Pablo da Silveira
HAY MUCHAS MANERAS en las que un libro puede intrigar al lector. Puede hacerlo, desde luego, por su propio contenido (una buena novela policial es intrigante en este sentido). También puede hacerlo respecto de las condiciones en las que ha sido escrito (la Ilíada y la Odisea son intrigantes desde esta perspectiva). O, todavía, lo que nos puede intrigar es el modo en que la obra es recibida por el público (es intrigante, por ejemplo, que los libros de Jacques Derrida tengan tantos lectores y sean considerados profundos).
El Doctor Figari es un libro que causa intriga, pero en un sentido diferente. Lo que genera curiosidad en este caso es la relación entre la obra y su autor. El Doctor Figari podría ser simplemente un libro bueno, regular o malo (de hecho, es bueno) si hubiera sido escrito por otra persona. Pero al haber sido escrito por Julio María Sanguinetti, se convierte en una obra que dispara una larga serie de preguntas.
Lo llamativo no es que Julio María Sanguinetti se haya interesado en la figura de Pedro Figari, un hombre con el que comparte afinidades, intereses y filiaciones. Lo llamativo es que se haya concentrado en un aspecto específico de su pensamiento y de su acción, en el que se hacen muy patentes sus divergencias con la mentalidad y el proyecto de país encarnados en José Batlle y Ordóñez. El Sanguinetti-historiador (un historiador competente, que cumple escrupulosamente con las reglas del oficio) rescata y comenta admirativamente las ideas de un hombre enfrentado al principal referente histórico del Sanguinetti-político.
PROLETARIADO INTELECTUAL. Evoquemos por un momento el Uruguay de las primeras décadas del siglo XX. Una fuerte corriente migratoria llega al país. Se trata, casi sin excepción, de gente de trabajo, en muchos casos portadora de habilidades y conocimientos que se han transmitido por generaciones. Llegan hijos, nietos, y bisnietos de carpinteros, herreros, constructores, estucadores, talladores de piedra, ebanistas, agricultores. Todos ellos hacen aportes decisivos al esfuerzo de construcción nacional. Pero también ocurre que, para muchos de ellos, la llegada al país implica la interrupción de ese largo proceso de transmisión de saberes y destrezas: los hijos de los carpinteros y de los herreros se convierten en bachilleres y procuradores.
Para José Batlle y Ordóñez (y en general para quienes pensaban como él) este quiebre no sólo era un progreso, sino un progreso a ser alentado. La integración social y la mejora de los niveles de vida eran vistas como indisociables de la incorporación al Uruguay ilustrado y enciclopedista. Para Figari, en cambio, esta interrupción era una tragedia: el proceso de transmisión de los saberes concretos (los únicos capaces de transformar la realidad y de asegurarle una base productiva al país) estaba siendo sustituido por la difusión de una cultura libresca, superficial y mal digerida. El resultado inevitable sería la creación de un "proletariado intelectual" que no tendría otra opción que golpear las puertas del Estado para poder subsistir. Una ciudadanía sometida a esta condición, decía Figari, terminará por olvidar "la necesidad primordial de producir riqueza" y se limitará a exigir "formas superiores de convivencia y la incorporación de refinamientos, sin aportar nada más que su aspiración" (p. 137). Se tratará de "una clase proletaria infeliz, y estéril a pesar de su brillo" (p. 145).
Por más impresionante que resulte hoy este pronóstico, la verdad histórica es que el conflicto terminó con la derrota abrumadora de quien lo formulara. Batlle y Ordóñez siguió adelante con su estrategia educativa, consistente en apropiarse de (y en buena medida reorientar) la reforma vareliana (a pesar del desprecio personal que sentía por Varela), al tiempo que la profundizaba mediante la creación sistemática de liceos en el interior del país. Figari, mientras tanto, se convertía en una voz minoritaria, dedicada a anunciar que "los liceos de campaña" sólo tendrían el efecto de "aumentar las llamadas profesiones liberales —que tan poco liberan a menudo— en vez de encaminar a la acción productora, tan fecunda" (p.146). En sus momentos más amargos dirá que los nuevos liceos sólo son "adecuados a la formación de electores y elementos de club" (p. 127).
