Demian Orosz
HASTA LOS 15 AÑOS Imre Kertész nunca salió de
Hungría. Su primer viaje al extranjero lo hizo en un
vagón de ganado, enganchado a otros vagones
iguales, de color ladrillo. En ellos, cientos de
compatriotas viejos y jóvenes (el transporte también
tenía plazas reservadas para niños y enfermos) se
apretaron durante días y noches, sin agua, hasta llegar
a destino. Cuando el convoy se detuvo las mujeres se
peinaron, los hombres abrocharon sus camisas, todos
cumplieron el pequeño ritual de arreglar su aspecto
para no bajar del tren hechos un desastre. Las puertas
se abrieron. El sol brillaba con fuerza en la estación de
Oswiecim, una pequeña localidad polaca germanizada
con el nombre de Auschwitz.
Hace unas semanas Imre Kertész volvió a dejar su
país, en esta ocasión becado para trabajar sobre su
nueva novela —cuyo título provisorio es Liquidación—
en la residencia del Colegio de las Ciencias de Berlín.
Allí fue donde atendió el llamado telefónico
anunciándole que acababa de ganar el Premio Nobel
de Literatura. Días antes, la Sociedad de Autores
Alemana le había entregado el Premio Hans Sahl.
Durante la conferencia de prensa, buena parte de los
periodistas se mostró especialmente interesada en
conocer la opinión del escritor sobre el país en el que
hace 60 años surgió el régimen que lo internó en un
campo de exterminio, lo torturó y estuvo a punto de
aniquilarlo. La respuesta de Kertész fue una lección de
sentido común: "No guardo rencor contra Alemania",
afirmó, "odio a los nazis, pero ahora estamos ante una
tercera generación que no tiene nada que ver con lo
que ocurrió". Sin embargo, advirtió, "la cultura europea
no se ha confrontado con las raíces del Holocausto".
Extendió la distinción del Nobel al conjunto de la
literatura húngara, una pequeña isla lingüística
completamente ignorada, a excepción de un puñado
de autores como Peter Esterhazy y Sandor Márai, cuyos
libros están empezando a conocerse luego de su
muerte. Después Kertész transmitió su esperanza de
que el premio abra espacios para que Hungría
comience a revisar su pasado y su responsabilidad en
el intento de genocidio judío.
JUDAÍSMO POSTERGADO. Imre Kertész nació el 29 de
noviembre de 1929 en Budapest, en una familia para
la que el judaísmo estaba lejos de ser un elemento
fuerte de la identidad. Se trataba más bien de un
rompecabezas, cuyas piezas se irían acomodando
según la fuerza de los acontecimientos. "Antes, no
hacíamos el menor caso de los vecinos, pero desde
que sabemos que somos de la misma raza,
intercambiamos ideas sobre nuestro futuro", escribe
Kertész en Sin destino, su primera novela. Hasta el día
en que se vio obligado a salir a la calle con la estrella
de David cosida en la ropa, Kertész no sabía
—tampoco se lo había preguntado— qué significaba
ser judío.
Lo iría aprendiendo, primero lentamente y luego de
manera brutal. En la zoología fantástica del Tercer
Reich, difundida en amplios sectores de las
sociedades de los países invadidos por el nazismo, el
judío ocupaba el último escalón de las especies
destinadas a perecer. La contundencia con que se
plasmó en los hechos semejante ideología ya ha sido
suficientemente documentada. Hay, no obstante, una
historia menos visible, hecha de fragmentos dispersos
en los testimonios de distintos sobrevivientes. Es la
historia de las pequeñas humillaciones, las infamias
menores que llevaron del desprecio a la masacre.
Kertész aporta algunas anécdotas a este relato, como
la prohibición de tener negocios o ejercer profesiones,
o la disposición impuesta a los judíos húngaros de
viajar en el tranvía de pie, y en la parte trasera del
vehículo.
