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17/03/03
Aeropuertos clandestinos para la droga

Alvaro J. Amoretti

El jefe de Policía de Lavalleja, José Posse Sanmartín, reveló que la ofensiva del gobierno contra el contrabando llevó a que muchas organizaciones que hasta hace algún tiempo se dedicaban al ingreso ilegal de mercaderías ahora trabajen para el narcotráfico, y denunció la existencia de más de una veintena de pistas de aterrizaje clandestinas ubicadas en establecimientos de campo de su departamento, donde avionetas procedentes de Paraguay bajan la droga y, previo pago de un "peaje" a los encargados o peones, los narcotraficantes esconden sus cargamentos hasta que sus camionetas radiocontroladas les revelan que la ruta hacia el sur del país se encuentra libre de controles policiales.

En una entrevista concedida a El País, Posse Sanmartín (47) admitió que para obtener información acerca de los cargamentos de contrabando y droga que pasan por su departamento paga de su bolsillo a informantes "infiltrados" en las propias organizaciones delictivas, y reconoció que contrabandistas y narcotraficantes intentaron comprarlo y, más tarde, comenzaron a amenazarle, pero aseguró que no tiene miedo.

"El que le va a hacer algo a uno no lo anda llamando para avisarle. Lo hace y listo", dijo Posse Sanmartín, quien comentó que a quienes le amenazan les dice que "saquen número".

Lo que sigue es una síntesis del diálogo que El País mantuvo con el jefe de Policía de Lavalleja.

—Hay quienes aseguran que incluso antes de que el gobierno del presidente Jorge Batlle lanzara su lucha contra el contrabando, la Jefatura de Policía de Lavalleja ya había iniciado su propia ofensiva en el departamento. ¿Es así?

—Sí. Nosotros empezamos los operativos anti contrabando en mayo de 2000. Y lo que vimos nos preocupó tanto que en setiembre de ese año le hicimos ver al presidente Batlle que había que actuar urgentemente o las consecuencias serían terribles.

—¿Qué vieron en esos primeros procedimientos?

—Y... por lo pronto vimos venir la aftosa.

—¿Por qué?

—Porque si en las rutas de Lavalleja parábamos vehículos que transportaban pollos y fiambres en mal estado, que alguien traía desde Brasil para después lavarlos con hipoclorito, ponerlos en el freezer y venderlos en Uruguay, eso nos revelaba que en la frontera no había control sanitario alguno de lo que entraba al país. Y si eso era así, que la aftosa entrara por algún punto de la frontera con Argentina o Brasil era cuestión de días.

—¿Y habló de ese tema con el presidente Batlle?

—Sí. Lo encontré en el velatorio de la esposa del hoy ministro (Alejandro) Atchugarry y le expliqué todo.

—¿Y qué le dijo el presidente?

—Que me entendía y que hablaría con el ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca para extremar las medidas sanitarias antes de que fuera tarde. Lamentablemente, la aftosa llegó antes que los controles. Y lo que queríamos evitar, ocurrió.

—¿Y qué representaba Lavalleja para los contrabandistas? ¿Una ruta de paso, camino al sur del país, o también un lugar en el que colocar sus mercaderías?

—En Lavalleja se vendía mucho contrabando, al punto que cuando empezamos a controlar la recaudación impositiva de los comercios establecidos que vendían ropa aumentó un 60%. Pero no nos engañemos. Lavalleja era y es básicamente una ruta de paso hacia el sur, fundamentalmente hacia Montevideo y Canelones, pero también hacia departamentos, como Tacuarembó.

—¿Una ruta de paso de qué tipo de mercadería?

—Pasaba de todo, pero fundamentalmente refrescos y cigarrillos provenientes de Brasil.

—¿Cómo entraba esa mercadería al país? ¿Por los puestos aduaneros, con complicidad de los funcionarios, o por rutas clandestinas?

—Y... yo tengo videos que demuestran que algunos camiones se cargaban a la vista de todos del otro lado de la frontera y pasaban por los puestos aduaneros como si tal cosa.

—¿Había complicidad de los aduaneros?

—Evidentemente que sí, porque no puedo pensar que cuando pasaban esos camiones todos los aduaneros iban al mismo tiempo al baño. Esas casualidades no existen. Pero hay que entender que en la frontera el contrabandista es un personaje aceptado socialmente. Uno va a un asado de amigos, y el violador no tiene lugar, pero "el bagayero" es un tipo que se está ganando la vida. Por eso uno también entiende al aduanero que mira para otro lado, aunque no apruebe lo que hace.

—Lo que en la frontera no se incautaba, entraba al país ilegalmente. ¿Cómo hacían ustedes para detectar esos cargamentos?

—Bueno... se hacían controles de rutina. Pero la verdad es que yo tenía, y sigo teniendo, mis informantes dentro de las organizaciones de contrabandistas.