Figari tendrá una única oportunidad de aplicar sus ideas cuando, durante el gobierno de Feliciano Viera, se le ofrece la dirección de la Escuela de Artes y Oficios (luego Escuela Industrial y más tarde UTU). Pero no llegará a permanecer dos años en el cargo. En ese breve período (julio de 1915 a abril de 1917) realizará una gestión innovadora y cargada de resultados alentadores, pero será vencido por la sorda oposición de quienes rechazaban sus orientaciones. Cuando su renuncia se hizo pública al cabo de una larga cadena de conflictos, el diario El Día se limitó a comentar: "Ignoramos las causas" (p. 146).
Figari fue derrotado en su intento de modificar las políticas educativas vigentes en su época. Y tal como Sanguinetti sugiere, es probable que esta derrota se haya debido en parte a que su intento de lograr la integración entre las artes y la producción industrial era difícilmente generalizable. Pero lo interesante es que su prédica se constituyó en una de las más fuertes interpelaciones al proyecto batllista que habrían de surgir dentro del Partido Colorado. Durante años Figari insistió en que la producción de riqueza es condición indispensable para el desarrollo social, que una sociedad no conseguirá fortalecerse si no logra "despertar y desarrollar el espíritu de iniciativa, de organización y de empresa" (p. 119), y que sólo podrá haber una auténtica cultura nacional si la difusión del conocimiento va unida a un desarrollo productivo asentado en tradiciones vivas. Durante años también denunció la esterilidad de un cosmopolitismo puramente abstracto, el peligro de aplastar la capacidad de iniciativa de los ciudadanos, o los riesgos de consolidar una cultura pública que desdeñe el trabajo.
EL DOCTOR SANGUINETTI. El libro da buena cuenta de estos debates, por la vía de aportar abundante material documental y contextualizarlo. Los sucesivos capítulos permiten seguir las etapas de una peripecia vital en la que nunca faltaron la originalidad ni el coraje. Poco a poco, la imagen simplificada de "Figari el pintor" va dando lugar al retrato de un hombre más hondo y más amplio, lo que no hace más que aumentar la admiración que genera su faceta más conocida.
Todo esto hace de El Doctor Figari un libro bien hecho y con personalidad propia. Si se lo leyera sin conocer al autor, sería fácil imaginar detrás de estas páginas a un historiador profesional fuertemente crítico de algunas de las líneas maestras del modelo batllista, igualmente crítico de las políticas educativas inspiradas en esas ideas, preocupado por preservar las condiciones que hacen posible una vida social autónoma y, en consecuencia, poco favorable a toda forma de Estado-dependencia.
Pero lo llamativo es que el autor no sea una persona con esas características sino Julio María Sanguinetti, el político del Uruguay contemporáneo que más claramente ha asumido la herencia de José Battle y Ordóñez, y cuya segunda presidencia tuvo como buque insignia a una reforma educativa que se pareció mucho a las políticas de Don Pepe y poco a las ideas de Figari. Al recorrer las páginas del libro, es inevitable recordar que la reforma de la educación técnica fue el rubro más deficitario (en todos los sentidos del término) de la llamada "reforma Rama". También es inevitable pensar en la Torre de ANTEL cuando uno se encuentra con el siguiente párrafo, escrito por Figari en 1917: "Se diría que vivimos en pleno derroche, en derroche multimillonario cual es el que presupone el abandono de tanta riqueza natural como es la que se abandona, por incuria o impericia, naturalmente, y esto sin contar lo que se emplea en obras de simple comodidad urbana, cuando no de puro boato..." (p. 145).
¿Cómo entender que el Sanguinetti-historiador haya escrito un libro que en muchas de sus páginas parece dirigido a criticar la tradición política que él mismo encarna como hombre político, y que en algunos pasajes parece cuestionar algunas de sus propias decisiones de gobierno? La pregunta no es fácil de contestar, pero hay al menos una respuesta que debe ser descartada: sería un insulto a la inteligencia del Sanguinetti-historiador y del Sanguinetti-político suponer que no se dio cuenta. Todo análisis plausible debe partir del supuesto de que la tensión es percibida por el autor, pero que eso no le impide publicar la obra.