En toda la Europa dominada por el nazismo se vivían
por entonces escenas similares. Con incredulidad,
indignación y dolor, Víctor Klemperer ha recordado en
sus diarios la normativa oficial nazi por la cual los
judíos fueron obligados a entregar sus mascotas
—gatos, perros y hasta canarios— para ser
sacrificadas. "Se trata", escribe el filólogo alemán, "de
una de las crueldades de las que no habla ningún
juicio de Nuremberg y por las que levantaría, si
pudiese, una horca alta como una torre para
castigarlas, aunque me costase la bienaventuranza
eterna".
Al igual que György Koves, el protagonista de Sin
destino, Kertész fue detenido a fines de 1944 y
deportado a Auschwitz. Pocos días más tarde, fue
trasladado al campo de trabajo de Zeitz y luego a
Buchenwald, donde permaneció internado hasta su
liberación.
El regreso a Hungría fue el inicio de un nuevo calvario,
esta vez bajo el régimen estalinista que gobernaba el
país. Sepultado en vida como escritor disidente, pudo
ejercer el periodismo hasta 1951, año en que el diario
para el que trabajaba fue absorbido por el órgano del
Partido Comunista. A partir de entonces se dedicó a
escribir comedias y guiones cinematográficos, y a la
traducción de obras de Friedrich Nietzsche, Joseph
Roth, Arthur Schnitzler, Sigmund Freud o Elías Canetti.
En 1975 publicó Sin destino, en la que trabajó cerca de
catorce años y cuya aparición fue completamente
ignorada. Luego vendrían otros dos libros vinculados
de modo indirecto a la experiencia de los campos: El
fracaso (1988, de próxima publicación en la editorial El
Acantilado) y Kaddish por el hijo no nacido (1989). En
esta última Kertész invierte el significado y la función
más usuales del kaddish (oración fúnebre que los
judíos rezan por los padres muertos) para hacer hablar
una voz que se interroga sobre la posibilidad de traer
un niño al mundo que engendró a Auschwitz.
Hasta el desplome del bloque del Este, en 1989,
Kertész vivió con su mujer en un departamento de una
sola habitación, escribiendo en una vieja Olivetti. Hace
apenas unos meses la máquina fue jubilada a causa
de un temblor que el novelista padece en la mano
derecha, y que lo obligó a iniciarse en los misterios de
una computadora portátil.
Recién a principios de los años ’90, gracias a la
traducción de toda su obra al alemán y luego
parcialmente al francés, el puñado de libros de Kertész
comenzó a perforar el anonimato en el que vivió buena
parte de sus 72 años y que es casi total en el Río de la
Plata.
FELICIDAD ENTRE CHIMENEAS. Con toda razón se
considera a Sin destino (se está por filmar con guión
del propio autor) como una de las mejores novelas
sobre el exterminio judío. En verdad, no es tanto un
libro sobre los horrores sino una mesurada, por
momentos fría y a menudo irónica descripción de la
vida en un lager. Fue David Rousset, el intelectual
francés detenido en Buchenwald entre 1943 y 1945,
quien insistió en la necesidad de hacer hincapié en un
aspecto del universo concentracionario que no
siempre es tenido en cuenta: "El mundo de los
campos no es grave porque en él se sufra y se muera
—escribió—; el mundo de los campos es grave porque
en él se vive. Allí, el ser humano se ha convertido a sus
propios ojos en un despojo total".
La exasperante sobriedad del estilo de Kertész
recuerda la prosa equilibrada y despojada de
elementos lúgubres de Primo Levi, pero resulta
incluso más inquietante. La narración de los hechos
predomina sobre el tono más reflexivo del escritor
italiano. En Kertész, a través de la pura fuerza del
relato, el campo de concentración se va dibujando en
sus contornos cotidianos, normales.
El día en que lo apresan, la preocupación central del
personaje de Sin destino es no poder avisarle a su
madre que llegará tarde para la cena. Durante la
primera selección, György Koves repara en la cara
simpática, los ojos bondadosos y la voz clara, típica de
los hombres cultos, del médico alemán que en pocos
segundos decide posponer su visita inmediata a la
cámara de gas. El libro es atravesado de principio a fin
por este tipo de pasajes en los que la horrenda
voracidad de la muerte está como empañada, en
ocasiones apenas entrevista detrás de una
elaboración literaria de los hechos, que tampoco evita
detenerse en los momentos felices.
