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INFORME ESPECIAL. EL SEGUNDO PAÍS MÁS POBLADO DEL GLOBO BUSCA SU LUGAR ENTRE LAS POTENCIAS MUNDIALES
India despierta
En ella conviven la democracia y el sistema de castas, la tecnología de punta y la miseria absoluta. Enorme, contradictoria y compleja, India descubre su vocación de líder mundial y avanza hacia el futuro a paso de elefante: lento, pero seguro.

ANTONIO CAÑO, El País de Madrid

Democracia parlamentaria, potencia nuclear, centro mundial de informática, alberga a miles de brillantes ingenieros y a centenares de millones de pobres en una sociedad en la que persisten las castas. Todos los extremos se dan cita en India.

Auténticas riadas humanas subían desde primeras horas del 26 de enero por las calles de Nueva Delhi hacia la monumental avenida Rajpath, una vía de más de tres kilómetros que une el complejo de edificios gubernamentales, dominado por el palacio presidencial, con el monumento de la Puerta de la India, donde arde la llama en honor al soldado desconocido.

Con banderas nacionales en la mano, la multitud disfrutó allí del desfile que cada año conmemora el Día de la República, la fecha principal del calendario indio, que no es la de la independencia, como suele ser en las naciones liberadas del colonialismo, sino la de la Constitución, promulgada el 26 de enero de 1950, dos años y medio después del fin del dominio británico.

El desfile es la apoteosis anual de toda la grandeza y multiplicidad de esta nación. En primer lugar, la grandeza del motivo mismo de la conmemoración, una Constitución que regula la vida de la mayor democracia del mundo y que sería homologable a la de cualquier país occidental. Una Constitución que, pese a numerosas dificultades, ha logrado mantener unida a esta nación de 29 Estados, seis territorios autónomos, 15 lenguas distintas, más de siete religiones y media docena de grupos étnicos.

Como símbolo de esa unidad y fortaleza, un Ejército de millones de hombres, sometido al poder civil, exhibió sus nuevos misiles de largo alcance Agni II, junto a las tradicionales unidades de camellos. Cuando a las diez en punto los cañones dispararon las salvas en honor del himno nacional, bajo un sol radiante que acentuaba el colorido y majestuosidad del acto, era fácil entender el visible sentimiento de orgullo entre los presentes.

Pocas veces ese orgullo ha sido tan manifiesto como este año.

Como ha declarado el primer ministro, Atal Bihari Vajpayee, "nunca ha habido un mejor momento para ser indio y nunca ha habido un mejor momento para estar en la India". Con él coinciden o discrepan en mayor o menor grado más de una decena de políticos, funcionarios, periodistas, intelectuales y empresarios consultados. Pero todos coinciden en que India atraviesa un momento decisivo de su historia.

Impulsada por un proceso de reformas económicas que han reactivado su economía y su autoestima, India vive una era de grandes ambiciones. Con más de 1.050 millones de habitantes ya, cuenta con sobrepasar pronto a China como la nación más poblada del planeta, pese a crecer a un ritmo relativamente controlado del 1,7%.

El crecimiento de la población se ha visto acompasado con un insólito desarrollo de algunas industrias de vanguardia. Hoy India es un centro mundial de informática y posee una élite de ingenieros y técnicos que se disputan las principales compañías del mundo. A esto se une una población con decenas de millones de anglófonos y una diáspora que envía a casa 10.000 millones de dólares al año (la cifra de remesas más alta del mundo) y cuenta con figuras de gran influencia en Estados Unidos, en el Reino Unido y en muchos países asiáticos.

Si a eso se le suma un marco de convivencia política que no se da en China (elecciones democráticas, prensa libre, televisión plural y un Poder Judicial bastante independiente), se puede calcular el enorme potencial de esta nación con inocultable vocación de ser un líder mundial antes de la mitad del siglo. Para esa fecha, el banco de inversión Goldman Sachs predice que India será la tercera mayor economía del mundo, detrás de China y Estados Unidos.