Una vez descartada esta posibilidad, la pregunta sigue siendo todavía altamente especulativa. No obstante, es posible formular dos hipótesis sin caer en psicologismos fáciles. La primera es que la publicación de El Doctor Figari pone de manifiesto una tensión que está presente en su propio autor. Esta es una interpretación que puede encontrar apoyo en algunos pasajes del texto. Por ejemplo, en la página 128 Sanguinetti analiza la actitud de Figari en términos muy similares a los que tradicionalmente usó el batllismo: "Figari no asumía que su idea estaba muy impregnada de técnica y que esto, desgraciadamente, hasta hoy, es subvaluado por el propio pueblo, hijo de los prejuicios de la ’limpieza de oficios’ que viene desde la Europa profunda para dividir las tareas nobles de los menesteres viles (...)". Cuando mira las cosas de este modo, Sanguinetti parece pensar que la prédica de Figari no implicaba finalmente una interpelación demasiado seria al proyecto batllista, al tiempo que parece evitar algunas preguntas incómodas (¿por qué los Estados Unidos siguieron un camino tan diferente al nuestro, pese a que también recibieron un inmenso caudal de inmigración europea, incluyendo una gran cantidad de italianos y de irlandeses seguramente identificables con la "Europa profunda?).
En otros pasajes, sin embargo, nos encontramos con un Sanguinetti más receptivo a una crítica figariana que, "contrastada (con) nuestra realidad contemporánea, rioplatense y latinoamericana (...) no deja de sobrecoger. ¿Hemos instalado la productividad como idea esencial de nuestra labor? ¿Hemos generado una educación para ese fin? (...) ¿No sufrimos el drama del proletariado intelectual, frustrado y desengañado, sin horizontes, drama paralelo al de un empresario débil, carente de prestigio ante la sociedad?" (págs. 152-53). En párrafos como este, Sanguinetti parece aceptar que la crítica de Figari tocaba aspectos sustanciales del proyecto batllista, y parece reconocer que esa crítica estaba esencialmente bien orientada.
Una segunda interpretación posible es que el Sanguinetti-político, seguro de su liderazgo interno y con una imponente carrera a sus espaldas, haya buscado una alianza con el Sanguinetti-historiador para iniciar un proceso de revisión de su propia tradición política que la ponga en mejores condiciones para enfrentar los desafíos del siglo XXI. Si ese fuera el caso, el Sanguinetti-político estaría extendiendo su liderazgo más allá de los límites convencionales y, por esa vía, se estaría poniendo en condiciones de brindarle un gran servicio a su partido y al propio país.
¿DEMASIADO COLORADO? Si una crítica de enfoque puede hacerse a El Doctor Figari, es que buena parte de sus análisis lucen demasiado colorados. En algunos casos, esto plantea dificultades para entender la evidencia histórica. Por ejemplo, las sucesivas sublevaciones blancas aparecen como un molesto telón de fondo para el que no parece haber justificación racional. Por momentos todo parece reducirse a una cuestión de "rebeldía" (p. 123). En la única oportunidad en la que se intenta identificar una causa (p. 89), se presenta como "corazón" del conflicto lo que en realidad era el detonante (la disputa por las jefaturas políticas). En ningún momento se alude al problema de las garantías electorales, lo que no sólo es esencial para entender las sublevaciones sino también para entender el conflicto entre Batlle y ese otro colorado importante que fue José Enrique Rodó.
Pero este sesgo tiene una consecuencia más seria, que es la de presentar a Figari como una figura más solitaria de lo que realmente era. No hay duda de que Figari quedó aislado dentro del Partido Colorado. Pero también es verdad que muchas de sus ideas (la prioridad de la producción, la apuesta a la capacidad de iniciativa de la sociedad, el respeto y la valoración de los saberes tradicionales) eran temas centrales de una tradición de pensamiento nacionalista que se remonta como mínimo a Bernardo Prudencio Berro. Mucho de lo que Figari decía tenía puntos de contacto con esa tradición. Un buen ejemplo era su preocupación por el desarrollo de una cultura auténticamente nacional, que queda reflejada en el siguiente párrafo: "En vez de pretender incorporar a estos países los usos y las cosas europeos por transplantación, sin contralor, doblemente impuesto por el hecho de saber que allá mismo se lamentan mil errores, debemos preparar la mentalidad nacional sobre estos asuntos, formando una conciencia productora regional" (p. 146). Compárense estas afirmaciones con las siguientes líneas, escritas por Berro durante su polémica con Manuel Herrera y Obes en tiempos de la Guerra Grande: "Enhorabuena que la América tome de Europa, o de cualquier otra parte del mundo, lo que pueda adaptar provechosamente a su modo de ser especial; (...) pero si quiere realmente adelantar, si quiere consolidar su existencia y dar un impulso vigoroso a su progreso, a su ventura, a su engrandecimiento, ha de buscar dentro de sí misma y con sus propios elementos todo lo que necesita para su conveniente desarrollo en ese sentido".
