ruso Vladimir Putin manifestó su voluntad de encontrar una salida negociada al conflicto —aunque descartó la posibilidad de diálogo con el actual líder separatista, Aslan Masjadov— y enfatizó una vez más los vínculos de los rebeldes chechenos con el “terrorismo internacional”.

Moscú “no está combatiendo el terrorismo chechén, sino el terrorismo internacional”, dijo el presidente ruso, según el cual la falta de autoridad real en la república caucásica condujo a que el “terrorismo internacional” influyera sobre los separatistas, hasta llevar a los radicales al poder.

“Rusia concedió en 1995 una independencia ‘de facto’ a la república de Chechenia, pero pagamos un alto precio por ello”, afirmó Putin. Tras el armisticio con Rusia, los líderes rebeldes no lograron constituir un gobierno estable y comenzaron a pelearse entre ellos, mientras el devastado país se sumía en el caos. En 1999, según Putin, extremistas musulmanes y terroristas “lanzaron un ataque a gran escala sobre el vecino Daguestán con el intento de crear un califato en la mayor parte del Cáucaso ruso”. Pero ese es sólo “la mitad de su plan”, aseguró el presidente ruso. Los fundamentalistas chechenos se han fijado como objetivo también “otros blancos a gran escala”: matar “a estadounidenses y a sus aliados” y a todos “los no musulmanes”.

“Si eres cristiano, estás amenazado”, dijo Putin, porque “desde su perspectiva, el islam tradicional es hostil a la civilización cristiana”. ©

No hay buenos en esta guerra
Fareed Zakaria, Newsweek

Gracias a Dios por la claridad moral. La imagen en blanco y negro que el presidente estadounidense George Bush tiene de la guerra al terrorismo parece haberle dado sentido a la complicada lucha de Rusia contra los chechenos.

La Casa Blanca ofreció su total apoyo al presidente Vladimir Putin tras de la toma de rehenes en el teatro de Moscú, pese a la grosera operación rusa de rescate, que tuvo poco respeto por la vida de los rehenes o de los terroristas. (Estos últimos fueron muertos a balazos pese a estar inconscientes). Pero todo eso es comprensible. Después de todo, Rusia está combatiendo al terrorismo.

El vocero de Bush, Ari Fleischer, reveló que “la primera reacción del presidente (ante los acontecimientos en Rusia) fue de dolor porque otras naciones en el mundo son víctimas de los terroristas”. Pero la imagen de Moscú como víctima en este conflicto es extraña. Para resumir brevemente la historia: los chechenos fueron obligados a unirse al Imperio Ruso en 1862, tras 45 años de sangrienta resistencia. Obtuvieron la independencia en 1918, pero en 1920 la Unión Soviética invadió nuevamente el país y reprimió brutalmente las periódicas revueltas. En 1944 Stalin aplicó una solución stalinista al problema checheno. Deportó a la mayoría de sus habitantes —más de medio millón— a Siberia, y quemó sus aldeas hasta arrasarlas. (El sucesor de Stalin, Nikita Khruschev, permitió a los sobrevivientes regresar a su tierra a fines de la década del 50).

En 1990, cuando la Unión Soviética se desintegraba, una conferencia de todos los grupos políticos chechenos declaró la independencia. Rusia se negó a reconocerla y en 1994 lanzó la primera guerra de Chechenia. Tras dos sangrientos años de lucha, Moscú no logró ganar y firmó un tratado de paz con los chechenos. En 1999 Rusia volvió a invadir y desde entonces ha desplegado más de 100.000 soldados en esta república del tamaño del estado de Vermont.

Cuando se le preguntó si también puede atribuirse parte de la responsabilidad a Rusia, Fleischer se mostró vigorosamente en desacuerdo: “Su pregunta supone que los rusos tienen la culpa de que los terroristas hayan tomado como rehenes a ciudadanos rusos. Y el presidente no comparte eso... Los que tratan de sacarse de encima la carga y la culpa son los terroristas. Y no hay excusas en ninguna parte del mundo para que un pueblo recurra al terror en contra de civiles inocentes...”.

Si el terror contra los civiles es el criterio utilizado, ¿cómo llama la Casa Blanca a las acciones del ejército ruso en Chechenia? A lo largo de la última década, se estima que los militares han asesinado 100.000 civiles —casi el 10% de la población de antes de la guerra— han desplazado a otros 200.000 y han convertido más de la cuarta parte de la pequeña república en un basural ecológico.

Memorial, una organización rusa defensora de los derechos humanos, ha documentado cómo, en los últimos dos años, las tropas rusas aterrorizaron la aldea de Tsotsin Yurt, ahuyentando a la mitad de la población. En el transcurso de 40 operativos, las tropas de Moscú capturaron a los hombres jóvenes y exigieron un rescate a cambio de su liberación. “Los que no pudieron pagar fueron llevados a las afueras de la aldea, donde fueron golpeados y torturados con electricidad durante varias horas. Les aplicaron cables en el pene”, afirma un informe de Memorial. Tras llevarse a estos hombres, los soldados rusos violaron y sodomizaron a la mayoría de sus esposas. Casi 100 hombres están desaparecidos aún. Y este es sólo un ejemplo entre los cientos de casos que han sido documentados.

Los chechenos no son ángeles. Han sido despiadados combatientes de su causa, totalmente incapaces de formar un gobierno estable, y no hay duda de que han recurrido al terrorismo. Pero las acciones rusas han ayudado a convertirlos en terroristas. Rusia ha destruido Chechenia como territorio, como entidad política y como sociedad. Chechenia es hoy un baldío habitado por pandillas de merodeadores. No hay líder que pueda controlar a unos jóvenes cada vez más radicalizados e irrespetuosos de la ley como los que tomaron el teatro moscovita. Putin ha hablado de la presencia de Al Qaeda en Chechenia, pero esta era inexistente hasta hace poco, cuando los chechenos, devastados por la carnicería rusa, buscaron apoyo dondequiera que pudieran encontrarlo. A medida que las cosas empeoraron, los chechenos se fueron desesperando, y su conflicto político fue tomando una dimensión religiosa cada vez mayor. Es un patrón recurrente: la represión violenta genera oposición extrema.

La lección a sacar es que aquí no hay claridad moral. El terrorismo es malo, pero quienes lo combaten pueden ser muy malvados también. Y la manera en que lo combaten puede empeorar mucho, mucho las cosas. Es una lección que más nos vale aprender rápido, porque desde Egipto a Pakistán o Indonesia hay gobiernos que están endureciendo su represión y luego se la venden a Washington como parte de la guerra al terrorismo. Hasta hace poco, los oficiales rusos llamaban “rebeldes” o “bandidos” a los combatientes chechenos. Ahora son “terroristas islámicos internacionales”.

Cuando Bush era candidato a la presidencia, el periodista Larry King le preguntó qué pensaba de la actuación rusa en Chechenia. “No es aceptable”, respondió Bush. “Y por eso tenemos que cortarle la ayuda internacional a Rusia”.

“¿Ahora?” le preguntó King. “Sí, absolutamente”, insistió Bush, y agregó: “Las naciones del mundo libre deben condenar, ya sabe, la matanza de mujeres y niños inocentes”.

Eso sí que es claridad moral.


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