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INFORME ESPECIAL. EL VIEJO CONTINENTE BAJO LA OLA DEL ISLAM
Europanistán
Los musulmanes ganan terreno en Europa. ¿Cuánto deberá cambiar el Viejo Continente para hacerles lugar?

Carla Power, Christopher Dickey, Newsweek

El debate acerca de si el islam es compatible o no con Europa se ha vuelto un tema de conversación común. ¿Prohibir o no los velos en las escuelas? ¿Terrorismo versus libertades civiles? Preguntas interesantes, puede decirse, pero ¿qué tienen que ver con los chacinados?

Los franceses adoran los embutidos de carne de cerdo. Pero cuando Mouhad Bourouis, de 33 años, trabajó en un campamento para niños carenciados en el sur de Francia hace unos años, los chacinados representaron un problema serio. De los 80 niños, 28 eran musulmanes y las restricciones halal en su dieta, como las kosher para los niños judíos, significaban que no podían comer ningún producto en base a carne porcina. "La primera semana planifiqué 28 menús sin cerdo, pero era demasiado caro y complicado", afirmó. "Así que la segunda semana reuní a los padres y les dije que haría menús que estuvieran bien para todos los niños. Los que realmente desearan comer salchichas debían esperar a volver a su casa".

Bourouis, hijo de inmigrantes argelinos y un próspero abogado de Marsella, cuenta la historia para mostrar cómo es posible resolver los problemas que plantea el integrar a los musulmanes al resto de la sociedad francesa. Pero para muchos en Francia y Europa, el cuento plantea una pregunta más profunda, existencial sin duda. ¿Cuánto tendrán que cambiar las sociedades europeas, voluntariamente o no, para hacer lugar a sus crecientes comunidades musulmanas? Por supuesto, no es sólo una cuestión de dieta, sino también de leyes, cultura y estilos de vida.

La búsqueda de respuestas, aún lejos de ser concluyente, se ha transformado en el asunto debatido con más pasión en la vida pública europea. Hasta hace no mucho tiempo, los musulmanes del continente debían resolver sus problemas de identidad por sí mismos. Su disyuntiva, desde el punto de vista de los europeos occidentales, era decidir si asimilarse o no. Eso ha cambiado profundamente. Hoy el espectro del terrorismo, justa o injustamente, planea sobre las comunidades islámicas de Europa. Los recientes atentados en Turquía intensificaron los temores y sospechas que prevalecen en muchos países. Eso vuelve la pregunta de cómo integrar a los musulmanes europeos más importante y mucho más difícil.

Yuppies musulmanes

Hoy hay más de 12 millones de personas de origen musulmán en Europa Occidental, casi la mitad de ellos en Francia. Al visitar Marsella, donde cerca de un tercio de la población es árabe, se percibe la dimensión cotidiana del fenómeno. Los jóvenes musulmanes recostados contra las paredes de las callejuelas empedradas del viejo puerto tienen entre tres y cinco veces menos probabilidades de conseguir trabajo que los franceses de la misma edad.

En Marsella hay barrios enteros que parecen sacados del Magreb: muchos de sus habitantes tienen poco o ningún contacto con el país que se encuentra más allá de sus paredes. Entre los hombres jóvenes, especialmente, el islam ha pasado de ser una fe para convertirse en una forma de rechazo al sistema francés, que muchos sienten que les ha fallado.

El verdadero desafío, sin embargo, no proviene de aquellos que se han salido del sistema, sino de los que quieren entrar, pero bajo sus propias condiciones. Esa es la posición de una grupo de jóvenes veinteañeros y treintañeros —llamémoslos la "generación M"— que son europeos en casi todos los sentidos de la palabra. A diferencia de sus ancestros, casi todos ellos nacieron en Europa y reivindican como suya la sociedad del continente. Les va bien en el estudio y el trabajo y, a menudo, han "cristianizado" su fe convirtiéndola en una cuestión individual.

"Mi religión es algo privado, algo que no tengo ganas de compartir en público, pero definitivamente forma parte de quien soy", afirmó Delilah Kerchouche, de 30 años, una periodista parisina cuyos padres inmigrantes la criaron "como argelina".

Más que esforzarse por "encajar", los integrantes de esta generación M quieren que Europa abra espacios para ellos, y a medida que su número aumenta, el continente necesita que les vaya bien.