No sólo las palabras que Figari escribió o dijo expresan esta sensibilidad compartida con Berro, sino también (como el propio Sanguinetti resalta en los capítulos finales) sus obras como pintor: su voluntad de retomar contacto con nuestro pasado (especialmente con el pasado gaucho y negro) es entre otras cosas una manera de oponerse al desprecio hacia lo bárbaro y tradicional, típico de la mentalidad modernizadora de la época. Frente a la inclinación cosmopolita del batllismo, Figari afirmaba que, mientras no seamos capaces de apropiarnos creativamente de la materialidad de nuestro propio pasado, "no podemos ni debemos jactarnos de nuestra cultura, porque, por de pronto, no es nuestra".
Esta insistencia en lo tradicional e identitario hace de Figari un firme aspirante al título de "el más blanco de los colorados". Pero además nos recuerda que, si bien sus ideas no encontraron mayor eco dentro de su propio partido, no eran desconocidas ni carecían de defensores en el país. Este dato desaparece en una reconstrucción histórica en la que, por momentos, los actores no colorados quedan reducidos a meros testimonios de resistencia al cambio.
UN APORTE VALIOSO. El valor de un libro basado en investigación histórica debe evaluarse en función de lo que agrega al estado del arte. Visto desde esta perspectiva, debemos felicitarnos ante la publicación de El Doctor Figari. La obra recupera información relevante, profundiza nuestro conocimiento de un personaje que corre el riesgo de quedar reducido a un lugar común, y aporta elementos de análisis que enriquecen la tarea de interpretación histórica. Todas estas son razones para felicitarnos. Y tal vez también debamos felicitarnos ante la sabiduría del ordenamiento democrático, que, al obligar a los gobernantes a alternarse en el ejercicio del poder, crea las condiciones para una investigación y una reflexión decantadas que difícilmente podrían darse en otras condiciones.
EL DOCTOR FIGARI de Julio María Sanguinetti. Montevideo, Aguilar/ Fundación BankBoston, 2002. Distribuye Santillana, 350 págs.
"Uruguayan Master"
"PEDRO FIGARI, bien conocido en las capitales del Plata y en los círculos de arte europeo, pero casi desconocido en Norteamérica, no tuvo formación académica. Nacido en Uruguay en 1861 de padres italianos, estudió leyes, viajó a Europa, y se desempeñó en el Parlamento de Montevideo.
Bien entrados sus cincuenta años quedó conmovido por un juicio en el cual defendió en forma exitosa a un joven acusado de asesinato, en un caso basado en evidencias circunstanciales. Luego del caso Figari abandonó las leyes, y dedicó el resto de sus días a la pintura. En 1912, a la edad de 51 años, publicó su libro Arte, Estética e Ideal.
En 1921 tuvo su primera exposición en Buenos Aires. Durante los nueve años siguientes montó 19 exposiciones en Sudamérica, París, Bruselas y Londres. Actualmente sus obras están colgadas en Luxemburgo. Escribió el crítico francés Georges Pillement: ‘El encanto de Figari es extraordinario. Sin duda permanecerá como uno de los más maravillosos coloristas que jamás hayan existido’.
Si bien Figari se instaló en París entre 1925 y 1933, siguió pintando a Uruguay. Cuando el maestro de 77 años murió en Uruguay en 1938, dejó cerca de 4.000 pinturas, excluyendo cientos que están en colecciones argentinas. Esas obras, pertenecientes al acervo familiar, aún están guardadas en la tierra natal del pintor".
(Esta es parte de una reseña publicada en la revista Time del 19 de abril de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, con motivo de la adquisición por parte del Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York de un lote de 224 pinturas de artistas latinoamericanos. Titulada ‘Uruguayan Master’ y firmada por Lincoln Kirstein, consultor del MOMA en Arte Latinoamericano, la reseña está dedicada casi por entero a Figari, mencionando al pasar a otros artistas del lote como Diego Rivera y José Clemente Orozco. Dicha selección de obras había sido realizada por el legendario creador del MOMA, su director Alfred H. Barr Jr.
En la traducción de László Erdélyi se respetó el texto original).