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Juan
Pablo II sometio a revision todos los grandes temas del pasado
Un Papa que pide perdón
Quisiera
resaltar aquí una característica de Juan Pablo II
que no siempre se registra con nitidez. Esa característica
es la de ser el Papa que de manera más sistemática
ha pedido perdón por los errores y excesos cometidos en nombre
de la Iglesia Católica a lo largo de la historia.
Me interesa resaltar este aspecto por varias razones. La primera
es que se trata de algo excepcional en términos históricos.
Hemos tenido la suerte de ser testigos de un conjunto de hechos
que serán recordados con admiración en el futuro,
y es una pena que esos hechos pasen inadvertidos ante nuestros propios
ojos.
Una segunda razón es que el dato resulta necesario para hacernos
una imagen completa del personaje. No es todo el retrato correcto.
Mirado a la luz de ciertos acontecimientos, Juan Pablo II aparece
como un Papa celoso de la ortodoxia y preocupado por el orden institucional,
pero mirado a la luz de otros acontecimientos como un Papa fuertemente
revisionista, que no vacila en tomar distancia públicamente
respecto de sus propios predecesores. Para decirlo con un ejemplo:
Juan Pablo II es el Papa que reprendió públicamente
a los teólogos de la liberación, y es al mismo tiempo
el Papa que, en 1989, puso una ofrenda floral sobre la tumba del
obispo luterano Nathan Soderblom, que había sido excomulgado
por Pío XI.
La tercera razón por la que me importa resaltar este aspecto
es de índole más filosófica: Juan Pablo II
ha demostrado tener una clara conciencia del lazo filosófico
que existe entre perdón y libertad.
EL CONTEXTO
La Iglesia Católica es seguramente la institución
de gran alcance geográfico más antigua de la Tierra.
Ciertamente hay algunas religiones más antiguas que la Católica
(por ejemplo, la judía), pero lo que no hay es otra institución
que venga funcionado con una misma estructura desde hace tanto tiempo
y a tan gran escala. Una segunda característica distintiva
de la Iglesia Católica es que, como institución, se
hace permanentemente cargo de todo su pasado. La Iglesia Católica
asume esos dos mil años de historia como propios y se siente
en continuidad con ellos. Esto es una diferencia importante con
la Iglesia Ortodoxa (que sólo asume como propio el pasado
a partir del Cisma de Oriente), y también con las iglesias
protestantes que, desde el punto de vista institucional, no asumen
como propios los quince siglos anteriores a la Reforma.
Estos dos fenómenos explican por qué, para la Iglesia
Católica, la relación con su propio pasado es algo
muy serio. Por una parte, es inevitable que, siendo una institución
manejada por hombres, en el correr de estos dos mil años
hayan ocurrido cosas que no hubieran debido ocurrir. Pero, por otra
parte, la Iglesia Católica sabe que la continuidad con su
propio pasado es una de sus mayores fortalezas, y también
sabe que, por esa misma razón, la interpretación y
la reconstrucción de ese pasado es una actividad a la que
no todos llegan movidos por una preocupación de fidelidad
histórica. La historia de la Iglesia y el papel de la Iglesia
en la historia han sido un escenario tradicional de batallas ideológicas.
Esta constelación de hechos ha llevado a que, en términos
comparativos, la Iglesia Católica haya sido una institución
poco inclinada a reconocer públicamente sus errores. En particular,
lo ha hecho con poca frecuencia por boca de los Papas.
En un libro aparecido en 1997, el especialista italiano Luigi Accattoli
pone en evidencia, a partir de documentación histórica,
que en los quinientos años anteriores al pontificado de Juan
Pablo II sólo hubo dos Papas que pidieron públicamente
perdón en nombre de la Iglesia. El primero fue Adriano VI,
un Papa no italiano que tuvo un breve y difícil pontificado
a principios del siglo XVI. En el año 1523, Adriano envió
un mensaje a los cristianos reformados de Alemania en el que reconocía
que la Reforma había sido alentada por graves irregularidades
ocurridas dentro de la propia Iglesia y en el que los convocaba
a dejar atrás la división y participar del esfuerzo
de regeneración.