Contradicciones

Cuánto de esa vocación responde más al sueño nacionalista que a una auténtica realidad, cuántos de sus logros ocultan una larga lista de fracasos y carencias acumulados en 57 años de vida independiente, cuántos de los recientes éxitos económicos serán efímeros, es algo que constituye el meollo de un intenso debate nacional y que sólo se podrá demostrar con el paso del tiempo.

Hay muchos datos que invitan al pesimismo. Pero lo cierto es que desde hace cerca de una década, y sobre todo en los últimos cuatro años, India ha exigido de distintas maneras al mundo que vuelva su mirada hacia ella y deje de verla como una tierra de encantadores de serpientes y de filosofías hippies y la tenga en cuenta como futura potencia.

En ocasiones esa llamada de atención ha sido de la manera más brusca y alarmante. Como cuando en 1998 anunció la realización de cinco pruebas nucleares para hacer público lo que era un secreto a voces desde hacía años, que disponía del arma atómica. En otras lo hizo de forma más ingeniosa y constructiva, como cuando un indio, Sabeer Bhatia, creador del correo electrónico Hotmail, le vendió en 1997 su exitoso producto a Bill Gates por 400 millones de dólares.

En el medio ha habido astronautas indios y premios Nobel de Física y Economía. Por citar sólo algunas de sus proezas, el programa espacial indio ha puesto ya en el espacio 13 satélites propios, y sus cohetes han transportado incluso satélites de países europeos, como Alemania y Bélgica. Gracias a eso, en algunos hospitales de remotas poblaciones de la India los pacientes son atendidos vía satélite por doctores en Nueva Delhi.

Pero en otros hospitales de la otra y mayoritaria India la gente muere de enfermedades desaparecidas hace décadas en el mundo desarrollado. Sobre el número de pobres en la India las oscilaciones se producen en márgenes de cientos de millones. El gobierno reconoce 300 millones de personas que viven bajo de la línea de la pobreza. Portavoces de la oposición y de organizaciones humanitarias hablan de 500 millones.

En ese terreno se ha hecho poco, o casi nada, durante el actual proceso de reformas económicas. En realidad, según estadísticas oficiales, el número de pobres sigue creciendo en el país a un ritmo de 10 millones más cada año. Y se producen ironías tan dramáticas como que mientras la ciudad de Hyderabad es, junto con Bangalore, el orgullo de la industria tecnológica nacional, en el Estado del que Hyderabad es capital, Andra Pradesh, 1.500 personas murieron como consecuencia del calor el último verano por falta de la asistencia más básica.

Esto no le resta legitimidad al proceso de reformas. Al contrario, lo hace más necesario, opinan todos los consultados. En estos momentos, el respaldo a la liberalización de las estructuras económicas y a la apertura de los mercados al capital extranjero es, con matices, casi unánime. Las únicas discrepancias se producen en cuanto a la sinceridad de esas reformas, su ritmo y su utilización política.

Reforma económica

India empezó la reforma de su sistema económico oficialmente en 1991.

Hasta ese año, el monopolio estatal era absoluto. El salto no fue voluntario, según opina el periodista indio Mark Tully, sino provocado por la bancarrota en la que había caído el país después del experimento de economía planificada de estilo socialista conducido por Indira Gandhi. A principios de los 90 no circulaban por la India más que dos marcas de coches de fabricación nacional, y un régimen proteccionista generaba una industria incapaz de competir fuera de sus fronteras.

De a poco cayeron las barreras arancelarias y el Estado se fue desligando de sectores no esenciales. El proceso se aceleró desde que Vajpanyee logró formar una coalición de derecha nacionalista que le dio la mayoría absoluta en 1999. Se redujeron los impuestos, se privatizaron empresas públicas y se permitió el acceso del capital extranjero, incluso a industrias tan simbólicas como la del petróleo.

Los bajos salarios (un promedio de 1.000 dólares anuales) y la relativa capacitación de los trabajadores indios, sobre todo por su conocimiento del inglés, ha atraído a numerosas empresas extranjeras. Los principales fabricantes de piezas de automóvil han instalado en los últimos años plantas en India.

