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15/02/03
El padre de todas las batallas
Cada día la humanidad gasta miles de millones de litros de petróleo. Y todos los caminos para obtenerlo conducen al golfo Pérsico.

Andrea Tutté

Hace 200 o 300 millones de años, los restos de pequeños organismos vegetales y animales se depositaron en el fondo de los mares. Por encima de ellos se formó, con el paso del tiempo, una capa de sedimentos bajo la cual quedaron atrapados. Sometida a fuertes presiones y altas temperaturas, la materia orgánica comenzó a transformarse: el resultado de esa alquimia geológica fue un líquido espeso e inflamable sin el cual no sería posible imaginar el mundo actual.

En el 2001 se extrajeron de la Tierra, cada día, 65,5 millones de barriles de petróleo, más de 10.400 millones de litros (cada barril contiene 159 litros). En diciembre, la producción mundial llegó a 76,4 millones de barriles diarios. Para el 2003, según la Agencia Internacional de Energía, la demanda seguirá en aumento: cada día se consumirán, en promedio, 1,04 millones de barriles más que en el 2002.

El petróleo es hoy la principal fuente de energía del planeta, y la economía global se mueve al ritmo de las oscilaciones de su cotización. Aún está fresco en la memoria el recuerdo de la crisis petrolera de los años 70, cuando el precio del barril se cuadruplicó en tres meses y empujó al mundo hacia una de las recesiones más graves de las últimas décadas.

El hecho de que el crudo se concentre en una de las zonas más explosivas de la Tierra no ayuda: así como los países árabes respondieron a la victoria israelí en la guerra de Iom Kipur con un embargo petrolero, hoy la amenaza de una nueva guerra en Medio Oriente vuelve a hacer temblar los mercados.

En los últimos años se han invertido millones de dólares para buscar y extraer petróleo en otros lugares, pero ese dinero sólo compra tiempo: el petróleo es un recurso no renovable y terminará por agotarse en cuestión de décadas. "El mundo ingresa actualmente en el ocaso de la gran cultura de los carburantes fósiles", sostiene el economista y experto en biotecnología estadounidense Jeremy Rifkin, que en su último libro, La economía del hidrógeno, predice una inevitable transición hacia esa fuente de energía renovable y no contaminante. Por ahora, sin embargo, el mundo sigue girando alrededor del petróleo.

Ironía

En enero, la cotización del crudo aumentó más del 20% y alcanzó un pico máximo de 33 dólares por barril. La suba reflejó, a la vez, una caída en la producción y un aumento de la demanda: el paro general contra el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, hizo caer el suministro en dos millones de barriles diarios, y la perspectiva de un ataque estadounidense a Irak empujó a muchos países a tratar de comprar más petróleo, de modo de aumentar sus reservas en previsión de futuros problemas de abastecimiento.

El temor es que, enfrentado a una previsible derrota, el líder iraquí, Sadam Hussein, adopte una política de tierra arrasada y ordene destruir los pozos petroleros de su país para evitar que el preciado botín caiga en manos ajenas.

Fue lo mismo que hizo cuando debió abandonar Kuwait, luego de invadir ese pequeño país vecino, seguramente movido por el ansia de controlar su enorme riqueza petrolera.

Desde aquella derrota, Irak está sometido a un embargo internacional que limita su producción e impide a empresas extranjeras invertir directamente en los pozos. Sin embargo, Irak sí puede firmar contratos con empresas que se encargan de llevar su petróleo al mercado, como lo ha hecho con la francesa TotalFina, la italiana Eni y la española RepsolYpf.

Irak es el segundo país que más petróleo tiene bajo su superficie: 110.000 millones de barriles. El único país que tiene reservas mayores es Arabia Saudita y hay quienes temen que el petróleo saudita tampoco esté a salvo. Recientemente, el jeque Zaki Yamani, que en los 70 fue ministro para el Petróleo de ese país, advirtió que si hay una guerra Hussein podría atacar con misiles a su país y a Kuwait, alterando el suministro y elevando a 100 dólares el precio del barril de crudo.

Por lo pronto, para calmar a los mercados, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) decidió aumentar su producción en 1,5 millones de barriles diarios a partir de febrero, para llegar a 24,5 millones, y se comprometió a estudiar futuros incrementos si la cotización del crudo supera la barrera de los 28 dólares por barril durante más de 20 días seguidos.