Lamentablemente, la iniciativa de Adriano no generó en los
cristianos reformados la respuesta que él esperaba. Y tal
vez esta experiencia frustrada ayude a explicar por qué,
a partir de ese momento y durante muchos siglos, es imposible encontrar
un Papa que haga algo semejante. Siempre según Accattoli,
hay que esperar hasta Pablo VI para volver a encontrar un Papa que
reconozca públicamente faltas cometidas por la Iglesia y
que pida perdón de manera explícita. Esto ocurrió
el 29 de setiembre de 1963, cuando Pablo VI, a tres meses de haber
sido electo, dio un discurso en la Basílica de San Pedro
en el que pidió perdón por las culpas que correspondieran
a los católicos en el conflicto con las iglesias cristianas
separadas. Este mismo espíritu fue recogido en varios documentos
del Concilio Vaticano Segundo.
UN PAPA QUE PIDE PERDON
Este es el telón de fondo contra el que hay que contrastar
lo que hizo el Papa actual. Y al contrastarlo contra este telón
de fondo, lo que hizo se nos revela como verdaderamente impresionante.
A lo largo de los 25 años de su pontificado, y aprovechando
fundamentalmente de sus viajes, Juan Pablo II sometió a revisión
todos los grandes temas del pasado que habían causado duda
e incomodidad entre los católicos: las guerras de religión,
la imposición de la fe por la fuerza, la Inquisición,
el rechazo a los nuevos desarrollos científicos, la intolerancia
y las persecuciones. Y no solamente realizó este examen de
conciencia sino que, en nombre de la Iglesia y de los católicos,
pidió perdón a Dios y al mundo.
El modo de pedir perdón de Juan Pablo II no tiene nada de
ambiguo. Un buen ejemplo son las palabras que dijo en la ciudad
Checa de Olomuc, de mayoría protestante, en mayo de 1995:
Hoy, yo, Papa de la Iglesia de Roma, en nombre de todos los
católicos, pido perdón por todos los errores infligidos
a los no católicos durante la atribulada historia de estos
pueblos; al tiempo que garantizo el perdón de la iglesia
católica por aquello que de mal hayan padecido sus hijos.
Otro ejemplo bien conocido son sus pronunciamientos a lo largo del
año 1992, en el que se conmemoraba el quinto centenario del
encuentro entre Europa y América. Ese año dijo en
Santo Domingo: ¿Cómo la Iglesia (..) podría
olvidar, en este quinto centenario, los enormes sufrimientos infligidos
a los habitantes de este continente durante la época de la
conquista y de la colonización?. Y poco más
tarde agregaba en España: No podemos dejar de pedir
perdón a estos hombres.
FUERZA CREADORA
Nunca antes en la historia de la Iglesia hubo un Papa que sometiera
a examen de manera tan sistemática el pasado de la institución,
ni nunca hubo un Papa que de manera tan abierta y sistemática
reconociera los errores cometidos y pidiera perdón por ellos.
Esto parece deberse en parte a una sensibilidad muy personal hacia
la capacidad que tienen las comunidades humanas de hacerse daño
mutuamente, y en parte a una conciencia muy clara de lo que significaba
la llegada del nuevo milenio. Esta última idea aparece con
claridad en muchos de sus escritos, y particularmente en su carta
apostólica Tertio millennio adveniente, dada a conocer en
noviembre de 1994. Es justo que, mientras el segundo milenio
del cristianismo toca a su fin, la Iglesia se responsabilice con
plena conciencia del pecado de sus hijos en recuerdo de todas aquellas
circunstancias en las que, a lo largo de la historia, éstos
se alejaron del espíritu de Cristo y de su Evangelio (...).
Pero en los textos de Juan Pablo II aparece además una motivación
más filosófica, que tiene que ver con la fuerza liberadora
del perdón: la capacidad de ejercer el perdón es lo
que nos convierte en seres capaces de escapar a un futuro predeterminado,
esto es, en seres capaces de introducir algo nuevo en el mundo y
de ser constructores de nuestro propio destino.
Al pedir perdón, Juan Pablo II estaba movilizando el poder
creador del perdón cristiano para liberarnos de los condicionamientos
del pasado y dejarnos en mejores condiciones de construir el futuro.
En este sentido podemos decir que, al perdonar y al pedir perdón
durante estos 25 años, el Papa nos hizo a todos más
libres.
Prof. Dr. Pablo da Silveira
Vicerrector Académico
Universidad Católica del Uruguay
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