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La Argentina, las velas y el ancla
Por Eugenio Kvaternik
Para LA NACION

El historiador inglés Thomas Macaulay decía que el sistema político norteamericano del siglo XIX era como un barco de velas, pero sin ancla. Sostenía que, frente a la marea democrática y popular del siglo, los Estados Unidos carecían de un contrapeso moderador equivalente al que poseía Gran Bretaña con la Cámara de los Lores.
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La historia no se repite, pero como en esas remakes cinematográficas con protagonistas diferentes, el peronismo nos vuelve a regalar otra película con el mismo libreto: el conflicto sucesorio. La política se parece a veces al psicoanálisis. Por esos misterios del inconsciente, el peronismo parece olvidar que hace exactamente 30 años un conflicto cruento surcaba al país y al gobierno de entonces. Ayer, dos familias y sus cortes respectivas se contraponían y enfrentaban: Perón y los suyos contra Cámpora y los suyos. Hoy, la familias son más de dos: los Kirchner contra los De la Sota y -en apariencia, como árbitro- los Duhalde y los suyos. ¿Conmemora el inconsciente peronista el pasado cruento con un conflicto incruento?
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Hamilton, el más conservador de los padres de la constitución norteamericana, encontró el ancla en la Corte Suprema y en la revisión judicial. Ante eventuales mayorías peligrosas, ellas protegerían los derechos del individuo y los de la propiedad. Nuestro Alberdi encontró el ancla en la República restrictiva, que otorgó a los inmigrantes las velas de los derechos civiles, las oportunidades económicas y la movilidad social, pero ancló el orden político hasta 1912 al excluirlos del sufragio.
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Después de 1930, diferentes generaciones de argentinos peregrinaron, desorientadas, a la búsqueda del ancla, y el país, que no la encuentra, se mece a la deriva.
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Las clases medias, con el radicalismo, y las populares, a través del peronismo -nuestro velamen a lo largo del siglo XX- crearon anclas diferentes o, por decirlo de otro modo, crearon sus propias fórmulas moderadoras. El golpe de Estado cívico-militar buscó el ancla en un órgano estatal, el Ejército; la clase media modernizante y democrática, en una fuerza social; el partido de centroderecha, en una organización y, finalmente, la alternancia partidaria, en un mecanismo institucional.
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El ancla del golpe de Estado sepultó a la nave en 1976. La apoteosis de la clase media modernizante y democrática de 1983 encontró su anticlímax en la hiperinflación de 1989, mientras que el partido de centroderecha jamás llegó a ver la luz nuevamente, luego de entrar en el ocaso después de 1945. Finalmente, la hipótesis de la alternancia vivió su némesis con la Alianza, en 2001.
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Con el peronismo, a primera vista, el barco cambia de velamen y de ancla. Si entre 1955 y 1973 el peronismo es puro velamen, tanto el peronismo histórico como el peronismo menemista nos acercan un ancla. El primero, con la comunidad organizada; el segundo, con la combinación de economía popular de mercado e ingeniería política a la americana.
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Hace ya casi diez años, en un artículo titulado El peronismo de los 90 , sugerí que, desde su vínculo simbiótico con el país, el peronismo ofrecía dos mediaciones: una ideológica y otra institucional. En la arena ideológica donde reina la díada izquierda-derecha, el peronismo aparecía como un tercero que, situándose más allá de ellos y por encima de ellos, abrazaba ambos elementos de la díada, a obreros y patronos, en una síntesis superior incluyente: la comunidad organizada. Por aquello de Pascal de que quien hace al ángel hace también a la bestia, la fórmula corporativa de integración social y económica derivó en su contrario, la polarización, que sacudió al país durante décadas y que dio al traste con el ancla del peronismo histórico.
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A diferencia de Perón, Menem mediaba entre las fuerzas sociales sin pretender incluirlas en una fórmula política compartida. Su ocaso, y el consiguiente fracaso del ancla conservadora popular, sugiere que la idea de Pascal también vale para los individuos. Una ambición legítima que se torna enfermiza dispara una crisis política sucesoria -la-reelección ilegal- y una económica -un aumento significativo en el gasto público provincial para financiarla- que anticiparon la de la propia Alianza, víctima, también, de una combinación infausta de circunstancias políticas y económicas.
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En la arena de la mediación institucional, el peronismo, como el dios Jano, era bifronte. Al peronismo pretoriano de los años sesenta, el de la movilización y los planes de lucha y del golpe contra el Dr. Illia, lo siguió, potenciado geométricamente, el peronismo de la violencia de ambos signos de los años 70. Los años 90 nos deparan el peronismo cívico, con la economía popular de mercado y la ingeniería política, que venía a sustituir al de la comunidad organizada. Mi convicción sobre el tránsito y la superación del peronismo pretoriano por el cívico requiere una corrección, no menor, por cierto.
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El dios bifronte volvió a resurgir en la caída de De la Rúa. Sin omitir la contribución invalorable del ex presidente y del radicalismo a su caída, ambos peronismos se hicieron presentes. El pretoriano, con los caudillos bonaerenses y los saqueos, que forzaron la renuncia presidencial, y el cívico, en la orquestación de la sucesión legal.
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La ciudadanía, que, según las encuestas, otorga un 70 por ciento de aprobación al Presidente, lo hace en parte por adhesión y en parte por temor a una nueva frustración. Su acuerdo combina el apoyo genuino de algunos con la fuga hacia adelante de otros. ¿Es ésta el ancla frágil a la que se aferran quienes pretenden sustituir la democracia de las instituciones por la democracia de las encuestas? Por primera vez en la historia peronista, la coalición oficial carece de apoyos sociales definidos y su principal base de sustentación es la clase media de las grandes ciudades, conocida profesional del surfismo político y aliada circunstancial de los nuevos profesionales de la protesta prebendaria.
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El peronismo se rebela y se resquebraja. El impacto institucional puede ser catastrófico. ¿Continuarán sus congresistas levantando la mano, a la hora de legislar? La nueva lucha sucesoria se dirime en un escenario lábil, disimulado por los buenos precios internacionales y al que amenazan los nubarrones de la crisis energética.
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¿Cómo debemos juzgar el liderazgo presidencial? ¿Es vela o es ancla? Ciertos políticos, señala Tocqueville, hacen política por reminiscencia histórica, lo que los enardece y acalora y, a la postre, los ciega. ¿Las reminiscencias setentistas provocan sólo ardor y acaloramiento? Sin que podamos afirmar que estén por cegarlo, los acontecimientos desencadenados con la conmemoración del golpe de 1976 son frutos de la intemperancia personal y también de la música que le susurran al mandatario algunos de los logreros ideológicos que lo asesoran. Goethe decía que uno no se deshace de los fantasmas que conjura. Como si quisiera ahuyentar a Belcebú con el demonio, Kirchner exorciza el setentismo realmente existente con su versión imaginada. Y, como un boomerang, en lugar de exorcizar la fractura y el conflicto, los convoca. A primera vista, parecería que prefiere las velas al ancla. ¿O, quizá, contrariando toda experiencia, pretenderá ser vela y ancla a la vez?
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El autor es profesor de teoría política en las universidades del Salvador y de Buenos Aires.

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