Los nueve países miembros de la OPEP —Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar, Irán, Irak, Libia, Nigeria, Indonesia y Venezuela— representan el 40% de la producción actual de crudo, y ejercen una fuerte influencia sobre su cotización, aumentando o reduciendo el suministro según les convenga.

Su principal integrante, Arabia Saudita, exportó en el 2002 petróleo por valor de 60.000 millones de dólares. Hoy produce unos 7,4 millones de barriles diarios.

El segundo exportador mundial es Rusia, que no forma parte de la OPEP. Pero mientras Rusia se encuentra al límite de su capacidad productiva, Arabia Saudita podría producir cómodamente otros dos o tres millones de barriles diarios. Esto le permite, si quiere, compensar la caída en la producción de otros países o incluso bajar los precios con sólo aumentar sus exportaciones. Ahí está la clave de su poder, y la explicación de por qué Estados Unidos, el mayor consumidor mundial de petróleo, cultiva desde hace años una sólida amistad con la nada democrática casa real saudita y mantiene una fuerte presencia militar en ese país.

La reciente decisión de la OPEP constituye "una señal de la disposición de Arabia Saudita de asegurar el flujo de crudo a precios razonables en caso de una guerra contra Irak", afirmó recientemente un editorial del diario estadounidense The New York Times.

"Más allá de sus beneficios inmediatos, —continuó el editorial— la decisión saudita es un recordatorio adicional de lo estrechamente vinculada que está la suerte de Estados Unidos con la buena voluntad de los productores petroleros, tres décadas después de la crisis de los 70. El hecho de que los sauditas y otros productores de Medio Oriente hayan tenido que acudir al rescate de Estados Unidos a raíz de la crisis política en Venezuela es una situación rica en ironías. Venezuela se consideraba un colchón, un seguro contra la alteración de los envíos petroleros provenientes de Medio Oriente".

Nuevas fronteras

La crisis de los 70 mostró a Occidente el riesgo de depender energéticamente de una zona tan conflictiva como Medio Oriente.

En esa misma década, además, varios importantes productores nacionalizaron su industria petrolera: Argelia lo hizo en 1971, Irak en 1972, Libia en 1973, Venezuela en 1975 y Arabia Saudita en 1979.

Como resultado, las empresas del sector se volcaron a explotar reservas en zonas de más difícil acceso, como el Mar del Norte y Alaska, donde extraer el petróleo es más caro y difícil que en Medio Oriente.

Hoy ya se ha extraido entre el 70 y el 90% de la existencia de la mayoría de los grandes yacimientos del Mar del Norte. Los de Alaska van por el mismo camino, hasta el punto de que el presidente estadounidense George Bush, para desesperación de los ecologistas, ha anunciado sus intenciones de abrir a la explotación una importante reserva ambiental que hay allí, pese a que se estima que el crudo que podría haber bajo su suelo representa apenas el 1% de las reservas conocidas.

Estados Unidos produce el 12% del petróleo mundial pero consume el 25%. La necesidad de encontrar nuevos yacimientos apremia. Esa es la razón del interés de las grandes empresas en África, donde los recientes hallazgos de nuevos pozos petroleros han atraído grandes inversiones que han alimentado las arcas de los gobiernos corruptos y no han aliviado en nada la miseria de las poblaciones civiles.

Según The Economist, Chevron Texaco invirtió en ese continente 5.000 millones de dólares en los últimos cinco años, y planea dejar allí otros 20.000 millones en el próximo lustro. El petróleo africano representa el 15% de las importaciones estadounidenses, y se espera que para el 2015 llegue al 25%.

También hay petróleo en las antiguas repúblicas soviéticas con costas en el mar Caspio. Pero construir los oleoductos necesarios para sacarlo de allí llevará tiempo y costará miles de millones de dólares. Y como la región no tiene mucho que envidiarle al Medio Oriente en materia de inestabilidad, terroristas islámicos y tiranos belicosos, nada garantiza el buen resultado de la inversión.

