El destacado dirigente político publicó una biografía de
Pedro Figari, en la que rescata otros aspectos poco
conocidos del pintor como la actividad desempeñada
como abogado, legislador, reformador educativo y
pensador
Gustavo Laborde
Julio María Sanguinetti acaba de publicar El doctor
Figari. Bajo este título acaso sorpresivo, el ex
presidente de la República emprende una exhaustiva
biografía del genial pintor uruguayo. A lo largo de su
crónica, Sanguinetti va descubriendo los diversos
itinerarios de esta figura polifacética que han quedado
sepultados por la enorme fama que cobró el último de
ellos, el del pintor de negros y candombes.
Mucho antes de convertirse en un artista de vanguardia
Figari transitó por diversas actividades. Fue abogado,
defensor de oficio, legislador, figura clave en el
gobierno batllista, reformador educativo, filósofo,
escritor y, al final de su vida, pintor. A cada una de
estas actividades Figari se consagró con fuerza y vigor,
hasta obtener una especialización formidable en cada
una de esas áreas.
Puesto bajo la luz de su minuciosa investigación,
Sanguinetti hace brillar todas y cada una las facetas de
esta gema de la cultura uruguaya, que no por capricho
ha sido considerado un Da Vinci criollo. La historia que
se cuenta en El doctor Figari está preñada de otras
historias y no sólo revela la apasionada vida de un
creador singular: también recrea una época fermental
del Uruguay, cuya influencia aún modela el presente.
Sobre este personaje que se apasionó por la política,
el arte, la educación y el pensamiento, habló
Sanguinetti. En definitiva, uno y otro tienen demasiados
temas en común.
—¿Cómo se gestó la idea de escribir esta biografía de
Figari?
—La idea nace hace muchísimos años. Estábamos en
plena dictadura, cuando el Estado compra el archivo
de Figari a su hijo Pedrito. Juan Pivel Devoto, que aún
estaba de director del Museo Histórico, me dijo: "usted
tiene que meterse en este tema, porque es hecho a su
medida. Es un tema histórico, pero requiere de alguien
que entienda de leyes, que le guste el arte y que tenga
cierta formación en los temas de educación. Y los que
saben de leyes no les gusta el arte o a la inversa, así
que lo tiene que hacer usted". Bueno, fue ahí que me
metí, y me pasé unos cuantos meses tomando
apuntes y acumulando libretas de notas. Pero eso
quedó allí, porque luego fui tomando otros
compromisos. El proyecto no se reanudó hasta ahora,
cuando Gerardo Caetano me vuelve a impulsar a
tomar el tema. Pero ya desde otra óptica, porque en el
interín habían salido trabajos importantes como los de
Anastasía y Pereda. Yo lo enfoqué muy especialmente
en el tema biográfico, en el tránsito histórico de la
personalidad de Figari y en la historia de ese tiempo
en el Río de la Plata a través del personaje. Por eso,
intencionadamente le llamé El doctor Figari.
—El título sorprende, porque enfatiza una faceta poco
conocida del pintor.
—Es que el doctor Figari le pesó mucho al pintor. El
abogado del Banco República, el gran penalista que
había hecho la campaña de la abolición de la pena de
muerte, el diputado en varios períodos, el presidente
de la Comisión de Auxilio que maneja las relaciones
del gobierno con los revolucionarios de 1904 y el
presidente del Ateneo aparece, casi a los 60 años,
pintando esos ranchitos y negritos borroneados. Y la
gente no lo entiende. El doctor hacía pensar que la
edad lo estaba llevando a hacer una pintura extraña y
poco digna de su condición de personaje. A la inversa,
la celebridad posterior del pintor, le hizo un gran daño
al doctor. Entonces, nadie o pocos se acuerdan de
esos aspectos fundamentales. La vida de Figari es
arquetípica de fin de siglo, del positivismo, del mundo
de la ciencia, del optimismo industrial, del cambio. El
libró batallas en cada una de esas áreas: en el terreno
jurídico, en el de la legislación, en la educación. Esto
quiere decir que hay en Figari una historia que tiene
hoy un enorme interés y sabor. Pero además hay
cosas que todavía nos desafían, en especial, el
planteo educativo de Figari sigue siendo aún una
fenomenal interrogante, porque Figari tenía una
concepción muy distinta a la que ha predominado en
estos países y que en cambio ha ido imponiéndose
cada vez más tanto en Europa como en Estados
Unidos. En Francia el politécnico es el 60% frente al
40% del liceo, y en Estados Unidos aún más. Esto
quiere decir que el rumbo de Figari era vanguardista.