En Francia, Kerchouche forma parte de la "beurgesía", una palabra en lunfardo que designa a los burgueses beurs, o árabes magrebíes prósperos. En Gran Bretaña le dirían yummie, algo así como una yuppie musulmana. Estos jóvenes seguros de sí mismos, culturalmente ambidiestros, europeos de segunda o tercera generación, son conscientes de sus derechos como ciudadanos de la Unión Europea. Y están reafirmando su derecho a ser musulmanes y modernos, europeos e islámicos a la vez.

Tariq Ramadán, nacido en Suiza, nieto del fundador de la revolucionaria Hermandad Musulmana en Egipto, alienta a estos jóvenes a reivindicar sus derechos como ciudadanos y forjar alianzas con otros grupos, como los movimientos antiglobalización. "Los musulmanes de Occidente estaban esperando respuestas del así llamado mundo islámico", dijo Ramadán. "Ahora eso ha cambiado. Las chicas en España y Francia están recurriendo a la Justicia para defender su derecho a llevar la cabeza cubierta en la escuela, mientras que la Liga Árabe Europea en Bruselas está demandando educación bilingüe para los niños que hablan árabe en sus hogares".

Tales esfuerzos están obligando a los europeos tradicionales a repensar su propio concepto de identidad cultural y a poner a prueba los límites de su tolerancia.

Francia, por ejemplo, ha librado una larga batalla para mantener la religión —en forma de catolicismo— fuera de las aulas. ¿Permitirá ahora que las estudiantes musulmanas vayan a clase con velo? ¿Qué harán los tolerantes holandeses con los predicadores islámicos que dicen que los homosexuales deben ser asesinados como cerdos? ¿Y que harán cuando, dentro de una o dos décadas, la mayoría de los recién nacidos sean musulmanes?

Batalla por el velo

Francia, con la mayor población musulmana de Europa, es como un gran laboratorio. En los últimos 100 años su sociedad integró sin problemas ola tras ola de inmigrantes, negándose a reconocer ninguna diferencia étnica, racial o religiosa entre unos ciudadanos cuyo derecho y obligación era compartir el idioma, los valores republicanos y la cultura histórica de Francia. Hasta hace poco el sistema funcionaba, creando franceses y francesas negros o judíos que no amenazaban la civilización o la identidad del país. El multiculturalismo al estilo estadounidense, en este contexto, era considerado una receta para el caos.

Ese viejo sistema francés se está derrumbando bajo el peso de sus propias contradicciones. En los últimos tres meses, cerca de 100 demandas que reivindican el derecho de las niñas a ir a la escuela con velo han sido presentadas ante el Ministerio de Educación.

En noviembre, una comisión legislativa multipartidaria respaldó una ley que prohíbe todo símbolo religioso en instituciones estatales francesas, y el 10 de octubre un tribunal confirmó la expulsión de las hermanas musulmanas Lila y Alma de un colegio público de Aubervilliers por usar un velo.

Los defensores de los derechos humanos, por su parte, afirman que la prohibición del velo no sólo contraviene la nueva Carta Europea de derechos humanos sino que interfiere con las garantías constitucionales de libertad francesas. "Afirman que nadie debería obligar a una mujer a usar el hijab", afirmó Alma Levy, de 18 años. "¿Pero cómo pueden obligarnos a sacárnoslo? Si realmente se preocuparan por nuestra libertad, deberían dejarnos decidir si queremos usarlo o no".

Batallas similares se están librando por todas partes en Europa. En febrero, en España, una inmigrante de 13 años, Fatima Eldrissi, obtuvo el derecho a ir a una escuela pública con velo, luego de que las autoridades educativas locales se pusieron de acuerdo en que su derecho a la educación era más importante que lo que se pusiera para ir a clase.

Meses atrás, una comisión parlamentaria holandesa observó lúgubremente que la "integración con los así llamados allochtones (lunfardo para musulmanes holandeses) ha fracasado".

En Gran Bretaña, que se enorgullece de carecer de una identidad cultural patrocinada por el Estado, hay quienes se apresuran a señalar las desventajas de una actitud más permisiva: la principal es Londonistan, la red de mezquitas y salas de reunión conocidas por albergar a fundamentalistas.

Hay muchos lugares de esos, entre ellos un barrio de clase trabajadora en la ciudad industrial norteña de Bradford, repleta de carnicerías halal y restaurantes tandoori, de comida típica india. Allí, un hombre de 25 años, con barba y ojos verdes, pidió ser identificado sólo como Ahmed. Pese a su marcado acento de Yorkshire, dijo ser un afgano de la etnia pathan con una concepción nada fundamentalista de su fe. "Si uno es musulmán, es musulmán", dijo. "No importa si es afgano, británico o europeo. Sólo hay un islam".

