JORGE ABBONDANZA
Amigos del medio plástico pertenecientes a tres generaciones, lamentaron el viernes la muerte de Amalia Nieto. La creadora había nacido en Montevideo hace 93 años, aunque ella siempre decía —con sardónico sentido del humor— que en las reseñas sobre su vida a menudo le quitaban años. Fue desde la juventud una pintora de oficio apasionado, que nunca más abandonaría esa vocación. Los viajes a Europa cumplidos antes de la Segunda Guerra Mundial le permitieron ampliar sus estudios en la Grande Chaumiere, entre otros institutos donde depuró un lenguaje que con los años se haría famoso por la fineza expresiva y un vuelo (a menudo lírico) de sus propuestas visuales. Mucha gente podrá recordar ahora algunas series culminantes en la producción de Amalia, desde la afilada estilización de los gatos hasta el trazo negro y giratorio con que resolvía los búhos, en cuya soltura de diagrama debe encontrarse uno de sus mejores períodos.
Luego derivó hacia un depurado minimalismo en esculturas de planteo geométrico (prismas y cubos blancos, con planos de vivo cromatismo) y aún en una etapa pictórica embarcada en esa misma tendencia, para proseguir más tarde con naturalezas muertas de notable delicadeza tonal y pequeño formato que ilustraron un momento de definitiva madurez personal, sin apearse del control ejemplar y la discreción que fueron sellos inseparables de su obra. A lo largo de las décadas, Amalia mantuvo un ojo impecable para ver y juzgar obras ajenas, a las que siempre aplicaba un punto de vista atinado. Por el camino, obtuvo abundantes reconocimientos y premios, incluyendo varias distinciones en Salones Nacionales y Municipales, a todo lo cual se agregó en 1995 su presencia en el primer quinteto de maestros nacionales invitados especialmente al Premio Figari que organizó el Banco Central.
Amalia había estado casada con el escritor Felisberto Hernández, de quien tuvo su única hija. Nunca se alejó de otro de sus fervores, el del teatro, a cuyos estrenos asistía regularmente: junto con Laura Escalante era una presencia saludada por buena parte de la platea. Desde ahora, esas dos mujeres eminentes forman parte del mejor recuerdo y la mejor tradición de la cultura local, pero además eran ejemplares de poderoso estímulo a través de sus apegos, sus puntos de vista, su ánimo indomable, su constante inquietud por lo que sucedía alrededor, su espíritu selectivo, su agudeza verbal y su visión ecuménica de los campos del arte. Despedir a Amalia obliga a evocar el temple con que se mantuvo activa durante seis décadas de su vida y equivale a dejar atrás una época uruguaya vinculada a brillos y valores que poco a poco se evaporan. La memoria sobre ella en cambio perdurará.