La explotación petrolera bajo aguas profundas, en cambio, no tiene estos problemas... pero tiene otros. Se trata del último territorio inexplorado. Hoy se extrae petróleo a 1.200 metros de profundidad, desde enormes plataformas flotantes, algo inimaginable hace algunos años, pero con un costo muy alto debido a las nuevas y costosas tecnologías que se necesitan para detectar los yacimientos y para perforar el lecho marino.

No hay dudas de que Medio Oriente sigue siendo el lugar donde resulta más barato extraer el petróleo. Al parecer, todos los caminos conducen al golfo Pérsico. El 65% del petróleo aún por extraer se encuentra en Arabia Saudita, Irak, Irán, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, cinco países de esa región, todos vecinos y miembros de la OPEP.

Además, los estados del Golfo extraen sólo la cantidad necesaria para mantener la cotización en los niveles deseados. No sólo tienen más reservas, sino que las consumen más lentamente, y probablemente seguirán produciendo y controlando los precios cuando la mayoría de los pozos del resto del planeta se hayan secado.

"El petróleo es un recurso limitado, así que finalmente se acabará, aunque no en los años venideros", predice la OPEP en su página de internet. "Las reservas de la OPEP son suficientes para durar otros 80 años al ritmo de producción actual, mientras que las reservas de los países que no integran la OPEP podrían acabarse en 20 años. La demanda mundial de petróleo está aumentando, y se espera que la OPEP sea una fuente de crudo cada vez más importante".

Perspectivas

¿Tiene razón la OPEP cuando dice que las reservas del resto del mundo se acabarán en 20 años? Depende a quién se le pregunte. "Los petrogeólogos más eminentes no se ponen de acuerdo para predecir con exactitud en qué momento comenzará a caer la producción de petróleo. Es decir, cuando se hayan agotado la mitad de las reservas conocidas o por descubrir", escribió Rifkin en el diario francés Le Monde.

"Para los agoreros —continuó— la caída de la producción se producirá muy probablemente ya a fines de esta década, y sin duda antes de 2020, mientras que los optimistas dicen que no antes del 2040. Lo más sorprendente es que apenas un período breve, entre 20 y 30 años, separa a ambos bandos. Pero los dos coinciden en que cuando la producción comience a disminuir, los dos tercios de las reservas petroleras restantes estarán en Oriente Medio, la región más inestable y explosiva del globo".

Como consecuencia, según Rifkin, "los países todavía dependientes del petróleo quedarán entonces atrapados en un combate geopolítico feroz para asegurar su acceso a los yacimientos petrolíferos todavía productivos de Medio Oriente, con todos los riesgos y repercusiones considerables que acompañan a esta simple realidad".

La dificultad de determinar exactamente cuándo se acabará el petróleo radica en que depende de factores imposibles de predecir con exactitud, como el aumento de la demanda, el descubrimiento de yacimientos y la posibilidad de que avances científicos y tecnológicos permitan aprovechar depósitos hoy "irrecuperables".

La Agencia Internacional de la Energía (AIE), formada por los principales países consumidores de petróleo, predice que de aquí al 2030 la demanda crecerá a un promedio del 1,6% anual hasta llegar a 120 millones de barriles diarios.

"Los recursos petroleros son amplios, pero habrá que identificar nuevas reservas para hacer frente al aumento de la demanda hasta el 2030", afirma la AIE en su informe Perspectivas Mundiales de la Energía, publicado en el 2002. "Sacar la energía del subsuelo y llevarla al mercado requerirá inversiones de billones de dólares".

La mayor parte del crecimiento de la demanda provendrá de países en desarrollo, especialmente asiáticos. China, que ya es el segundo importador mundial de petróleo después de Estados Unidos, seguirá aumentando su necesidad de combustible, una perspectiva que a Rifkin le inquieta especialmente. "Si China pretendiera consumir tanto petróleo per cápita como gastamos en Estados Unidos para mantener nuestro nivel de vida, necesitaría 81 millones de barriles al día". Eso es más que toda la producción mundial actual.

Otros factores que podrían incidir sobre la velocidad de agotamiento del petróleo tienen que ver con su uso más eficiente y el desarrollo de fuentes de energía alternativas. Un estudio de la Academia Estadounidense de Ciencias citado por The Economist concluyó que, con la tecnología ya existente, Estados Unidos podría reducir cómodamente en un 20% su consumo de combustibles fósiles.

