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 Especial 25 años de Juan Pablo II

Juan Pablo II sometio a revision todos los grandes temas del pasado
Un Papa que pide perdón

Quisiera resaltar aquí una característica de Juan Pablo II que no siempre se registra con nitidez. Esa característica es la de ser el Papa que de manera más sistemática ha pedido perdón por los errores y excesos cometidos en nombre de la Iglesia Católica a lo largo de la historia.
Me interesa resaltar este aspecto por varias razones. La primera es que se trata de algo excepcional en términos históricos. Hemos tenido la suerte de ser testigos de un conjunto de hechos que serán recordados con admiración en el futuro, y es una pena que esos hechos pasen inadvertidos ante nuestros propios ojos.
Una segunda razón es que el dato resulta necesario para hacernos una imagen completa del personaje. No es todo el retrato correcto. Mirado a la luz de ciertos acontecimientos, Juan Pablo II aparece como un Papa celoso de la ortodoxia y preocupado por el orden institucional, pero mirado a la luz de otros acontecimientos como un Papa fuertemente revisionista, que no vacila en tomar distancia públicamente respecto de sus propios predecesores. Para decirlo con un ejemplo: Juan Pablo II es el Papa que reprendió públicamente a los teólogos de la liberación, y es al mismo tiempo el Papa que, en 1989, puso una ofrenda floral sobre la tumba del obispo luterano Nathan Soderblom, que había sido excomulgado por Pío XI.
La tercera razón por la que me importa resaltar este aspecto es de índole más filosófica: Juan Pablo II ha demostrado tener una clara conciencia del lazo filosófico que existe entre perdón y libertad.
EL CONTEXTO
La Iglesia Católica es seguramente la institución de gran alcance geográfico más antigua de la Tierra. Ciertamente hay algunas religiones más antiguas que la Católica (por ejemplo, la judía), pero lo que no hay es otra institución que venga funcionado con una misma estructura desde hace tanto tiempo y a tan gran escala. Una segunda característica distintiva de la Iglesia Católica es que, como institución, se hace permanentemente cargo de todo su pasado. La Iglesia Católica asume esos dos mil años de historia como propios y se siente en continuidad con ellos. Esto es una diferencia importante con la Iglesia Ortodoxa (que sólo asume como propio el pasado a partir del Cisma de Oriente), y también con las iglesias protestantes que, desde el punto de vista institucional, no asumen como propios los quince siglos anteriores a la Reforma.
Estos dos fenómenos explican por qué, para la Iglesia Católica, la relación con su propio pasado es algo muy serio. Por una parte, es inevitable que, siendo una institución manejada por hombres, en el correr de estos dos mil años hayan ocurrido cosas que no hubieran debido ocurrir. Pero, por otra parte, la Iglesia Católica sabe que la continuidad con su propio pasado es una de sus mayores fortalezas, y también sabe que, por esa misma razón, la interpretación y la reconstrucción de ese pasado es una actividad a la que no todos llegan movidos por una preocupación de fidelidad histórica. La historia de la Iglesia y el papel de la Iglesia en la historia han sido un escenario tradicional de batallas ideológicas. Esta constelación de hechos ha llevado a que, en términos comparativos, la Iglesia Católica haya sido una institución poco inclinada a reconocer públicamente sus errores. En particular, lo ha hecho con poca frecuencia por boca de los Papas.
En un libro aparecido en 1997, el especialista italiano Luigi Accattoli pone en evidencia, a partir de documentación histórica, que en los quinientos años anteriores al pontificado de Juan Pablo II sólo hubo dos Papas que pidieron públicamente perdón en nombre de la Iglesia. El primero fue Adriano VI, un Papa no italiano que tuvo un breve y difícil pontificado a principios del siglo XVI. En el año 1523, Adriano envió un mensaje a los cristianos reformados de Alemania en el que reconocía que la Reforma había sido alentada por graves irregularidades ocurridas dentro de la propia Iglesia y en el que los convocaba a dejar atrás la división y participar del esfuerzo de regeneración.
