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LA SAGRADA MISIÓN DE VLADIMIR PUTIN

¿Quién es ese hombre?


Mariano Andrade, AFP

Duro, imperturbable, enigmático, manipulador: de Vladimir Putin se dice de todo. En realidad, este líder de extraño carisma no hace más que encarnar la necesidad de restaurar el orden en un país de tradición imperial cuya fragilidad es cada vez mayor.

Tras cuatro años en el poder y una reelección en marzo con más del 70% de los votos, Putin comenzó su segundo mandato tal como terminó el primero: luchando contra una realidad caótica. En ese sentido, más de 400 muertos en tres atentados consecutivos bastarían para debilitar a cualquier político de Occidente.

Pero en Rusia los límites son otros. Putin llegó al Kremlin para salvar a un pueblo que lo vivió todo durante el siglo XX. Y es por ello que aún conserva, aunque debilitado, su crédito. Quizás deba recordarse que en 100 años los rusos sobrevivieron, sin perder su condición de potencia mundial, a una serie de hechos cuya sola enumeración asustaría a otros: el fin del zarismo, la revolución de los soviets, dos guerras mundiales, la tiranía de Stalin, la Guerra Fría, el derrumbe de la caída de la URSS.

Para Boris Kagarlitsky, director del Instituto de Estudios Globalizados de Moscú, Putin es un fenómeno curioso. "La mayoría detesta la política económica, desconfía de su política exterior y condena su gestión administrativa. Todos los ministros son odiados. Y sin embargo, cuando a esas mismas personas se les pregunta qué piensan de Putin, emiten siempre un juicio positivo".

La reacción de los habitantes de Beslán, acusando a las autoridades locales y militares por el desenlace de la toma de rehenes, pero excukoando al presidente, dan razón al especialista y dejan claro que Putin ha sabido trabajar su imagen en las bases.

Nacido en Leningrado el 7 de octubre de 1952 en una familia obrera, Putin relata su historia según los estereotipos apreciados por el imaginario ruso. Si bien su abuelo fue un cocinero que trabajó para Lenin y Stalin y sobrevivió esos años turbulentos, lo que supone una total fidelidad al liderazgo soviético, Putin prefiere contar que su madre, fiel ortodoxa, lo bautizó y que lleva siempre puesta su cruz de bautismo.

Su vida tiene muchas sombras, como la de la mayoría de sus conciudadanos mayores de 50, agravadas en su caso por su trabajo en la KGB. Su reconversión es, sin embargo, admirable: en 1990 es asistente del rector de la universidad de San Petersburgo; en 1996 trabaja en la administración presidencial; en 1998 Boris Yeltsin lo nombra jefe de la ex KGB; en 1999 se convierte en primer ministro y en 2000 llega a la presidencia con el patriotismo como valor supremo.

"Vivimos en las condiciones creadas tras la dislocación de un enorme y gran Estado. Pese a las dificultades, logramos conservar el núcleo de ese gigante, la URSS, y llamamos a esa nueva nación Federación Rusa", recordó Putin en su mensaje al pueblo tras la tragedia de Beslán.

Putin se presentó así como garante de la integridad de Rusia y describió al terrorismo como un instrumento de intereses extranjeros que buscan eliminar a Rusia, la gran potencia nuclear. Esta semana anunció restricciones a la democracia y al federalismo para enfrentar al terrorismo y evitar la desintegración de Rusia.

En ese contexto, la crisis en Chechenia es sólo la muestra más evidente de la tensión que sufre el antiguo imperio y de la debilidad de sus fronteras. La aspiración de Putin por conservar la unidad de Rusia cueste lo que cueste puede parecer una utopía. Sin embargo, quizás sólo represente la resistencia de muchos rusos a perder la grandeza que les ha reservado la historia hasta hoy.

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