—El tema educativo fue cuestión central en el
distanciamiento de Figari y Batlle y Ordóñez. ¿De qué
lado se situaría usted?
—De los dos, como debe ser la labor de quien intenta
historiar. El historiador siempre está con la amenaza
constante de la patología del anacronismo, de juzgar
los hechos del pasado desde la óptica de hoy. El tema
es que ambos se aproximaron al fenómeno educativo
desde ángulos diversos. Don Pepe se acerca desde el
ideal democrático y, consciente de que la Universidad
era para un pequeño grupo elitista al cual sólo accedía
la gente de la clase económica alta, quiere diseminar
liceos por el país para que también de las familias
modestas pudiera ir gente hacia la Universidad. Pepe
lo mira desde el ángulo democrático, y tiene razón. A la
inversa, don Pedro lo mira desde el ángulo del
desarrollo económico. Sostenía que una enseñanza
pensada únicamente como vestíbulo para la
Universidad, presuntamente humanística, pero que no
formaba en nada, iba a generar, como lo dice con
palabras muy chocantes, un proletariado intelectual de
frustrados que no van a tener otro destino que un
empleo público. Eso es muy duro, pero eso golpea hoy
sobre nuestra realidad social. Ahí sigue habiendo un
tema para pensar más allá de hábitos conformistas.
—Impresiona la vigencia de un debate que data de
hace un siglo.
—Sobre todo el léxico. Si bien hay palabras que han
cambiado —Figari hablaba de progreso, hoy
hablaríamos de desarrollo— en definitiva estaríamos
hablando de lo mismo. Pero hay otras palabras que
usa y que insiste con ellas que son fundamentales.
Seguro, Figari da una batalla en dos frentes. Por un
lado en lo que sería una corriente teórica. En un
sentido práctico y realista quería el desarrollo de una
conciencia productora, que él llamaba industrial en un
sentido amplio o artística en uno aún más amplio.
Entonces él pelea con los teóricos y les dice que no
están formando a nadie para nada. Por otro lado tiene
una batalla con los industriales, que querían que la
enseñanza técnica fuera simplemente una preparación
de obreros para las fábricas. A ellos también les dice
que no, que el país no puede permitir formar,
simplemente, obreros rutinarios. Su tesis la resume
en una fórmula magnífica que es que hay que formar
individuos que trabajen pensando y piensen
trabajando. Y el producto no tiene porque ser
necesariamente un bien industrial: él está pensando
en la industrialización de las materias primas
nacionales tanto como en la de una escenografía, una
cerámica o un mueble. El piensa que la educación
tiene que ser un todo en el que estén confundidos el
arte, la industria, la ciencia. El vive obsesionado con el
tema del proletariado intelectual, siendo él mismo un
intelectual muy fuerte como abogado, como filósofo,
como creador.
—Abogado, filósofo, político, reformador educativo,
pintor. Figari tiene una abrumadora diversidad de
facetas. ¿Cómo se planteó el abordaje de todas ellas?
—La vida de Figari es de lucha constante. Es un
agonista permanente. Todo lo que hace lo envuelve en
una pasión a veces desmesurada. Eso lo lleva a sufrir
mucho y a tener grandes decepciones, porque en la
misma medida que pone tanta pasión y tanta ilusión,
sufre grandes frustraciones. Pero en definitiva la vida
de él es bastante secuencial: está el penalista, luego
está el político, luego el penalista y político, está el
filósofo en el medio —porque siempre fue un hombre
de lecturas—, luego el reformador educativo y a raíz de
esa decepción, nace el pintor. Pero además, Figari es
un caso muy singular en la historia del arte, porque él
llega a la creación desde la teoría. Normalmente los
artistas han sido primero creadores y luego han
desarrollado una teoría cuando su lucha con la
creación les va generando la necesidad de teorizar.
Pero el caso de Figari es distinto, porque él fue
primero un teórico, y él desarrolla el concepto de arte
regional antes de ser un pintor regional. Eso es muy
interesante y de ahí viene su rápida adopción en
Buenos Aires, donde es consagrado tempranamente.
Cuando él llega estaba emergiendo el grupo Martín
Fierro, que estaba intentando hacer en literatura lo
mismo que él hacía en sus cuadros: superar el
nativismo, superar el folklorismo, superar el Martín
Fierro en el que gaucho habla en lenguaje gaucho y
buscar una literatura de lenguaje universal y códigos
modernos para plantear esos mismos temas. Por eso
cuando ellos ven a Figari se dan cuenta de que él
estaba haciendo en pintura lo que ellos buscaban. El
no era el pintor naturalista que buscaba documentar
nuestros gauchos o nuestros negros.