Para lograrlo, tendría que obligar a los fabricantes de automóviles a producir vehículos que consuman menos, o aumentar los impuestos sobre los combustibles, que en Estados Unidos son muy bajos. Pero se trata de medidas con un alto costo político, que las autoridades no parecen estar dispuestas a pagar.

Después del petróleo

Según la AIE, de aquí al 2030 los combustibles fósiles —petróleo y gas natural— seguirán siendo las principales fuentes de energía. La demanda de gas será la que más aumentará y podría duplicarse en ese período. "Las nuevas plantas generadoras de electricidad absorberán más del 60% del aumento en la producción de gas en las próximas tres décadas", afirma el informe ya citado.

El consumo de carbón aumentará también, aunque más lentamente que el de petróleo y gas, y responderá principalmente a la generación de electricidad. En cambio, el rol de la energía nuclear se reducirá, ya que se construirán pocas centrales y se cerrarán algunas de las que existen. La producción de este tipo de energía representará apenas el 5% del total en el 2030.

Por su parte, la importancia de los recursos energéticos renovables aumentará. Mientras que la generación hidroeléctrica se mantendrá estable, el uso de recursos renovables no hidráulicos —especialmente la energía eólica y la biomasa (combustible de origen vegetal)— crecerá a un ritmo del 3,3% anual. Pero pese a su creciente importancia, estos recursos "sólo representarán una pequeña parte de la demanda global de energía para el 2030, ya que parten de una base muy pequeña", señala la AIE.

El aumento en el uso de los recursos renovables se dará principalmente en la Unión Europea, que para el 2010 se ha fijado el objetivo de emplearlos para generar el 22% de la electricidad y el 12% del total de energía, no sólo como preparación para un futuro sin petróleo sino también para contaminar menos.

Para Rifkin, la Unión Europea es la abanderada de una nueva era en la que las pilas de combustible basadas en el hidrógeno ocuparán el lugar de los agotados combustibles fósiles, mientras Estados Unidos se aferra tercamente al pasado.

"Las diferencias de perspectiva en Europa y Estados Unidos en este terreno se reflejan en la actitud de las empresas petrolaras gigantes. Las que están radicadas en Europa, British Petroleum (BP) y Royal Dutch Shell, se comprometieron seriamente a abandonar progresivamente los carburantes fósiles e invierten sumas considerables en investigación y desarrollo relativo al hidrógeno y las tecnologías de energía renovable. El nuevo slogan de BP es ‘después del petróleo’", escribió Rifkin. "Por el contrario, la compañía estadounidense Exxon Mobil se atiene con firmeza a su compromiso tradicional con los carburantes fósiles, con un mínimo de esfuerzos destinados a las energías renovables y a la exploración de las posibilidades que ofrece la investigación sobre el hidrógeno".

Hace dos semanas, sorpresivamente, Bush anunció en su discurso anual ante el Congreso de su país que destinará 1.200 millones de dólares a las investigaciones que buscan desarrollar vehículos propulsados a hidrógeno.

"Una simple reacción química entre el hidrógeno y el oxígeno genera energía, que puede ser usada para alimentar un auto que produciría sólo agua, no gases contaminantes", explicó Bush a los legisladores, que aplaudieron a rabiar.

Los ecologistas, en cambio, no se mostraron tan complacidos: muchos acusaron al presidente de apelar a esa solución para no reducir ya mismo el consumo de petróleo en su país y obligar a las fábricas de automóviles a producir motores más eficientes.

Como prueba de sus hipótesis, los ambientalistas señalaron que en su discurso Bush también insistió en medidas muy poco ecológicas como la iniciativa Cielos Limpios, que pretende regular la emisión industrial de gases contaminantes pero excluye al dióxido de carbono, el más dañino de todos, que se produce justamente por la quema de combustibles fósiles.

Por ahora, en los hechos, el país que consume la cuarta parte de la producción mundial no ha dado muchas señales de querer cambiar de rumbo. El año pasado, en la cumbre de Johannesburgo, Estados Unidos se opuso cuando la Unión Europea pretendió fijar el objetivo común de utilizar recursos renovables para generar al menos el 15% de la energía en el 2010.

Tarde o temprano, el mundo tendrá que acostumbrarse a vivir sin petróleo. Pero parece que todavía no esta preparado.

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