Miércoles 31 de diciembre de 2003 | Año 86 - Nº 29596
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03/02/03
La cultura movía unos U$S 840 millones anuales en Uruguay hasta el año 2001
El movimiento económico generado por la cultura en Uruguay está, en términos relativos, en la misma franja que los países desarrollados

Con motivo de la reciente publicación del estudio titulado "La cultura es capital" que realizaron los economistas Luis Stolovich y José Mourelle junto con las sociólogas Graciela Lescano y Rita Pessano, ECONOMIA & MERCADO dialogó con uno de sus autores. El entrevistado, Luis Stolovich, señaló que este libro es la continuación y actualización de "La cultura da trabajo" de los mismos autores y trata de interpretar las nuevas relaciones entre economía y cultura y dar respuesta a muchas interrogantes que surgen ante las importantes transformaciones que han experimentado los mercados culturales de Uruguay en la última década.

—¿Qué concepto de cultura se maneja en su investigación?

—Hay cientos de definiciones del término cultura. En los extremos, encontramos una visión antropológica, por la cual todo lo que sale de las manos y el pensamiento del hombre es cultura, y un concepto más elitista, que ya está bastante superado, que restringe la noción de cultura a las bellas artes, confundiéndola con las artes superiores o "cultas". En nuestro estudio, hemos identificado a la cultura como la producción simbólica, o sea la producción intelectual que se traduce en forma de símbolos, lo cual la ubica en un término medio del espectro.

—¿Existe realmente una economía propia de la cultura?

—Luego de un proceso de cientos de años, la cultura termina por transformarse en un sector económico en el siglo XX. De hecho, existe una economía de la cultura desde el momento en que la creatividad que está detrás de todo lo que es cultura, o sea la creación simbólica, ingresa al mercado y se convierte en un bien económico. Para que la obra resultante de la creación simbólica se transforme en un producto cultural es necesario un reconocimiento colectivo. Cuando una obra de arte es vendida públicamente o una obra literaria se reproduce masivamente, el reconocimiento social de la obra comienza a cotizarse por la intervención del mercado. El consumo cultural, que satisface necesidades de orden ideológico, sicológico y sicosocial, se da en la medida que haya una disponibilidad de recursos para pagar esos bienes o servicios culturales.

—¿Qué características se destacan en el movimiento económico de la actividad cultural?

—La actividad cultural es muy sensible a la dinámica general de la actividad económica. Cuando esta última está en una fase expansiva, la primera crece más rápidamente que otros sectores porque al contar el consumidor con mayores ingresos puede resolver sus problemas básicos, quedándole un monto creciente para gastar en entretenimiento. En cambio, cuando se produce un deterioro de la actividad económica y los ingresos se reducen, la producción cultural cae con mayor fuerza a la del promedio de las actividades económicas porque los individuos tienen una menor propensión a realizar consumos culturales y tienden hacia los consumos básicos. Este fenómeno expresa la alta elasticidad-ingreso de las actividades culturales, es decir que ante ciertos movimientos del nivel de ingresos, la demanda fluctúa violentamente.

—¿Cuánto contribuye la producción cultural al PBI en Uruguay?

—Si atendemos al valor bruto del mercado, o sea cuanto se compra y se vende, la cultura movía unos U$S 840 millones anuales en Uruguay hasta el año 2001. Subrayo esta fecha porque a partir de 2002 se observa una tendencia descendente en cualquier actividad económica que podamos evaluar. Cuando se mide el valor agregado de los bienes y servicios culturales, que muchas veces está vinculado directa o indirectamente con la producción de otros sectores económicos, se obtiene una cifra más afinada que es del orden de los U$S 555 millones anuales, lo cual representa casi el 3% del PBI de Uruguay.

—¿Es esa tasa similar a la que registran los países centrales?

—La producción cultural, tanto en los países desarrollados como en los del Mercosur, oscila entre 2.5% y 5% del PBI. Por lo tanto, el movimiento económico generado por la cultura en Uruguay, en términos relativos, está en la misma franja que las grandes economías mundiales.

Productores culturales

—¿Quiénes generan esa producción cultural?

—Podemos identificar tres grandes grupos: las industrias culturales, que hacen la reproducción masiva de una obra, como es el caso de los libros, discos, cine y videos, etc.; los medios de comunicación (prensa, radio, TV, Internet); y las artes que no generan una reproducción masiva, aunque pueden hacerse copias, como es el caso de la pintura, las artes escénicas, la artesanía, etc.

—¿Cómo se distribuye la producción entre los diferentes grupos que generan cultura?

