R. ROSSELLO | E. GONZALEZ
Finalmente fue atrapado. La contundencia de un estudio de ADN no dejó otra opción a A.N.M. (23) que aceptar la autoría del homicidio de Andrea Loreley De León (24), ocurrido el 26 de enero pasado cerca del Parque Santa Teresa, en Rocha. El joven era, para los investigadores de la División Homicidios de Montevideo que participaron en las actuaciones junto a sus colegas rochenses, el principal sospechoso. Pero no podían confirmar lo que para ellos era una certeza hasta contar con pruebas firmes y estas llegaron ayer desde los laboratorios de Policía Técnica.
El joven A.N.M., quien al igual que la víctima es también hijo de un coronel del Ejército, intentó negar en principio el ataque sexual. No obstante, las evidencias de la agresión son también firmes. De todas formas, a los efectos de la investigación, está clara su responsabilidad en el crimen que amenazó por momentos en convertirse en un enigma indescifrable.
Fueron las sospechas de sus propios compañeros de campamento las primeras en encender la alarma. Estas sospechas fueron comunicadas a los investigadores que, en el transcurso de las averiguaciones en torno a decenas de personas que habían pasado por la zona de camping de Santa Teresa, los entrevistaron hace poco más de un mes y medio.
Un dato más. El rostro de A.N.M. guarda un gran parecido con el del primer identi kit confeccionado por los policías a cargo de la investigación. Las características personales del joven tienen, asimismo, fuerte correspondencia con el perfil psicológico trazado por el equipo de expertos policiales que también trabajó en el caso.
ACLARADO. El joven A.N.M. partió con un primo y un amigo, en plan de mochileros. Llegaron a Santa Teresa el viernes 24 a la 1.30 de la madrugada. El domingo 26, recordarían luego sus compañeros, se ausentó por más de tres horas. Aquél sería el último día de vacaciones y los integrantes del grupo se disponían a regresar al caer la tarde. Cuando A.N.M. volvió al campamento se mostró esquivo, permaneció callado y alejado del grupo mientras todos se afanaban en los preparativos de la partida. Su actitud no pasó inadvertida.
Cuando los investigadores comenzaron a interrogar a A.N.M. como a otros tantos jóvenes de sus mismas características que habían estado en la zona de recreo comenzaron a sospechar. El 7 de febrero A.N.M. se presentó voluntariamente a declarar en el Juzgado de Chuy. Dijo que, efectivamente había estado en Santa Teresa el día del crimen. Pero su coartada fue que esa mañana había tomado el test de Cooper con el propósito de saber si estaba en condiciones de ingresar a la Escuela Militar y lo había perdido. El resultado lo había dejado muy deprimido y físicamente agotado. Sin dar muestras del menor nerviosismo se retiró de la sede judicial y posteriormente aceptó, al igual que otros de los indagados, dar una muestra de sangre para posteriores estudios.
Ayer, cuando los oficiales de Homicidios fueron en su busca con las pruebas en la mano, A.N.M. todavía luchaba por no perder la compostura. Su primera declaración no satisfizo a los investigadores. Negó conocer a la víctima y también negó haber abusado sexualmente de ella. Pero no pudo negar su responsabilidad en la muerte de la joven universitaria, ya que la prueba era contundente.
LA PRUEBA. Durante estos dos meses las autoridades guardaron celosamente la carta de triunfo. Un minúsculo fragmento de piel extraído de las uñas de la víctima permitió aislar la cadena completa de ADN del asesino, su huella genética. Los intentos por extraer un fragmento similar del líquido espermático hallado en los genitales de la joven fueron vanos, la materia se encontraba altamente contaminada por la avanzada descomposición que las altas temperaturas aceleraron.
Al llegar a una muestra confiable, de carácter indubitable para la Justicia, el juez de Chuy ordenó que se comenzaran a realizar cotejos con muestras solicitadas a personas indagadas. Según informaron las autoridades se realizaron casi diez estudios de este tipo, entre ellos estaba la muestra tomada a A.N.M.
Esta prueba resultó determinante para enfrentar nuevamente al sospechoso y proceder a su detención.
CONTRADICCIONES. Un dato esencial manejado por los investigadores, casi desde el principio del caso, fue el relativo al nivel de confianza que existió en la víctima respecto a su victimario. Este indicio orientó la investigación hacia una persona conocida por la joven Andrea Loreley.
Si bien A.N.M. negó tener conocimiento previo con la joven, diversos indicios reunidos durante las averiguaciones darían por tierra con sus afirmaciones. Testimonios de terceras personas permitieron establecer que habrían coincidido en varias fiestas y reuniones celebradas en el entorno castrense. Cuando A.N.M. se aproximó a Andrea Loreley la mañana de aquél domingo no era una cara extraña. Tal vez eso era lo que Andrea Loreley quiso comunicar con un gesto a las dos jóvenes con las que se cruzó en el camino.
Estos aspectos serán definitivamente dilucidados hoy, cuando la jueza Elena Salaverry proceda a una minuciosa reconstrucción de los hechos.