The Economist, AP, EFE
Algo sorprendente e inquietante sucedió en Italia el 15 de diciembre: Calisto Tanzi, presidente de Parmalat, la octava mayor empresa de ese país, renunció a su cargo. Entregó el control del grupo que fundó hace cuatro décadas a Enrico Bondi, un experto en salvataje de compañías en problemas contratado apenas una semana antes.
Bondi creía que su tarea consistiría en ayudar a reestructurar las finanzas del gigante lácteo. Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron, y pusieron al descubierto lo que la Comisión de Cambio y Bolsa de Estados Unidos definió como "uno de los fraudes corporativos más grandes y descarados de la historia".
La dramática partida de Tanzi, unida a la de varios miembros de su familia y aliados, fue una brutal demostración de fuerza por parte de los bancos acreedores. Luego, Bondi comenzó a descubrir la verdad tras el extraño balance de Parmalat, y una historia que parecía fea se volvió de verdad espantosa.
El problema inmediato de la empresa era la falta de liquidez a corto plazo. Como importante y frecuente usuaria del mercado de bonos, Parmalat solía ser criticada como ineficiente por su costumbre de contraer y mantener pesadas deudas pese a contar, supuestamente, con grandes reservas de efectivo.
De golpe, en diciembre, Parmalat tuvo dificultades para pagar una emisión de eurobonos por valor de 180 millones de dólares. Los mercados financieros comenzaron a preguntarse cómo era posible que una empresa con una facturación anual de 9.000 millones de dólares, que decía poseer casi 5.000 millones de dólares en activos a corto plazo y efectivo, tuviese problemas para reunir ese dinero. Y cuando la compañía admitió que no había logrado liberar casi 600 millones de dólares atrapados en el paraíso fiscal de Islas Caimán, los inversores entraron en pánico.
Fue entonces cuando Bondi llegó. Pronto descubrió que Parmalat había cometido un enorme y prolongado fraude, que tal vez llevaba más de una década. La familia Tanzi perdió el control de la empresa y los "forenses contables" se pusieron a trabajar para desentrañar sus complejos números.
Mientras tanto, Tanzi realizó una gira relámpago por Portugal, Ecuador y Suiza que calificó de "turística", aunque los investigadores dudan de que esa haya sido su verdadera finalidad. El fundador de Parmalat fue arrestado a su regreso a Italia, el 27 de diciembre, el mismo día en que la empresa fue declarada en bancarrota en forma oficial.
El 29 de diciembre la transacción de las acciones de Parmalat —ya casi sin valor— se suspendió por tiempo indefinido en la bolsa de Milán. La Justicia italiana inició una investigación a gran escala de al menos unos 20 sospechosos.
Tanzi admitió que desvió en persona unos 800 millones de dólares de Parmalat a una deficitaria empresa de viajes administrada por su hija, Parmatour. Pero eso no explica qué sucedió con el resto de los miles de millones desaparecidos.
Documentos falsos
¿Dónde estaban los auditores de Parmalat mientras se consumaba el fraude?
Deloitte&Touche, principal auditor de Parmalat desde 1999, insiste en que se mantuvo fiel a las normas contables italianas y está colaborando con los investigadores.
Por su parte, la auditora de origen estadounidense Grant Thornton, que entre 1990 y 1999 revisó los números de Parmalat y luego se dedicó a Bonlat, una subsidiaria con sede en Islas Caimán que está en el epicentro del escándalo, declaró haber sido otra "víctima" del fraude.
Sin embargo, los investigadores creen otra cosa. El 1º de enero, el director de la filial italiana de Grant Thornton, Lorenzo Penca, y su socio, Maurizio Bianchi, fueron arrestados.
El mismo día, Grant Thornton International informó de la renuncia de Penca y la suspensión de Bianchi, y anunció el inicio de una investigación administrativa para deslindar responsabilidades con su filial italiana.
Una de las piezas centrales del fraude es una carta del estadounidense Bank of America que certificaba que Bonlat poseía allí una cuenta por 4.900 millones de dólares. La carta era una falsificación, pero los auditores la dieron por verdadera y aprobaron los balances de la empresa.
Había muchos documentos como ese. Jueces que investigan el caso aseguran que cuatro veces al año, Parmalat ponía en funcionamiento un grosero pero efectivo sistema de falsificación que procuraba dar la impresión de que había grandes cantidades de efectivo en Bonlat. Los balances de las empresas subsidiarias eran simplemente ajustados de acuerdo a las necesidades de la empresa central, y luego se reportaban como números auditados.