—El valor agregado de la producción cultural se expandió significativamente en la década de los noventa, creciendo más que la economía nacional en su conjunto, aunque fue dispar la evolución de los distintos sectores culturales. En ese período, los segmentos más dinámicos fueron la TV —la TV abierta hasta 1998 y la TV para abonados hasta 2002—, revistas extranjeras, fonogramas, recitales, exhibiciones cinematográficas, audiovisual publicitario y presupuesto de cultura de la IMM. Este proceso se detiene en todos los casos a partir de la recesión económica que se inició en 1999. Entre los sectores que experimentaron retrocesos y que aún no se han recuperado están los diarios y las publicaciones periódicas nacionales, debido a la pérdida de venta de ejemplares y, sobre todo, a la fuerte reducción de la publicidad del Estado, y los clubes de video por un cambio en el comportamiento del público que se ha pasado a la TV cable.

Fuentes de ingreso

—¿Cómo se financia la industria cultural?

—Los componentes del financiamiento de la actividad cultural son el público consumidor, la publicidad y el Estado. En Uruguay, el consumo del público es la parte más importante ya que financia casi dos tercios de dicha actividad. Por la suma de la compra de bienes culturales, las familias uruguayas gastan anualmente U$S 650 millones, según los datos del año 2000. El gasto en publicidad en los medios de comunicación masiva —la TV abierta, la radio y, en menor proporción, la prensa— viene declinando aceleradamente en los últimos cinco años. Mientras que este sector financiaba el 33% de la actividad cultural hace cinco años, hoy apenas participa con un 23% como consecuencia de la crisis. En tercer lugar, se ubica el Estado que contribuye con un 8% del total de financiamiento. Un resto muy pequeño proviene de ventas al exterior.

—¿No tiene la actividad cultural otras fuentes de ingresos?

—Una parte del financiamiento de las actividades culturales que no aparece en las estadísticas consiste en aportes voluntarios, frecuentemente en trabajo voluntario, como ocurre con el carnaval, el teatro y algunas instituciones culturales. Sólo hay datos estadísticos que las familias uruguayas destinaban más de U$S 6 millones en aportes a las instituciones culturales hasta el comienzo de la crisis.

Por otra parte, el patrocinio o mecenazgo, como aportes empresariales al desarrollo cultural, están escasamente desarrollados en Uruguay. En general, salvo excepciones, no parece haber políticas empresariales, sostenidas en el tiempo, orientadas a apoyar la creación cultural.

Consumidores culturales

—¿Cuánto destinan las familias uruguayas al rubro entretenimiento?

—Se destina un 4.4% del ingreso familiar, en promedio, al consumo de bienes y servicios culturales, según datos recabados hasta el año 2001. De un gasto anual de U$S 655 millones en este consumo, las familias uruguayas gastan unos U$S 373 millones en bienes y servicios culturales propiamente dichos, alrededor de U$S 66 millones en rubros conexos al consumo cultural y otros U$S 216 millones en equipos para el consumo cultural.

—¿Quiénes son los consumidores de cultura en Uruguay?

—Toda la población es consumidora de cultura en distinta medida y con distinto tipo de inclinaciones. Por consiguiente, no existe un mercado cultural único. Si bien existe una gran dispersión en el consumo de productos culturales, se detecta una mayor inclinación por ciertas manifestaciones en determinados segmentos de la población. Mientras que se distingue un sector prácticamente elitista de aficionados a la ópera, que son muy pocos y provienen de los niveles de mayor poder adquisitivo, hay un consumo masivo de algunos tipos de música popular, que muchas veces conllevan otras manifestaciones artísticas, como es el caso del carnaval.

—¿Es muy diferenciado el consumo cultural según los distintos estratos de ingresos de la población?

—A medida que aumenta el nivel de ingresos de las familias, el gasto en consumos culturales se incrementa más que proporcionalmente. En base a la Encuesta de Consumos realizada por el INE (Instituto Nacional de Estadística) efectuada en 1994-95, hemos detectado que el decil más pobre de la población de Montevideo invierte en cultura el 1.6% de su gasto total, mientras que el decil más rico gasta un 4.4%. Sin embargo, son los deciles medios altos los que destinan la mayor proporción del gasto a la cultura. En resumen, el 30% más rico realiza el 53.6% del gasto en cultura. Eso no quita que haya un consumo importante, en términos relativos, en los estratos de la población con menores ingresos. Esto se manifiesta en un mayor consumo de programas de TV y radio que en la adquisición de productos en el mercado cultural.

—¿Es posible estimar cuánto se ha retraído el gasto en cultura de los uruguayos en los pasados cuatro años de recesión?

