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Las Columnas
¿Así
es la globalización?
Miguel Carbajal
A medida que pasan los años, los historiadores coinciden
en afirmar que el siglo XX empezó en 1914. Un siglo cronológico
no es lo mismo que uno conceptual. El Novecientos fue una especie
de apéndice del XIX y la nueva mentalidad y el espíritu
nuevo no irrumpieron hasta el asesinato en Sarajevo. El enfrentamiento
que lo siguió no sólo significó el primero
de dos antagonismos entre Francia y Alemania, sino también
la desaparición del Imperio Otomano, el ruso y el de los
Habsburgo, como aniquilación de situaciones dominantes que
duraron siglos.
La Primera Guerra
Mundial arrastró, dentro de su bestialismo, algunos tics
de caballeros, marcó el apogeo de la infantería mecánica,
los ataques dinamiteros fuera del contexto bélico, el estreno
de los armamentos modernos y la moda del gas mostaza para contaminar
las trincheras. Allí ya están presentes el terrorismo,
los agentes químicos y los motivos económicos por
encima de los factores políticos. Faltan algunos años
para que surja la figura de Hussein, pero el reparto del Cercano
Oriente bajo nuevas manos y la drástica reducción
del papel de Turquía como agobiante gendarme local, anuncian
el tipo de gobierno que predominará. Mientras se esté
al servicio de los intereses extranjeros, resguardado y repartido
el negocio del petróleo, se desestimula a la democracia,
un artículo exótico y del todo prescindible al este
del Peloponeso.
Si el tema real
de la guerra actual, un suponer, fuera la expansión de un
mundo democrático sin terrorismos, conviene advertir que
los dos países que hicieron más por la democracia
después de los actos fundacionales de Atenas
fueron los mismos que ahora exiben las posiciones más extremas:
Estados Unidos y Francia. Y que el mundo ha sido predominantemente
un espacio ocupado por reinados que aducían encontrar su
sustento en una especie de mandato divino, protectorados coloniales,
potencias usurpadoras, pequeñas y grandes dictaduras. Excepto
la monolítica experiencia interna norteamericana, hasta naciones
como Inglaterra y Francia, gestoras de la legitimación, sufrieron
los agobios de Cromwell y de Napoleón. El resto conforma
los datos de la contemporaneidad. Fuera de Suiza y algún
otro Estado, el totalitarismo se instaló en Europa y gran
parte de Asia, encontró en Africa un clima ideal y terminó
siendo un mal recurrente en América Latina. El fascismo,
el nazismo y el comunismo funcionaron como los ejes del mal del
siglo XX, para hablar un lenguaje caro a Bush, pero también
menudearon las satrapías regionales, las asociaciones ilícitas,
el doble lenguaje, el dejar que el bolsillo sustituyera al corazón.
Fuera de las
dos acciones centrales, el mundo vivió un encadenamiento
permanente de guerras. Acorralada y mutilada la paz, sobrevivió
en espacios acotados. Aún en los casos de violencia escondida
pero de sometimiento a una fuerza foránea, una minoría
abusiva o un sistema represor, la guerra anidó en el fuero
interno y cosechó multitudes de muertos y heridos. Guerras
individuales y colectivas mojonaron el siglo, exactamente igual
que antes. ¿Cuáles fueron entonces los hitos que marcaron
su existencia si se trata más de lo mismo? ¿Qué
razones determinaron un inicio imaginario en la Gran Guerra y un
final festejado por todos en la caída del Muro de Berlín
y la eclosión de la Glasnost? Si no fueron la guerra y tampoco
la existencia de un Derecho Internacional asaz frágil y por
momentos hipócrita los que jalonaron el pasado reciente,
¿por dónde transcurren sus marcas reales? Por el afianzamiento
y el crecimiento de los países democráticos y la confirmación
de un pensamiento en germen que identifica la democracia con el
progreso. Una verdad titubeante y muy a medias, que no explica los
éxitos de China, los lujos de Kuala Lumpur y la necesidad
exasperante de los uruguayos. La democracia es una necesidad social,
no una panacea económica. También es un imperativo
moral que no justifica los desmanes. ¿La guerra contra Irak
se presenta como el principio simbólico del Siglo XXI? Ni
siquiera se está en época de jadeos, aunque tal como
viene la mano lo que se acerca es la cabeza del bebé de Rosemary
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