Para el juez italiano Guido Salvini, los auditores detenidos, Penca y Bianchi, no fueron engañados sino que participaban activamente en las maniobras y sugerían "las operaciones ficticias necesarias para lograr los fines fraudulentos del grupo".
Hay algunos detalles que sólo la connivencia o la incompetencia de los auditores podrían explicar. Por ejemplo, según los magistrados, Grant Thornton usó el correo interno de Parmalat para solicitar información oficial, en vez de dirigirse en forma directa a los bancos o instituciones financieras involucradas. Si eso ocurrió así, quiere decir que hubo transacciones vitales que no fueron analizadas en forma independiente.
El tercer Enron europeo
El caso de Parmalat arroja nuevas dudas sobre la afirmación de que la gestión empresarial comenzó a mejorar en Europa tras una serie de escándalos corporativos que reflejaban lo que ocurría al otro lado del Atlántico.
Cuando el grupo francés Vivendi se desplomó en 2002, lo llamaron "el Enron europeo", en alusión a la empresa de energía estadounidense que quebró en 2001 por operaciones fraudulentas. En 2003 el título pasó a Ahold, una empresa holandesa de supermercados con problemas contables en sus subsidiarias.
Ahora, Parmalat luce como la más fiel imitación de Enron producida en el Viejo Continente hasta la fecha, aunque con el distintivo matiz europeo de la propiedad familiar de la empresa.
No es un secreto que Parmalat era desde hace tiempo un cliente complicado para los bancos con los que trabajaba.
Como Enron, la empresa era muy afecta a complicados negocios especulativos con bonos y derivados, usando a menudo complejas estructuras basadas en el extranjero y relacionadas con algunas de sus muchas subsidiarias.
Los inversionistas y banqueros se veían en dificultades para comprender los balances de Parmalat, dueña de una bien ganada reputación de empresa poco transparente. Hace más de un año, los analistas de la calificadora de riesgo Merrill Lynch aconsejaron a sus clientes que vendieran sus acciones, con el argumento de que tanta opacidad resultaba, cuando menos, sospechosa.
Entonces, ¿cómo es posible que respetados inversores continuaran comprando acciones y bonos de Parmalat? ¿Y por qué los bancos le siguieron prestando dinero y aceptando transacciones riesgosas? Es cierto que al final del laberinto financiero había un sólido y valioso negocio industrial. Pero esto no justifica una pérdida de juicio colectiva.
Prestigiosos bancos internacionales como Citigroup, J. P. Morgan y el Deutsche Bank estuvieron más que dispuestos a aceptar los riesgosos negocios financieros a través de los cuales Parmalat transfería fondos al exterior y especulaba con ellos.
Esos bancos no responden ante los accionistas de las empresas con las que trabajan, pero ganan lucrativas comisiones. Han estado involucrados en muchos de los más conocidos escándalos corporativos, tanto en Estados Unidos como en Europa. Pero dado su prestigio, podría decirse que su sola presencia sirvió para dar seguridad a inversionistas y calificadoras de riesgo.
Ahora, la Comisión de Cambio y Bolsa de Estados Unidos investiga el papel desempeñado por los principales bancos de ese país en la colocación entre inversores estadounidenses de bonos de Parmalat por valor de 1.800 millones de dólares.
Calificadora despistada
Como en el caso de Enron, los problemas de Parmalat pueden haber sido ignorados por más tiempo del que convenía debido a que la gente se dejó engañar por la constante autopromoción del grupo.
Aunque no se conocen cifras exactas aún, parece que activos sustanciales desaparecieron de Parmalat, así como cientos de millones de dólares fueron desviados de Enron. Los investigadores advierten que podría llevar meses desentrañar los números del gigante italiano.
Así como el caso Enron destruyó la reputación de la empresa auditora Arthur Andersen, Parmalat ha puesto en problemas a la firma Grant Thornton y obligará a Deloitte&Touche a explicar cómo no detectó las irregularidades en los balances de la empresa. Del mismo modo, las agencias calificadoras de riesgo, una vez más, han quedado en falsa escuadra.
La crisis que en 2002 condujo al desplome de Vivendi sirvió también para demostrar lo difícil que era darse cuenta desde el exterior lo que estaba sucediendo. Al igual que Vivendi, Parmalat ocultó gran cantidad de información a Standard&Poors, y aún así la agencia le otorgó el investment grade, o sea la calificación de máxima seguridad, a sus bonos.