—Aunque no existen datos definitivos, evidentemente la retracción ha sido alta en cuanto a la concurrencia a cines, teatros, a la compra de discos, etc. No obstante ello, se ha dado un fenómeno particular en el último año pues hubo una movida cultural muy importante, donde se destaca la gratuidad o precios muy económicos de las entradas a muchos espectáculos, como fue el caso del festival de Jorge Drexler que tuvo una concurrencia de unos 10.000 espectadores. También, el número de lectores ha crecido pese a que se redujo la venta de libros. Indudablemente, en momentos críticos la cultura es un refugio para la gente porque le da los elementos espirituales para acentuar determinados valores y es, a la vez, una fuente de identidad de todo un país.

Vivir de la cultura

—¿Qué cantidad de empleos genera la actividad cultural?

—La cultura es una importante fuente de empleo para los creadores como para quienes se ocupan en actividades anexas vinculadas a la producción cultural. En nuestra investigación analizamos por distintas vías el nivel de empleo directo e indirecto que genera la producción cultural, resultando que entre 50.000 y 60.000 personas trabajan en este sector. Por cierto, no es una cifra menor para un país con una población económicamente activa de 1.2 millones de personas. Sin embargo, esto no significa que todos los empleados en actividades culturales puedan vivir exclusivamente de esa ocupación.

—¿Quiénes pueden vivir de la producción cultural en este país?

—El empleo cultural está conformado por diferentes categorías de puestos de trabajo, que a su vez implican distintas calificaciones laborales. Una primer categoría está integrada por creadores, artistas, intérpretes, dibujantes, etc. y constituye el núcleo clave de la producción cultural. El valor de la producción cultural está determinado en gran proporción por el trabajo de esta categoría, caracterizado por la creatividad y originalidad. Una segunda categoría, próxima a la anterior, la integran locutores, técnicos, etc., también con una elevada formación profesional. En su entorno, trabajan otras categorías laborales con menores requisitos de calificación: obreros, personal de servicio, administrativos, vendedores, etc., que constituyen la mayoría de los trabajadores del complejo cultural. En el núcleo clave está muy difundido el multiempleo, ya sea en el mismo tipo de actividad, ya sea en diferentes actividades culturales, ya sea combinando alguna actividad cultural con otra extra-cultural. Un gran número de trabajadores culturales —en especial artistas— se emplea en el complejo cultural sólo como actividad económicamente complementaria. Tienen su empleo principal en otras actividades (empleo público, profesionales, diversas actividades privadas), se dedican a la actividad artística por vocación y, también, para obtener un ingreso complementario. El empleo en algunas actividades —como el carnaval— es eminentemente zafral. En otras, como el audiovisual, abundan los free-lancers.

En el núcleo clave existe el star system. En la cúpula de la pirámide están los artistas y creadores más exitosos, que pueden llegar a alcanzar ingresos muy importantes, aunque quizás no tanto en Uruguay. En la base de la pirámide hay numerosas personas que no pueden vivir de la profesión artística. En un nivel intermedio hay profesionales con buenos ingresos pero no suficientes para cubrir el presupuesto familiar y generalmente complementan sus entradas desarrollando actividades docentes o conexas a su carrera artística.

—¿Son las bajas remuneraciones un rasgo común de todos los sectores de la producción cultural en Uruguay?

—Lo son para la base de la pirámide y eso ocurre en casi todos los sectores culturales. Sin embargo, dentro del área del audiovisual, el sector de la publicidad ha logrado su autosustento en una forma bastante clara e incluso un núcleo de creativos y técnicos percibe ingresos muy interesantes. Si bien este sector también ha sido golpeado por la crisis, es un hecho que la producción publicitaria uruguaya se ha vuelto competitiva internacionalmente, lo que permite que se exporte incluso a mercados de mayor poder adquisitivo que el nuestro.

Cuenta corriente

—¿Qué relación existe entre las exportaciones e importaciones de bienes y servicios vinculados con la industria cultural en Uruguay?

—Uruguay tiene un buen nivel de consumo de producción cultural equivalente al de los países desarrollados, pero el balance de cuenta corriente del sector cultural es fuertemente deficitario, siendo la relación importación-exportación de 10 a 1 a grosso modo. En 2001 Uruguay adquirió en el exterior bienes y servicios culturales por valor de U$S 210 millones, mientras que exportó menos de U$S 30 millones. Esta situación se agrava aún más cuando se agrega a las importaciones culturales el pago de derechos de propiedad intelectual relativos a las obras literarias, musicales, artísticas, etc., a las interpretaciones y ejecuciones de los artistas, a las reproducciones discográficas y a las emisiones de televisión. Esos pagos se sitúan en los U$S 40-50 millones anuales. Aproximadamente dos tercios de lo que se recauda anualmente por derechos de autor en Uruguay se remite al exterior. El comercio de derechos tiende a ser progresivamente la parte más importante de la producción cultural.

—¿Cuál es la salida económica más adecuada para la producción cultural uruguaya?