—¿Qué clase de informantes?

—Informantes pagos que me pasan datos de que hoy va a entrar tal cosa y mañana tal otra y de tal o cual manera.

—¿Y quién les paga a esos informantes?

—Yo.

—¿Con qué dinero?

—Les pago de mi bolsillo.

—¿Por qué de su bolsillo?

—Porque el rubro de que disponemos los jefes de Policía como "gastos confidenciales" apenas es de 400 pesos por año, y no puedo tentar a nadie con un peso por día para que me cuente qué cargamento va a entrar y cómo, ¿no le parece?

—Esos informantes, ¿son delincuentes?

—Digamos que algunos son personas a las que primero encontramos vinculadas con un delito y que luego pasan a colaborar con nosotros. Y hay que entender que si uno quiere descubrir a los delincuentes tiene que obtener información de gente que piensa y actúa como ellos. ¿O no?

—¿Y cómo llegó a ellos?

—Eso forma parte del secreto profesional. Me lo guardo para mí (se ríe).

—El hecho de colaborar con ustedes, ¿oficia para esos delincuentes como una suerte de salvoconducto que les permite seguir operando ilegalmente?

—No, y ellos lo tienen claro. Al cooperar pueden aspirar a una pena menor, pero no a tener el campo libre.

—Esos datos le permitían y le permiten a usted y sus hombres interceptar los cargamentos. ¿Pero cómo se transporta el contrabando por las rutas? ¿En caravanas?

—Por lo general hay un vehículo que va delante, que está comunicado por radio o por celular con uno o más camiones que van algunos kilómetros más atrás. Si el camino está despejado, el puntero, como le llaman los contrabandistas, avisa a los camiones que pueden avanzar con confianza. Si detectan un control, avisan y los camiones con el contrabando se evaporan.

—¿Cómo?

—Es fácil. Se meten en establecimientos de campo, donde los peones y los encargados cobran un "peaje" por esconder la carga hasta que el control desaparezca.

—Existe la percepción de que el combate contra el contrabando, que fue muy fuerte tras la aparición del primer foco de aftosa en octubre de 2002, se mantuvo hasta abril o mayo de 2001, y comenzó luego a perder vigor. ¿Usted lo siente así?

—No. Yo siento que los que controlábamos, seguimos controlando igual. Lo que pasa es que hay mucha gente que vivía del contrabando y que, después de dos, cinco y diez golpes, de que se les incautara la mercadería y los vehículos, y que se les procesara a quienes trabajaban para ellos, han cambiado de rubro.

—¿Usted dice que los contrabandistas se han reconvertido?

—Sí, y es lógico, porque el contrabando ya entrañaba más riesgos y se había vuelto mucho menos rentable.

—¿Y a qué se está dedicando esa gente hoy?

—Muchos contrabandistas se pasaron al narcotráfico. Son los mismos que antes pasaban refrescos, cigarrillos o garrafas de supergás, pero ahora pasan droga y con un viajecito hacen mucho más dinero que con diez de los de antes. Un kilo de cocaína o de marihuana ocupa mucho menos espacio que una botella de refresco, y resulta mucho mejor negocio. Y ese kilo de marihuana, que en Pedro Juan Caballero lo compran a 10 dólares, en Uruguay lo venden a 1.000 dólares. ¿Se imagina la ganancia?

—¿Y están preparados ustedes para ese cambio de rubro?

—La nuestra fue la primera Jefatura del interior en crear su propia brigada de narcóticos. Nosotros enviamos a Montevideo a siete funcionarios que estuvieron tres meses en la capital capacitándose en estos temas, e incorporamos perros especialmente entrenados para detección de drogas. Y hacemos represión, pero también tratamos de educar. Estamos llevando pueblo por pueblo a un muchacho que fue adicto y salió de la droga, para que cuente su experiencia. Y al término de cada charla la gente puede informar, en forma totalmente anónima, si conoce a alguien en el pueblo que consume o vende droga. Y en comunidades pequeñas, como por ejemplo Mariscala, tenemos que nueve de cada diez personas saben de alguien que consume o trafica. Y en Solís nos dio más de siete de cada diez. Son cifras alarmantes, que revelan que lo que hemos hecho, siendo mucho, no alcanza.

—¿Qué falta?

—Por lo pronto combatir con los narcotraficantes en igualdad de condiciones. Ellos tienen avionetas que despegan desde Paraguay y tienen una autonomía de vuelo que les permite despegar de allá, sobrevolar nuestros campos, arrojar la droga, y volver a Paraguay. Otras avionetas llegan y aterrizan en la oscuridad, porque tienen equipos de última generación que le permiten saber exactamente donde deben bajar. Y nosotros no tenemos aviones, ni helicópteros, ni radares, ni nada. Estamos peleando a ciegas, contra gente que tiene todo.

