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  Teatro Solís
   

REAPERTURA . EL DIRECTOR GENERAL DICE QUE LA MISIÓN DEL TEATRO ES GENERAR UNA PROGRAMACIÓN ABIERTA A TODAS LAS ORIENTACIONES ESTÉTICAS, CON UN CRITERIO DE EXCELENCIA

"El Solís es formador de ciudadanía"


Luego de estar al frente de la Sala Zitarrosa, Gerardo Grieco (Montevideo, 1964) será el encargado de poner en práctica el un nuevo proyecto de gestión del teatro Solís.

—¿Cuál es el criterio en base al cual se diseña la programación?

—Bueno, se busca que sea polifacético como lo fue siempre. En el plafón de la platea, allá arriba, están los nombres de los 11 autores —cinco de música y seis de drama—, algunos clásicos y otros que para la época, hace 148 años, eran innovadores. Siempre se discutió sobre el perfil del Solís, si tenía que haber bailes de Carnaval o recitales de música popular. El teatro va a tener una programación abierta a todas las orientaciones estéticas, con un criterio de calidad y excelencia. Para esto dentro del consejo se genera un debate fermental, un espacio crítico donde por supuesto no siempre pensamos igual, pero donde sí llegamos a acuerdos constructivos. Hoy el tango tiene lugar en el Solís, como en cualquier escenario de cualquier parte del planeta, pero hace 100 años eso no se le ocurría al más pintado. Con esto quiero decir que tenemos que estar todos con la cabeza abierta, porque en definitiva el que juzga es el tiempo. Yo propongo que Bajofondo Tango Club esté en el Solís, porque es innovador.

—Se dijo que el Solís no era una sala adecuada para espectáculos de rock.

—No se trata de que haya géneros adecuados o no. El problema está en dos cosas: en la amplificación del espectáculo y la actitud del público y del artista, algo que muchos no se animan a decir, pero que es clave. Eso quedó muy demostrado en Sala Zitarrosa. Creo que no hay que tener prejuicios. Un coro de murga puede alcanzar un nivel de sofisticación y arreglos enorme, como puede ser aquel de la Contrafarsa 2002, que ya quisieran tener muchos coros del mundo. No se plantea en términos de murga sí o murga no, sino en términos de excelencia. No queremos manejarnos con esquemas porque no se corresponde a la lógica artística. El teatro Solís tiene que ser una puerta de entrada para nuevos públicos y un laboratorio de ensayo para los artistas, tiene que ser generador de desafíos y a la vez un espacio consagratorio de algunas propuestas.

—¿El nuevo Solís tiene un nuevo marco jurídico?

—Creo que esa es un deuda de todo el país que vale no sólo para el Solís sino también para el Sodre. Se había iniciado un debate, que ahora se ha postergado, sobre las reglas de juego que tenemos para administrar toda la infraestructura cultural de Uruguay. Deberíamos tener reglas de juego que favorezcan una administración productiva e idónea del sector. Pero por ahora seguimos con el mismo marco jurídico que antes.

—Es el mismo marco que rige para la Sala Zitarrosa, que Ud. ya dirigió. ¿Lo favorece eso?

—Sí, pero porque lo disimulemos bien no quiere decir que no haya que generar un marco adecuado que nos permita el desarrollo de la cultura. Obviamente, los que estamos al frente tenemos que capear los temporales y hacer que las cosas funcionen. El mundo del espectáculo tiene reglas propias: se pagan derechos de autor, porcentajes de borderó y muchos contratos demandan que se adelante dinero en concepto de seña para asegurar la presencia de, por ejemplo, un artista que va a venir en el 2007, y si no se lo seña no viene. Bueno, eso desde el municipio hoy no se puede hacer. El sector privado de producción de espectáculos, que obviamente tiene otras libertades, sólo invierte en espectáculos que puedan ser rentables. Esto quiere decir que hay una franja de espectáculos de gran interés cultural pero de poco interés comercial que nos estamos perdiendo. Un teatro como el Solís sí está interesado en realizar espectáculos que aunque tengan escaso margen de rentabilidad tienen mucho interés cultural. De hecho, la rentabilidad para nosotros es que ciertos artistas actúen en nuestra ciudad. En el mundo, los teatros como el Solís están dotados de autonomía de gestión para manejarse con las reglas de juego propias del sector. Se había hablado de instrumentar el fideicomiso aunque no se tenía muy claro el alcance que podría tener. No es fácil abordar esto en un año electoral donde este tipo de cuestiones se postergan.

—¿Cómo se diseña una programación con estas dificultades entonces?

