EDWARD PIÑÓN - El País en vuelo
Un vuelo cancelado, el temor de perder las conexiones, aumento de las horas de espera en los aeropuertos. Nervios, tensión, más estrés, dolores de cabeza. Y la tremenda sensación que, para cualquier uruguayo, llegar a Beijing puede ser valorado por Mario Benedetti en su poema el Sur también existe.
Tan cierto como que allá abajo hay personas que "se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible, que todo el mundo sepa que el sur también existe". Unir Montevideo con Beijing es la mayor certeza de que estamos en el borde del mundo y que hay que tener mucha voluntad para ver cómo las agujas del reloj se comen con una feroz voracidad las horas.
La historia del "voy y no sé si llego" empezó en Montevideo, con un vuelo de Pluna (el 175) que nunca salió. Aunque a la vista de los viajeros dos de las nuevas aeronaves de la empresa uruguaya salieron de paseo para mostrar sus diseños y colores (una recorrió la pista y fue al hangar, la otra se fue a Punta del Este), la comunicación oficial fue que el avión de las 15.25 se había cancelado por problemas técnicos.
De esa forma, alcanzar el 846 de United Airlines se transformaba en un desafío de tiempo. Salvo que este enviado tuviera acceso a una poción mágica de las que Hermione Granger le conseguía a su amigo Harry Potter, o que el remisero de Aeroparque fuera familiar directo del piloto de fórmula uno Lewis Hamilton y, por consiguiente, tuviera el McLaren en la puerta, estar a las 20 horas en Ezeiza era la misión más imposible de la década.
Planteada la situación extrema y desde adentro de la sala de embarque, Pluna y Jorge Martínez encontraron la fórmula. Entonces, American Airlines encontró un pasajero de última hora y con ello se eliminó el traspaso de Aeroparque a Ezeiza.
Con la llegada a tiempo para iniciar el primero de los dos extensos tramos, las uñas dejaron de recibir el cruel castigo de los incisos y los pies dejaron de ir y venir sin ningún sentido de un lado para el otro.
Sin embargo, cuando todos los pasajeros estaban arriba del avión y, como para no permitir que el viaje fuera del todo placentero, los muchachos de la torre de control avisaron que había que esperar unos pocos minutos.
Pero nunca dijeron qué entendían por pocos minutos y, por consecuencia, las ruedas que tenían que empezar a despedirse de la pista argentina a las 21.05, terminaron dando sus primeras vueltas a las 22.00.
Y ahí no terminó la odisea. Al buen vecino argentino que se ubicó por delante del periodista se le antojó que para acomodar el asiento tenía que empujar desde la mesita de atrás. El resultado de su incomprensible determinación fue que mi vaso de Coca Cola terminó en el piso.
Para empeorar la situación, y convertir al viaje en una especie de aventura tipo las de Discovery Channel, la jovencita que pidió colaboración para colocar en la gaveta superior una mochila de 20 kilos, acusó algún vaivén de la aeronave y terminó devolviendo todo lo que había ingerido desde un mes hasta la fecha.
Superados esos trances, el avance por la aduana estadounidense terminó siendo divertido. El inspector de turno del gobierno estadounidense, de origen mexicano, se dedicó a hacer un balance del fútbol azteca, preguntó por Uruguay y hasta comentó que un jugador de la selección argentina le había dicho que en China no tendrán ningún rival de riesgo. Suena bien porteño, ¿no?
Beijing está más cerca que hace 24 horas. Pero nadie puede negar que llegar hasta ahí no es una cosa sencilla.