Ahmed dijo que solía consumir drogas y recorrer discotecas antes de redescubrir su religión y conseguir trabajo en una fábrica de aviones y tanques. De esto se trata la yihad (guerra santa), afirmó: "Si uno quiere ser un hombre de verdad, y pelear la verdadera pelea, uno trata de ser un buen musulmán cuando está en un lugar con mujeres desnudas, con minifaldas, casinos y armas. La verdadera yihad es cuando uno puede controlar su lengua y sus partes privadas".

"Defensor de las fes"

En Gran Bretaña, afirmó Ahmed, es libre de hacer lo que desee como musulmán. Sus colegas y amigos son desprejuiciados y tolerantes e incluso le recuerdan cuando es la hora de rezar.

A esto apunta parte de la respuesta a las preguntas de Europa sobre el islam. El hecho de que la mayoría de los musulmanes en Gran Bretaña recibieran automáticamente la ciudadanía como miembros del Commonwealth produjo segundas y terceras generaciones seguras de su derecho a participar en la vida comercial, política y civil.

La situación es muy distinta en algunos países de Europa continental donde la laicidad estatal y la falta de disposición a reconocer minorías, como en Francia, o las estrechas definiciones de nacionalidad, como en Alemania, dejaron a los islámicos durante años en los márgenes de la sociedad.

Es cierto que en Gran Bretaña también existe discriminación. Dos tercios de las organizaciones musulmanas denunciaron trato discriminatorio en escuelas públicas y empleos en comparación con otros grupos religiosos. Cerca del 80% de los hogares formados por personas originarias de Pakistán o Bangladesh tienen ingresos equivalentes o menores al promedio nacional, en comparación con el 40% de otras minorías étnicas. Pero al menos los musulmanes británicos tienen escuelas, tienen libertades civiles... y tienen representantes musulmanes en la Cámara de los Lores.

En Gran Bretaña, es innegable que la Generación M está incorporada al sistema. Mientras sus padres abrieron kioscos y carnicerías halal, ellos se convirtieron en empleados públicos, médicos y llegaron incluso al bastión de la cultura británica, la City, el sistema financiero.

El espacio religioso matinal de la BBC, "Pensamiento para el día", cita a académicos musulmanes además de ministros anglicanos. Los escolares británicos ahora aprenden sobre el islam y el hinduismo en clases de educación religiosa. El príncipe Carlos ha bromeado sobre la posibilidad de cambiar su título de "Defensor de la fe" a "Defensor de las fes".

Sajid Hussain, de 30 años, podría ser el modelo de un poster de la Gran Bretaña islámica moderna. Se educó en Oxford, es devoto musulmán y se siente tan cómodo discutiendo la teoría del big bang como hablando de filosofía musulmana medieval. Ahora enseña ciencia en un liceo de Bradford y trabaja en la fundación de una nueva escuela para niñas musulmanas que también aceptará alumnas judías, católicas y todas aquellas que no se sientan cómodas con la educación sexual y atmósfera liberal de las escuelas laicas británicas.

Según Hussain, son las reglas cada vez más laxas en cuanto a vestimenta, sexo prematrimonial y homosexualidad lo que enfurece a los musulmanes, tanto como a los judíos y católicos practicantes. "El secularismo no es sólo un problema para el islam, sino para todas las grandes religiones", afirmó.

Fuerza de cambio

A medida que los musulmanes adquieren suficiente confianza como para defender su identidad y habilidades para forjar alianzas con otros grupos, su impacto sobre la cultura y la sociedad europea no hará más que crecer. Incluso el reacio gobierno francés se está dando cuenta de que la vida en un mundo globalizado significa que los musulmanes —y, sin duda, la propia religión— no pueden ser marginados.

Y tampoco es posible desconocer las identidades culturales más amplias asociadas con la religión y la etnia. Los devotos y los que dudan, los radicales y los laicos, todos se consideran a sí mismos musulmanes, y cada vez ocupan más roles en el arte y los medios, en parlamentos y consejos vecinales, en salas de directorio y en los ejércitos.

La generación M está transformando el islam de fe extranjera en fuerza dinámica de cambio que ya no puede ser resistida. Asma, una hermosa estudiante de 16 años y ojos verdes de Averroes, la primera escuela musulmana de Francia, recuerda que tenía que quitarse el velo en su antiguo colegio. En Averroes puede usarlo, y ya no tiene que esconderse de la tradicional laicidad francesa.

Queda por verse si, cuando le llegue a su hija el momento de decidir si usar o no velo en la escuela, esa tradición sigue existiendo o no.

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