—Muchas veces les pedimos confianza y muchas veces los artistas nos dan esa confianza, pero eso es manejar las cosas a nivel personal, lo cual es una tragedia. Pero la mayoría de las veces, al no tener las herramientas, empezás a omitir hacerlas. Me parece que en todo esto estamos muy atrasados. La peor de las políticas es la omisión. Si algo no es una prioridad pasa a segundo plano y ahí el Sodre lleva 38 años de incendiado. Creo que hay dos o tres síntomas que señalan que ya es hora de resolver cómo se administra el sector cultural: la Sala Zitarrosa fue una demostración, la reinauguración del Solís en plena crisis es otra. Son símbolos auspiciosos que indican que se avecina una transformación meditada y de fondo sobre la forma que en vamos a administrar nuestros bienes.

—¿Exactamente qué servicios se inauguran el 25 de agosto?

—El cañón central, sin la estructura de las alas laterales. Es decir, se inaugura el teatro propiamente dicho, el área exclusiva en que se presenta el espectáculo. Faltan todavía poner en funcionamiento otros servicios como salas de ensayo, museo, archivo, centro de investigación, camerinos, oficinas, etc. Esta segunda etapa, desde mi punto de vista, es impostergable porque va a atada con la nueva gestión.

—¿Hay algún plazo para esa segunda etapa?

—Seguramente se va a ir dando. La idea ahora era poner en pie esta nueva modalidad de gestión y propiciar que se vaya terminando con las partes físicas que nos están faltando.

—Estar al frente del Solís parece que demanda desarrollar cierta habilidad política.

—Podría decir que todos somos seres políticos, pero eso es un lugar común. Es cierto que el Solís es tan grande que te obliga a jugar en otras canchas. Pero tampoco es nuevo y creo que no lo podría hacer sin las experiencias anteriores, sin haber pasado por la División Cultura de la Intendencia o sin haber dirigido la sala Zitarrosa. Es natural, cada uno espera un teatro Solís de acuerdo a sus propios y legítimos intereses. En esto entran los artistas, los técnicos, los sindicatos, el público, todos. Fue un acierto haber trabajado en el diseño de plan estratégico en verano, lejos de la contaminación de la fecha de inauguración. Eso es algo que quedó escrito y que es una brújula que marca el camino. Ese camino es dar un servicio público eficiente, que preste una programación abierta a todas las orientaciones estéticas y que a resguardo sus valores patrimoniales edilicios garantice la excelencia de los espectáculos y promueva la accesibilidad democrática de la ciudadanía. Todos hemos sentido la falta del Solís, un teatro que desde su inicio tuvo el propósito de ser constructor de ciudadanía. Es su misión desde el siglo XIX y lo debería seguir siendo en el XXI. También tenemos una misión y una responsabilidad técnico profesional sobre este modelo de gestión y una responsabilidad económica que es generar una empresa cultural que sea un dínamo económico que controle sus egresos y sus ingresos y que deje de ser un barril sin fondo donde nunca alcanza la plata pero donde tampoco la genera.

Buscamos que cada peso del Solís se multiplique por tres o por cuatro en su taquilla, es decir en su actividad propia, y que toda la actividad le devuelva al Solís al menos el 50 por ciento del peso que gastó. La idea es que sea productivo y no pesado gastar en cultura.

—¿El dinero que se genere va a rentas generales o lo puede utilizar el propio teatro?

—En el año 96 la Junta votó esa medida, pero ahora vamos a pedirle una ampliación, porque ahora va sólo lo que se genera de entradas, pero el Solís va a generar otros ingresos. Claro que en esto hay una ley: lo más importante en un teatro es la programación, el hecho artístico, todos los servicios y los complementos no sirven de nada si no hay una buena programación.

FUNCIONES. El teatro Solís ofrecerá más de 200 funciones por año y pretende una alta taza de ocupación de butacas para tener entre 250 mil y 300 mil espectadores directos por año.

PUNTUALIDAD. Los espectáculos se iniciarán en hora. La boletería se cierra 15 minutos antes de inicio del espectáculo y no se permitirá el ingreso a sala con la función iniciada.

MONEDAS NO. Una de las políticas del nuevo Solís es no aceptar propinas, para evitar prácticas vinteneras. La sala contará con becarios de hotelería adecuadamente remunerados por su función.

AIRE PURO. Será un edificio libre de humo de tabaco tanto en el hall como las áreas internas. El edificio cuenta con detectores de humo en todas partes.

MARCA REGISTRADA. Se lanzará un vino del teatro Solís elaborado por la bodega Joanicó como forma de acercar fondos a la institución.

SEGURIDAD. El Solís deja de ser teatro de producción: por seguridad no se soldará o cortarán maderas sobre el escenario como se hacía antes. Para ello se instaló un taller en la calle General Luna con 4 escenarios en línea para realizar allí las escenografías.

SERVICIOS. Habrá visitas guíadas artísticas y se realizarán exposiciones en el subsuelo.

ADMINISTRACION. Se creó un área desarrollo institucional para generar nuevos públicos y otra comercial para desarrollar políticas de marketing y patrocinios.

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