Las mayores empresas de comunicación y transporte aéreo de Gran Bretaña y Estados Unidos han desviado sus servicios de centros de llamadas (call centers) hacia la India en tales proporciones que los sindicatos británicos se quejaban el año pasado de que esos sectores habían trasladado fuera de su país más de 50.000 puestos de trabajo. Los trabajadores de esos centros ganan 300 dólares al mes. Es tal el atractivo de las facilidades indias que, tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido, con campañas electorales cercanas, los políticos se refieren con frecuencia a la necesidad de frenar la huida de empleos hacia la India.

Como resultado de estas transformaciones, el crecimiento de la economía en el último año fue del 7%; la inversión extranjera llegó a 6.000 millones de dólares, comparados con poco más de 700 millones en 2002; la reserva de divisas se duplicó en los últimos dos años hasta superar los 100.000 millones de dólares, lo que cubre las importaciones de un año y medio, y los empresas indias han salido con vigor al mundo, donde en el último año han adquirido, según el semanario India Today, más de una treintena de compañías.

Por medir el éxito en términos muy comunes en la actualidad, las empresas de telecomunicaciones calculan que India tendrá 100 millones de celulares a fines de 2005.

Hay más pruebas de esta buena época: un aumento del Producto Bruto Interno (PBI) per cápita de casi el 4%, otro tanto en el aumento de las exportaciones (más de 60.000 millones de dólares), una reducción del déficit fiscal de un 0,3% (5,3%) y un ligero aumento de la producción industrial. También bajó algo el desempleo, del 9% según cifras oficiales, aunque millones dependen de la economía paralela.

Desnutrición

Los buenos indicadores económicos se contraponen a un reciente informe de las Naciones Unidas que advierte que la mitad de los niños de la India sufre desnutrición crónica. Hambre, en su versión africana, no se ve en las calles del país, en parte gracias a una buena temporada de monzones que posibilitó grandes cosechas (la agricultura representa una cuarta parte del PBI). Pero la miseria en todas sus versiones se convierte en un espectáculo constante y degradante que obliga a tomar con precaución todos los logros mencionados.

Un diplomático extranjero señala que sólo un 4% de las viviendas de la India tienen cuarto de baño. Basta un recorrido breve por las calles de cualquier ciudad del país y observar la naturalidad con la que los indios alivian en público sus necesidades para comprender que ese cálculo puede ajustarse perfectamente a la realidad.

En Nueva Delhi y en Bombay han surgido en los últimos años algunos modernos edificios, de diseños vanguardistas, que albergan las oficinas de las principales compañías nacionales y extranjeras. Pero a sus mismas puertas se hacinan los vagabundos; los niños desnudos juegan entre montañas de basura en las que se disputan su ración vacas famélicas, cerdos y cuervos.

Por un lado y otro cruzan carros que transportan familias enteras en busca de trabajo y que viven allí donde lo encuentran, a la intemperie, lavando su ropa y a ellos mismos en el agua de las cloacas. Nadie parece reparar en ellos, salvo algunos turistas que les toman fotos como si fueran parte del paisaje. El país parece seguir avanzando sin tener en cuenta esa realidad o confiando en que su solución llegue más adelante.

Pero, ¿cuál es la solución? ¿Cómo puede la India intentar ser una gran potencia con esa rémora de pobreza a sus espaldas? La respuesta del gobierno es mantener el rumbo de las reformas económicas a un ritmo prudente. "Nuestra intención es seguir el camino marcado, pero no necesariamente para convertirnos en otro tigre asiático; preferimos ir al paso del elefante, lentos pero seguros", afirmó el portavoz gubernamental, Arun K. Singh.

La oposición, a su vez, cree necesario introducir algunos cambios en el proceso de reformas, tanto en su contenido como en su ritmo. "Todas las medidas introducidas hasta ahora han servido para convertirnos en un país de comercio, pero no de producción, necesitamos ser productores", dijo Oscar Fernandes, diputado y secretario general del Partido del Congreso, que representa el sector mayoritario de la izquierda.

"Y hay que hacer también algunas correcciones. —añadió— Aquí no se pueden hacer las cosas como en un país europeo, aquí no vale la filosofía de que el Estado se retire de la actividad económica y deje que cada cual se las arregle como pueda".