Recién cuando la empresa entró en crisis se hizo evidente lo equivocada que estaba Standard&Poors. Ahora, muchos se preguntan cómo fue posible que la calificadora no detectara ninguna señal de peligro.
La bancarrota de Parmalat es una nota amarga al final de lo que de otro modo habría sido un año de mejoría en la gestión empresarial europea. Varios países del continente han introducido o reforzado leyes y códigos de conducta. Gracias a la vigorosa intervención de accionistas y bancos, las firmas perjudicadas por una mala administración, desde Vivendi hasta Ahold, terminaron el 2003 en condiciones mucho mejores de lo que parecía posible.
Tal vez, la participación de la familia fundadora en la administración hizo pensar a los inversionistas que el caso de Parmalat sería distinto, y les dio una falsa sensación de seguridad. En el futuro tendrán que estar más atentos.
Ahora, Bondi intenta saber a dónde fue el dinero desaparecido, suponiendo que este haya existido alguna vez. Cuanto antes pueda separar los activos reales de los inventados, antes podrá asegurar a los acreedores que recuperarán algo.
Los accionistas parecen encaminados a perderlo todo, mientras que los tenedores de las numerosas emisiones de bonos de la empresa afrontan dolorosas negociaciones.
Sin embargo, Bondi quizás tenga suficiente espacio de maniobra como para convertir a Parmalat de nuevo en un negocio operativo viable, con una estructura financiera manejable, y preservar tantos de los 36.000 puestos de trabajo de la empresa como sea posible.
El salvataje
Aprovechando nuevas leyes aprobadas de apuro por el gobierno italiano, Bondi actúa ahora como el único administrador de Parmalat. Tiene 180 días para tratar de salvar lo que pueda. La nueva ley permite a Parmalat usar su capital operativo para pagarle a los proveedores, y también hace probable que sus bancos le den más capital de corto plazo en unas pocas semanas.
Sin embargo, todavía es posible que la tarea resulte demasiado difícil, incluso para Bondi. Hasta ahora, no ha habido buenas noticias que compensen el constante flujo de macabros hallazgos en Parmalat. El público todavía se pregunta cuál será el verdadero tamaño del agujero negro en las finanzas de la empresa: ¿10.000 millones de dólares?; ¿12.000 millones?; ¿más?
Un escenario probable es que Bondi fraccione Parmalat, venda lo que pueda y retenga un núcleo como empresa láctea. Ya ha anunciado la venta de una parte de los activos del grupo en la que figuraría en primer lugar el equipo de fútbol del Parma, que tiene deudas por más de 90 millones de dólares.
En medio de crecientes rumores acerca de posibles interesados en la compra de acciones del equipo, el nuevo presidente de Parmalat garantizó que el Parma no desaparecerá, y anunció que el 9 de enero, en una asamblea de socios, presentará alguna propuesta financiera para asegurar el mantenimiento del club.
Para tener una oportunidad de salvar a Parmalat, Bondi precisa saber rápido y en detalle cómo se cometió el fraude. Desentrañar estos manejos nunca es fácil, en especial cuando hay cientos de subsidiarias y empresas fachadas entrelazadas, por no hablar de paraísos fiscales y bancos offshore. Bondi hizo lo sensato y buscó primero las grandes sumas de dinero faltantes, sólo para conocer la magnitud del desafío. Ahora debe ir tras múltiples montos más pequeños. Le llevará tiempo, quizá varios meses.
Hasta que haya más información precisa, sólo es posible especular acerca de cómo se perpetró un fraude tan enorme. Pero los lineamientos generales han comenzado a emerger.
Al parecer, una empresa financiera subsidiaria fue utilizada para tomar efectivo de la empresa operativa y luego lo perdió en negocios especulativos financieros. A medida que las pérdidas se acumulaban, en vez de blanquear la situación, se elevaron las apuestas en un esfuerzo desesperado y al fin inútil por recuperar el dinero y mantener el esquema en funcionamiento, mientras se alteraban balances y falsificaban documentos para ganar tiempo.
El gerente financiero de Parmalat, Fausto Tonna, detenido en Parma, dijo ya a los investigadores que la empresa manipuló sistemáticamente sus libros de contabilidad. Él y otros sospechosos afirmaron que los fondos fueron desviados para salvar varias filiales deficitarias de la empresa, al mismo tiempo que se emitiron documentos falsos a fin de ocultar las pérdidas.
Si eso fue lo que ocurrió, el de Parmalat se parecerá a la mayoría de los demás escándalos corporativos. Lo que se teme es que haya nuevos horrores aún por descubrir.