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La hora de reformular estrategias
Por Bartolomé de Vedia
De la Redacción de LA NACION
En la vida de todo gobierno hay un momento crítico en el que la
incómoda realidad irrumpe bruscamente en la escena política
y empieza a quitarle espacio y lucimiento al discurso entre teórico
e idealista del gobernante de turno. Todo parece indicar que en el curso
de la semana última le llegó al presidente Néstor
Kirchner la hora de afrontar esa molesta pero inevitable experiencia.
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Tal vez la primera señal de que las cosas podían empezar
a complicarse para el primer mandatario se tuvo el 24 de marzo, cuando
decidió evocar en la ESMA el golpe militar de 1976 con un discurso
de marcado acento excluyente, en el que dejó afuera del cuadro
de honor de los derechos humanos a gran parte de la militancia política
y cultural de la era democrática. De Raúl Alfonsín
a los miembros de la Conadep, del fiscal Strassera a los integrantes del
tribunal que juzgó y condenó a los comandantes militares
del último gobierno de facto, muchos importantes hombres públicos
que se suponían con derecho a figurar en la nómina de los
que contribuyeron a investigar los abusos y los crímenes anteriores
a 1983 se vieron abruptamente excluidos de esa lista; algunos de ellos
acusaron el impacto en enojosas declaraciones públicas.
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El embate se volvió contra el propio Presidente: le llovieron pedidos
de aclaraciones sobre la dudosa postura institucional adoptada por el
justicialismo frente a la pretendida autoamnistía de los militares
en el momento de la transición a la democracia y sobre si había
que extender o no la investigación por el terrorismo de Estado
a los tiempos turbulentos de Isabel Perón y López Rega.
Todo eso embarró ligeramente la cancha que con tanto esmero se
había preparado desde la Casa Rosada para que el 24 de marzo tuviera
el sabor de una celebración muy íntima y muy exclusiva del
Presidente, compartida sólo con las franjas más selectas
e incontaminadas de la militancia en favor de los derechos humanos.
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Ese traspié fue sólo el comienzo. Detrás vino el
enfrentamiento a campo abierto en el Congreso justicialista, donde la
senadora Cristina Fernández de Kirchner fue ruidosamente abucheada,
mientras desde el riñón político del jefe del Estado
surgía, por una vía rebuscada y elíptica, el más
inoportuno de los recuerdos: el del asesinato de José Ignacio Rucci.
Si alguien soñó con asistir a un Congreso justicialista
armonioso, que preservara la siempre amenazada unidad del movimiento,
se llevó una rotunda decepción.
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Pero la realidad --la astuta y escondedora realidad-- se traía
bajo el poncho un recurso aún más pesado y contundente para
perturbar el sueño presidencial: el impresionante impacto que iba
a provocar en la sociedad el asesinato del joven Axel Damián Blumberg.
Como en los días del cacerolazo contra Cavallo y De la Rúa,
pero con un espíritu de protesta mucho más abarcador y de
mayor aliento trágico, la "mayoría silenciosa"
--esa que no responde a consignas políticas ni lleva pancartas
identificatorias-- salió masivamente a la calle. Y salió
para gritar, simplemente, que las prioridad de la Argentina, en este momento,
no puede ni debe ser otra que la protección de la vida humana.
Pero no la defensa de un principio teórico, planteado en planos
de discusión abstractos o ideologizados, sino la protección
de la vida "aquí y ahora", ya mismo, en el epicentro
mismo de la tormenta de inseguridad.
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La movilización de la plaza del Congreso fue explosiva: atrajo
a una multitud abrumadoramente superior a todas las que últimamente
salieron a la calle convocadas por organizaciones políticas o de
protesta de cualquier signo.
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El discurso del Gobierno, orientado a una reivindicación de la
memoria sin duda legítima, pero irredimiblemente abstracta y retórica
por el propio peso de los años transcurridos, como lo impone la
ley inexorable de la historia, fue barrido por el vendaval de un reclamo
ciudadano que priorizaba la defensa de la vida en un plano visceral y
concreto. Fue terrible que se asesinara vilmente a seres humanos hace
un cuarto de siglo. Pero el tema, hoy, son los argentinos que están
muriendo en este preciso momento, destruidos por las balas de una delincuencia
asesina ante la cual los gobernantes se muestran impotentes.
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Cuando la realidad impone sus leyes, la retórica política
entra en declinación. Treinta años de historia son demasiado
tiempo cuando todos sabemos que la mano del criminal está lista
para actuar esta misma noche. No se trata de que unas vidas valgan más
que otras. Se trata, simplemente, de que el horror actual pesa infinitamente
más que el horror de otro tiempo. Es una lógica de la realidad,
no una lógica del pensamiento teórico. Y esta vez la realidad
ha salido a decirnos la más obvia y caliente de las verdades: un
Estado que no protege la vida de sus habitantes es lo más parecido
a la nada que se puede concebir en términos filosóficos.
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Esa es la realidad que irrumpió esta semana en el escenario público
nacional. En un plano menos dramático, pero de incidencia grave
en el mediano y el largo plazo, se instalaron también otros conflictos
que tampoco dejan espacio para la retórica. Por ejemplo, la crisis
energética. O los síntomas de una incipiente reactivación
inflacionaria. O el creciente desconcierto sobre el rumbo que debe adoptar
la Argentina en un mundo amenazado más que nunca por la endeblez
y la inestabilidad de sus estructuras institucionales, políticas
y socioeconómicas. En suma: en el escenario público argentino
se ha instalado crudamente la realidad. Todo indica que al presidente
Kirchner le ha llegado la hora de reformular su estrategia en función
de ese nuevo panorama. Llegó ese momento crítico en el cual
los problemas reales desalojan a los devaneos retóricos o ideológicos.
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Para el Presidente, ésto supone un severo desafío. Pero
puede constituir también --¿por qué no?-- una histórica
oportunidad. La calle ya lo dijo: la primera prioridad se concentra, hoy,
en una palabra: seguridad. Axel Blumberg es en estos días algo
más que un símbolo: es un llamado visceral a garantizarle
a los argentinos el bien más preciado y también el más
obvio: la vida. Ahora, el Gobierno tiene la iniciativa. Pero no para cualquier
cosa: sólo para producir los hechos que nos devuelvan el derecho
a vivir sin miedo.
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