Mientras tanto, los empresarios piden profundizar el proceso de reformas económicas para poder crear los 40 millones de puestos de trabajo anuales que el país requiere si, verdaderamente, se quiere salir de la pobreza. Siddharth Roy, un ejecutivo del grupo Tata, la mayor compañía de automóviles de la India, cree que son necesarias nuevas medidas liberalizadoras "para mantener las altas expectativas que en estos momentos tienen tanto los consumidores como los empresarios".

Mafias políticas

Una segunda fase de reformas económicas, quizá más profundas que las de los últimos años, está ya en la agenda del gobierno. Pero nadie quiere hablar de ello por ahora porque India se encuentra en plena campaña para las elecciones que se celebrarán anticipadamente el 20 de abril.

De esa segunda fase de reformas, la que más expectativa despierta es la liberalización del mercado laboral, un asunto de alto riesgo en un país como India. Pero quizá la más difícil y necesaria de las reformas pendientes para la modernización del país es eliminar la corrupción.

En todas las oficinas públicas del país hay carteles en los que se conmina a los funcionarios a no aceptar sobornos y a denunciar cualquier intento en ese sentido. Esto no es prueba de que las autoridades estén alertas ante este problema, sino todo lo contrario. India figura cada año en lo más alto de las listas de países más corruptos del mundo. La corrupción se extiende por todos los niveles: en la policía, en los negocios y, por supuesto, en la política. Sólo la Justicia, al menos el Tribunal Supremo, parece a salvo, y cada vez menos. En la política, el problema ha alcanzado proporciones estrambóticas.

El columnista estadounidense de origen indio Fareed Zakaria describe así la situación en su libro El futuro de la libertad: "La corrupción masiva y el desprecio por el imperio de la ley han transformado el sistema político indio. Veamos el caso de Uttar Pradesh, el mayor Estado de la India, actualmente bajo control del Bharatiya Janata Party (BJP, el partido del primer ministro, Vajpanyee). Sólo hay una manera de describir la política en ese Estado: una democracia de ladrones. Todos los años se amañan las elecciones y se introducen papeletas en las urnas. El partido ganador llena de compinches las filas de la burocracia y soborna a los parlamentarios de la oposición para que se pasen a sus filas".

"Y el de Uttar Pradesh no es el único caso —continúa el libro—. La corrupción política en Bihar y Haryana es mucho peor, y el Parlamento y el Gobierno de Nueva Delhi reflejan muchas de estas tendencias, si bien de forma menos extrema".

En su discurso a la nación del 26 de enero, el presidente Abdul Kalam, que no tiene poder ejecutivo y es elegido por las Cámaras, exhortó a los partidos a "respetar el deseo de los ciudadanos de vivir en una India libre de la corrupción". El gobierno, sin embargo, sólo reconoce en forma muy tangencial el problema y lo atribuye a "un mal que es común en muchos otros países".

En pocos tiene, sin embargo, raíces tan profundas. El origen hay que buscarlo en los primeros días de la independencia, cuando el vacío dejado por el imperio británico fue llenado por una red de políticos y burócratas que, poco a poco, fueron adueñándose del país.

En el gobierno de Jawaharlal Nehru, el primer gobernante de la India independiente, esa corrupción se reducía al pago de algunos sobornos, pero nadie pudo nunca acusar al hombre que concibió la India moderna, ni a ninguno de sus colaboradores, de haberse enriquecido con dinero público.

El Estado fue creciendo y los indios se fueron acostumbrando a vivir a su sombra. Entre esa red de burócratas surgieron con el paso de los años verdaderas mafias políticas que, en algunos Estados, dan lugar a situaciones como las que describe Zakaria.

El BJP no ha hecho hasta la fecha nada para cambiar ese estado de cosas. En parte porque las peculiaridades del sistema político lo obligan a gobernar en una coalición muy amplia (22 partidos) que condiciona mucho su actuación. Y en parte porque el propio BJP es producto de esa forma de hacer política. Como es producto también de otro de los fenómenos que más preocupación despierta de cara a la estabilidad y la paz en la India: el del nacionalismo hindú.