—Pese a su bagaje teórico, no era un académico en
sentido estricto. En el libro usted sostiene que es
innegable su trazo académico.
—El decía que era insuficiente, pero a mi juicio, como
lo digo, no es insuficiente. Basta ver sus acuarelas y
sus primeros óleos para darse cuenta que estaba a
nivel de obtener una buena calificación en cualquier
escuela. El tema está en que él pinta de modo muy
libre. Lo notable es cómo llega a eso, porque es un
hombre sin demasiadas preocupaciones formales. Así
como teorizó el concepto del arte, no indagó
demasiado en las formas, que es lo que más
preocupa a los artistas. Hay que resaltar que también
es muy entendido en París. Cuando llega, todos los
pintores lo reconocen como un maestro. No hay
ningún artista latinoamericano que tuviera las
consagración que tiene él, especialmente entre los
grandes críticos franceses como Vauxcelles, Pillement
o Cassou. En ese momento Vauxcelles era el gran
crítico de moda, acababa de bautizar a los fauvistas y a
los cubistas.
—Vauxcelles inscribe a Figari en el fauvismo.
¿Comparte ese juicio?
—Figari es muy original. Aún hoy uno se pregunta de
qué escuela es. Y no se sabe de qué escuela es. No
es un impresionista propiamente. Se lo podría ubicar
en esa definición cómoda de post impresionismo
donde caben tipos tan distintos como Gaugin o Van
Gogh. Es cierto, Figari va por allí, fauvista en cuanto al
uso del color y post impresionista en cuanto a la forma.
Pero Figari es Figari, es muy personal y nada cómodo
de clasificar. Esto mismo se dijo en su tiempo y se
dice hoy.
—Como corresponde, no fue comprendido en su
tiempo por sus compatriotas.
—En Montevideo no se le comprendió. En Argentina sí.
A través de Manuel Güiraldes, que es su verdadero
mecenas, se vincula con un grupo intelectual muy
importante y también con un círculo social muy
poderoso, además en un momento de la Argentina
donde había mucho dinero. Una época de Argentina en
que hay una clase alta refinada que no sólo tenía
dinero, sino buen gusto y cultura, algo que es bastante
infrecuente, como lo señalé en el libro, en el contexto
Latinoamericano.
—La pintura de Figari es de vanguardia y a la vez
evocativa.
—Es la pintura de un antropólogo. Pero también él
indaga mucho en sus personajes. Si uno mira sus
dibujos, empezando por los del caso Almeida, se nota
que indagaba mucho en los estados de ánimo de sus
personajes, y de sí mismo, en los autorretratos. Y
como él es un evolucionista muy profundo, un
darwinista en el sentido amplio, aparece su pasión por
la evolución humana. Hay muy pocos pintores a los
que se les puede ocurrir pintar a hombres primitivos, a
trogloditas, como él los llama. Pero él tiene ojo de
antropólogo y por eso aparece el indio, y aparece el
negro, imágenes arquetípicas de un tipo humano.
—También, desde su sistema de creencias, pinta
rocas.
—Eso es parte de su filosofía y ahí se separa de los
materialistas. Para él las mayores fuentes de energía
no pueden ser materia inerte. ¿Cómo el carbón o el
petróleo van a ser materia inerte si mueven ciudades
enteras? Por eso, alguna gente ha visto una especie
de panteísmo en esa suerte de homenaje a la
naturaleza que realiza. Si bien es ateo, tiene un tinte
vitalista.
Acción y reflexión
Si bien los primeros pasos de la investigación que
desembocó en la edición de El doctor Figari datan de
la década de 1970, Julio María Sanguinetti pasó estos
dos últimos años redactando el libro.
Según el autor, la mayor dificultad que le presentó el
trabajo no estuvo en el proceso de investigación, sino
en la selección de datos. "Claro que leí mucho. Pero el
problema con Figari es que sería bastante sencillo
hacer un libro de 500 páginas donde se recogiera
todo, pero no es tan fácil hacer uno de poco más de
300. Es que cuando uno elige, renuncia. Entonces
siempre, en cada carta, hay algo interesante que
queda afuera. Pero no hay más remedio. No soy un
historiador, soy un periodista que escribe historia, que
trata de hacer una crónica lo mejor documentada
posible para mostrar una vida en toda su riqueza.
Además, Figari es un caso curioso de alguien que está
permanentemente en acción y en reflexión. Yo intenté
mostrar esa dicotomía, el público dirá si lo logré",
explica.
Cabe destacar que con este libro —que posee
abundante material gráfico como reproducciones de
cuadros, viñetas y fotos de época— inicia la colección
Biografías de la casa editorial Aguilar, la cual está
coordinada por Gerardo Caetano.