EDWARD PIÑÓN
Si algún deportista uruguayo consigue una gesta deportiva en los Juegos Olímpicos de Beijing, en lo último que pensará es en los 15.000 dólares de recompensa que el Comité Olímpico le entregará en Montevideo.
Las primeras imágenes que vislumbrará en fracciones de segundos un supuesto ganador de medalla serán las caras de sus familiares y amigos. Cerrará los ojos y recordará cada una de las jornadas de entrenamiento. Los periplos en el exterior para alcanzar la marca esperada.
Sentirá que cumplió. Que todo el esfuerzo realizado valió la pena. Evocará los mensajes de apoyo que le llegaron en los segundos finales, esos que buscaron enviarle por un correo electrónico el respaldo emocional.
Se subirá al podio y no podrá creer que tiene la medalla acariciándole el pecho. Mirará hacia los costados y verá la bandera nacional subiendo a lo más alto.
Le caerán las lágrimas, se le erizará la piel y pensará en su regreso triunfal. En la forma en la que celebrará en Montevideo. Deseará tener un teléfono en la mano para llamar a medio Uruguay.
Recién después de todo eso, más calmado, quizás en la propia Villa Olímpica tras hablar con sus compañeros, se acordará que el logro deportivo también le permitirá realizar algunos gastos especiales, gracias al premio que designó el COU.
Es el dulce.