—Hay mucha creatividad cultural en nuestro país, pero no toda ella logra las condiciones necesarias para ser viable económicamente, debido sobre todo a las dimensiones del mercado interno. En algunas actividades culturales, las condiciones de sustentabilidad económica se logran por el aporte voluntario de muchos de sus protagonistas, como es el caso del teatro. Lo mismo ocurre con la incipiente industria del cine uruguayo. Ante la limitación de la escala, el desarrollo del producto cultural exige cada vez más formas de cooperación y asociación internacional que permitan proyectarse al exterior. En el cine, eso ya se está dando de hecho a través de coproducciones que abren otros mercados y habilitan el acceso al financiamiento. De lo contrario, en el caso de una película de ficción, que supone una inversión considerable, se necesitaría vender medio millón de entradas sólo para amortizar los gastos de producción, lo cual parece inalcanzable en un mercado de las dimensiones del uruguayo.

El Estado tiene que ser un "facilitador" que estimule la actividad cultural

—¿Es el apoyo estatal a la producción cultural en Uruguay similar al que se practica en otros países?

—En el mundo, es muy alta la participación directa o indirecta del Estado. Este tiene un peso altísimo en el modelo francés, que participa en la financiación de la mayor parte de las expresiones artísticas. En contrapartida tenemos el caso de Estados Unidos, donde el Estado financia indirectamente diversas actividades culturales a través de exoneraciones fiscales que otorga a las empresas privadas. Por ejemplo, si una empresa o un particular contribuye con aportes monetarios para financiar la cultura, recibe bonificaciones en el área fiscal.

En Uruguay no existe un modelo definido. Por un lado, el Estado uruguayo financia la producción cultural propia en canales de TV, emisoras de radio, elencos artísticos, salas teatrales, etc. así como la formación profesional en algunas áreas de la cultura. Además, subsidia a algunas actividades culturales privadas, como la prensa del Interior y los teatros del Interior, e interviene como consumidor de libros y otros bienes culturales. Asimismo, una de las leyes presupuestales de la última década, siguiendo el ejemplo norteamericano, exoneró a las empresas contribuyentes que hagan aportes monetarios a la producción cultural. Pese a los esfuerzos de varios agentes culturales, esta disposición no se ha podido aplicar por no haberse reglamentado debido al temor a la evasión fiscal.

—¿Cuál debe ser el rol del Estado en el desarrollo de la producción cultural?

—El Estado tiene que ser principalmente un promotor —un "facilitador"— que cree las condiciones y los estímulos para que la actividad cultural se desarrolle. Hay que tener en cuenta que la economía de la cultura tiene especificidades. El producto cultural es básicamente una apuesta porque el riesgo es siempre muy grande. Nadie sabe a priori cómo puede funcionar en el mercado porque no constituye una necesidad básica de consumo, sino que depende exclusivamente de los gustos del público, que son muy volátiles. Por lo tanto, hay un fuerte componente de incertidumbre en el lanzamiento de cualquier producto cultural.

—¿Cómo puede el Estado brindar apoyo financiero a la producción cultural?

—El riesgo que implica el negocio cultural exige determinadas formas de financiamiento y de participación en la producción cultural. A modo de ejemplo, el cine en Brasil tiene una ley que permite la participación de inversores privados. Quienes contribuyen a financiar una producción cinematográfica, que funciona como una sociedad comercial y que cuenta con capital accionario, obtienen una postergación en el pago del impuesto a la renta correspondiente a los aportes que hicieron a ese proyecto. Si el filme resulta exitoso y la sociedad productora obtiene un beneficio pecuniario, el inversor que contribuyó a financiarlo tiene que pagar el impuesto a la renta. En caso de que la película arroje pérdidas financieras, la empresa está autorizada a postergar el pago del impuesto hasta que un proyecto posterior resulte superavitario.

—¿Qué políticas de apoyo a la producción cultural que no impliquen grandes erogaciones podría aplicar el Estado uruguayo?

—Lo importante es cómo el Estado puede apoyar a la producción cultural y cómo puede contribuir a coordinar esfuerzos dado que en Uruguay existe una gran dispersión de esfuerzos en esta área. El Estado puede ser un acicate, un elemento promotor de ayuda para crear mejores condiciones a quienes transiten el camino de la producción cultural. Hay acciones que el Estado ya está llevando a cabo como es el caso de la industria del audiovisual, en donde se compromete al sector privado a participar. Por ejemplo, el canon fijado a los canales de cable se canjea por un aporte al Fondo Nacional del Audiovisual (Fona) para premiar a la producción nacional, más allá de que las empresas de TV se hayan atrasado notoriamente en sus pagos durante los dos últimos años. Pero lo importante de todo esto es que el Estado tenga una visión estratégica de la producción cultural y que ayude a que los agentes culturales se desarrollen por sí mismos.

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