Lamentablemente, la iniciativa de Adriano no generó en los cristianos reformados la respuesta que él esperaba. Y tal vez esta experiencia frustrada ayude a explicar por qué, a partir de ese momento y durante muchos siglos, es imposible encontrar un Papa que haga algo semejante. Siempre según Accattoli, hay que esperar hasta Pablo VI para volver a encontrar un Papa que reconozca públicamente faltas cometidas por la Iglesia y que pida perdón de manera explícita. Esto ocurrió el 29 de setiembre de 1963, cuando Pablo VI, a tres meses de haber sido electo, dio un discurso en la Basílica de San Pedro en el que pidió perdón por las culpas que correspondieran a los católicos en el conflicto con las iglesias cristianas separadas. Este mismo espíritu fue recogido en varios documentos del Concilio Vaticano Segundo.
UN PAPA QUE PIDE PERDON
Este es el telón de fondo contra el que hay que contrastar lo que hizo el Papa actual. Y al contrastarlo contra este telón de fondo, lo que hizo se nos revela como verdaderamente impresionante. A lo largo de los 25 años de su pontificado, y aprovechando fundamentalmente de sus viajes, Juan Pablo II sometió a revisión todos los grandes temas del pasado que habían causado duda e incomodidad entre los católicos: las guerras de religión, la imposición de la fe por la fuerza, la Inquisición, el rechazo a los nuevos desarrollos científicos, la intolerancia y las persecuciones. Y no solamente realizó este examen de conciencia sino que, en nombre de la Iglesia y de los católicos, pidió perdón a Dios y al mundo.
El modo de pedir perdón de Juan Pablo II no tiene nada de ambiguo. Un buen ejemplo son las palabras que dijo en la ciudad Checa de Olomuc, de mayoría protestante, en mayo de 1995: “Hoy, yo, Papa de la Iglesia de Roma, en nombre de todos los católicos, pido perdón por todos los errores infligidos a los no católicos durante la atribulada historia de estos pueblos; al tiempo que garantizo el perdón de la iglesia católica por aquello que de mal hayan padecido sus hijos”.
Otro ejemplo bien conocido son sus pronunciamientos a lo largo del año 1992, en el que se conmemoraba el quinto centenario del encuentro entre Europa y América. Ese año dijo en Santo Domingo: “¿Cómo la Iglesia (..) podría olvidar, en este quinto centenario, los enormes sufrimientos infligidos a los habitantes de este continente durante la época de la conquista y de la colonización?”. Y poco más tarde agregaba en España: “No podemos dejar de pedir perdón a estos hombres”.
FUERZA CREADORA
Nunca antes en la historia de la Iglesia hubo un Papa que sometiera a examen de manera tan sistemática el pasado de la institución, ni nunca hubo un Papa que de manera tan abierta y sistemática reconociera los errores cometidos y pidiera perdón por ellos. Esto parece deberse en parte a una sensibilidad muy personal hacia la capacidad que tienen las comunidades humanas de hacerse daño mutuamente, y en parte a una conciencia muy clara de lo que significaba la llegada del nuevo milenio. Esta última idea aparece con claridad en muchos de sus escritos, y particularmente en su carta apostólica Tertio millennio adveniente, dada a conocer en noviembre de 1994. “Es justo que, mientras el segundo milenio del cristianismo toca a su fin, la Iglesia se responsabilice con plena conciencia del pecado de sus hijos en recuerdo de todas aquellas circunstancias en las que, a lo largo de la historia, éstos se alejaron del espíritu de Cristo y de su Evangelio (...)”.
Pero en los textos de Juan Pablo II aparece además una motivación más filosófica, que tiene que ver con la fuerza liberadora del perdón: la capacidad de ejercer el perdón es lo que nos convierte en seres capaces de escapar a un futuro predeterminado, esto es, en seres capaces de introducir algo nuevo en el mundo y de ser constructores de nuestro propio destino.
Al pedir perdón, Juan Pablo II estaba movilizando el poder creador del perdón cristiano para liberarnos de los condicionamientos del pasado y dejarnos en mejores condiciones de construir el futuro. En este sentido podemos decir que, al perdonar y al pedir perdón durante estos 25 años, el Papa nos hizo a todos más libres.
Prof. Dr. Pablo da Silveira
Vicerrector Académico
Universidad Católica del Uruguay

 

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