La señal de alarma sobre ese problema se encendió el 27 de febrero de 2002. Ese día, militantes islámicos atacaron en el Estado de Gujarat un tren que regresaba de la ciudad de Ayodhya cargado de activistas hindúes que habían participado en la construcción de un templo al dios Rama donde antes había una mezquita. En un vagón fueron quemados vivos 58 pasajeros.

Al día siguiente los hindúes convocaron una huelga general, que fue respaldada por el gobierno, pese a los temores de que desembocase en hechos de violencia. Y así fue: durante varios días fueron destruidas casas y comercios propiedad de musulmanes, y más de 2.000 fueron asesinados. Ni el gobierno de Gujarat ni el gobierno central, ambos del BJP, condenaron los sucesos. No hay ningún detenido ni procesado a raíz de unos hechos que se mantienen en la memoria de los indios como un ejemplo de los riesgos que el nacionalismo representa para su país.

Nacionalismo

Uno de los promotores de la construcción del templo en Ayodhya fue el viceprimer ministro, L. K. Adavani, a quien los medios de comunicación indios tienen por un nacionalista radical que no renuncia al sueño de convertir un día a la India en un gran Hindustán. La mayoría de los analistas en Nueva Delhi coinciden en que la influencia de Adavani en el Gobierno ha ido disminuyendo desde los sucesos de Gujarat, en la medida en que ha aumentado también el prestigio y la capacidad de maniobra de Vajpanyee. Pero también es cierto que casos menores de extremismo nacionalista hindú se producen casi a diario en diferentes partes del país. Y no solo contra musulmanes.

El Partido del Congreso presentó denuncias recibidas de sacerdotes católicos sobre ataques a iglesias, intimidaciones y palizas a católicos del Estado de Madhya Pradesh, en enero, por parte de extremistas hindúes. Esas denuncias incluyen la violación y asesinato de una niña de nueve años durante el ataque a una escuela católica.

En Maharashtra, el Estado del que es capital Bombay, el propio primer ministro Vajpanyee tuvo que pronunciarse contra la medida del gobierno local, también en manos del BJP, de prohibir un libro que contenía lo que sus detractores consideran insultos a la fe hindú. Este asunto creó gran conmoción en la India. Como llamó la atención la recomendación de algunos líderes del BJP de que las locutoras de televisión cubran sus brazos y usen ropas más recatadas.

Nada de esto está en sintonía con la India secular y multicultural que concibió Nehru, un occidentalista de formación y vocación que era consciente de estar actuando muchas veces contra la corriente. Como tampoco Nehru hubiera previsto la persistencia del sistema de castas 55 años después de la promulgación de la Constitución que prohíbe la discriminación por ese motivo.

La supervivencia del sistema de castas no es más que un ejemplo de la persistencia de todas las complejidades de un país joven, todavía en fase de construcción, que busca un nuevo lugar en el mundo con viejas virtudes y defectos y otras tantas virtudes y defectos adquiridos en su ruta hacia la modernización. La India se suma a la carrera establecida por la globalización desde una posición muy rezagada.

En Calcuta se tardó 25 años en construir 16 kilómetros de metro, más de lo que demandó el Taj Mahal. Ahora, una sociedad estatal, con inversión japonesa, espera tener terminado para el próximo año los 68 kilómetros del metro de Delhi que empezaron a construirse hace seis años.

Es un progreso. Un progreso urgente también en casi todas las infraestructuras. Es muy difícil que la India pretenda ser gran potencia con carreteras indignas de ese nombre y por las que se transita sin respetar las más elementales normas del tráfico, como la de no circular a contramano. Es difícil aceptar el reto de la globalización con aeropuertos como los de hace 20 años y líneas de ferrocarril extensísimas (cerca de 100.000 kilómetros de vías), pero inseguras y lentas.

Llegaremos. Ése es el eslogan oficial. A paso de elefante, pero llegaremos a la cumbre mundial porque nadie crece tanto como los indios, tanto en su población como en su economía. Tan triunfalista es el clima que hasta se confiesa en algunas columnas de prensa el sueño de que un día se produzca la gran ironía histórica de que un indio llegue a ser primer ministro de Gran Bretaña.

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