—¿Le consta que hay avionetas que arrojan droga desde el aire en Lavalleja?

—Sí, todo el tiempo. Y me consta que en Lavalleja hay pistas de aterrizaje clandestinas, que permiten a las avionetas de los narcotraficantes llegar con su carga, bajarla y volver a Paraguay por más.

—¿Cuántas pistas clandestinas tiene detectadas?

—Encontramos veintidós, pero sabemos que hay muchas más.

—¿Y dónde se ubican esas pistas clandestinas?

—En establecimientos de campo. Por eso es tan difícil encontrarlas.

—¿Y de quiénes son esos campos?

—En algunos casos pertenecen a extranjeros. En otros, a gente que los tiene arrendados y que de repente ni sabe lo que el encargado o el peón están haciendo con su tierra.

—¿Hay encargados y peones involucrados en el narcotráfico?

—Así como se alquilaban campos y galpones a los contrabandistas, se alquilan ahora campos y galpones para los narcotraficantes. Pagan un "peaje" y listo. Después cargan en vehículos radiocontrolados y se hacen a la ruta con la misma estrategia que antes utilizaban para llevar contrabando. Uno adelante, que limpia el camino, y el resto atrás.

—¿Y dónde va la droga que pasa por Lavalleja?

—Principalmente a Montevideo y Canelones, que son el gran mercado, pero también al resto del país. En Minas hemos encontrado a chicos de catorce años vendiendo droga a otros de diez. Y hemos encontrado hasta a una maestra jardinera con droga. Y hemos visto que el corte de la droga lo hacen con vidrio molido, con veneno de ratas, con nafta, con pintura, y hasta con un broncodilatador para caballos de carrera. Por eso es que más tenemos que pelear.

—¿Ya habló con el presidente Batlle de este tema?

—Sí, y entiende la gravedad de este problema. Lo grave es que los que no entienden son los padres. Siempre creen que a los hijos de ellos no les va a pasar. Hasta que le golpeamos la puerta y le llevamos al nene. Y ahí ya es tarde.

"Les digo que saquen un número"

n —Su Jefatura, ¿tiene los medios para combatir a estas organizaciones?

—No.

—¿Qué les falta?

—Cosas elementales, como autos "camuflados" para hacer los procedimientos. Porque los autos que tenemos ya son conocidos por todos los delincuentes.

—¿Y cómo se las arregla?

—Con ingenio. Ponemos nuestros autos particulares, o el auto de una sobrina, o la camioneta de un amigo. Uno se las arregla con lo que tiene.

—¿Y personal?

—Policías no nos sobran, pero hemos salido adelante. De todos modos, trabajo con poca gente, de extrema confianza.

—¿Cuántos?

—(piensa algunos segundos) No más de diez personas.

—¿Por qué? ¿Por qué el contrabando ya había contaminado a la propia Policía?

—Porque algunos policías estaban tan acostumbrados a dejar pasar el contrabando que ya no los podíamos reconvertir. Y otros cobraban "coimas" y ya ni siquiera se tomaban el trabajo de controlar lo que dejaban pasar. Y no sabía si con esa "coima" estaban dejando pasar cien botellas de refresco, cien cajones de cigarrillos o la cocaína que mañana podían consumir sus hijos.

—Y a usted, ¿no lo intentaron comprar?

—Una vez mandaron a alguien, que había sido un gran amigo de mi finado padre, con una oferta. Lo que más me dolió fue que usaran a ese hombre, por quien yo sentía un gran respeto, para algo tan bajo.

—¿Y amenazarlo?

—Muchas veces me han llamado por teléfono y me han amenazado.

—¿No tiene miedo?

—No, porque el que le va a hacer algo a uno no lo anda llamando para avisarle. Lo hace y listo. Por eso cuando me llaman para decirme que me van a matar, les digo que no es el primero que lo anuncia y les aconsejo que saquen número. Así de simple.

Atendido por sus propios dueños

Al comienzo de la lucha contra el contrabando, la Jefatura de Policía de Lavalleja recibió información reservada sobre la presunta vinculación del propietario de un supermercado de Cerro Largo con una red vinculada al ingreso ilegal de mercaderías.

El procedimiento lo hicimos con la Policía de Cerro Largo. Y en el allanamiento al supermercado nos dimos cuenta que, salvo el dueño, la caja registradora y las góndolas metálicas, todo lo demás era de contrabando, dice Posse Sanmartín.

El jefe de Policía de Lavalleja recuerda que la investigación posterior permitió determinar que el propietario del supermercado tenía a más de un centenar de "motoqueros" trabajando para él. Cada moto hacía dos y hasta tres viajes por día, y transportaba unos cien kilos de contrabando en cada viaje.

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