El campo se narra no sólo como un mundo donde la
muerte se fabrica en serie, sino, sobre todo, como un
mundo donde el final puede postergarse en una suma
de días interminables. El tiempo transcurre con
enorme lentitud, pero incluso en medio de ese
aturdimiento producido por la sucesión de horas
iguales deben aprenderse las reglas para sobrevivir.
"Nunca lo hubiese creído", piensa György Koves, "y, sin
embargo, es una verdad como un templo: en ninguna
otra circunstancia importa tanto llevar una vida
ordenada, ejemplar y hasta virtuosa como estando
preso".
El poder de convicción del estilo de Kertész es tan
apabullante que le permite al lector ponerse en la piel
de los detenidos y contemplar, por ejemplo, el color
mágico, como de fuegos artificiales, de las llamas de
los crematorios. "Alrededor se susurraba, se
murmuraba, se repetía: ‘¡Los crematorios...!’, pero ya
con el tono de admiración que suele emplearse ante la
contemplación de los fenómenos naturales".
Esa misma contundencia de su prosa —no tanto con
la historia, como con la lengua— le permite a Kertész
no desbarrancarse en la pura estetización del horror y
persuadir sobre la verdad de que "incluso allá, al lado
de las chimeneas había, entre las torturas, en los
intervalos de las torturas, algo que se parecía a la
felicidad".
El libro se cierra con una escena aún más
desquiciante. De regreso en Budapest, camino a
reencontrarse con su madre, el protagonista observa
un atardecer que lo devuelve a su hora preferida en el
campo. "Experimenté una sensación fuerte, dolorosa e
inútil: la nostalgia". El lager no es terrible porque allí se
muere, porque los cuerpos se pudren o se queman,
sino porque allí se vive.
VENGARSE DEL MUNDO. Existe toda una tradición
—textos de Edmond Jabés, o pinturas de El Bosco y
Brueghel en las tapas de los libros sobre el
exterminio— que, con el fin de ubicar a la shoah en
alguna zona del entendimiento, hace pie en la imagen
del infierno. Sin duda, el recurso a la figura del lager
como un Hades realizado en la Tierra satisface una
profunda necesidad de representación frente a un
hecho que parece irreductible, innombrable. Pero
¿puede haber nostalgia del infierno?
Kertész ingresa lateralmente en este debate. En las
páginas finales de Sin destino, un periodista aborda al
protagonista e intenta interrogarlo sobre la experiencia
a la que acaba de sobrevivir. El hombre de prensa
quiere tener un testimonio de primera mano y trata de
inducir algunas respuestas: "¿Acaso no puede
compararse un campo de concentración con el
infierno?" No. ¿Cómo? "Mientras dibujaba círculos en
la arena con los tacones de mis zapatos", explica
György, "le dije que uno podía comparar cualquier cosa
con lo que quisiera pero que para mí un campo de
concentración seguía siendo un campo de
concentración, y que había conocido algunos pero que
no conocía el infierno". Ante la insistencia del
periodista, responde: "Me imagino que un infierno es
un lugar en donde uno no se puede aburrir y, por el
contrario, en los campos de concentración, como
Auschwitz, puedes llegar a aburrirte mucho, en el
supuesto de que tengas la suerte de hacerlo". Fin de la
discusión.
Luego de Sin destino Kertész no volvió a hacer del
Holocausto la preocupación central de su narrativa,
aunque está presente en los libros que vinieron
después. Por ejemplo en El fracaso, su segunda
novela, en la que relata vivencias durante la era
comunista, afirma: "Sólo empecé a escribir, acaso,
para vengarme del mundo. Para vengarme y recuperar
de él lo que me había arrebatado. Dicho sea de paso,
lo que a duras penas rescaté de Auschwitz, tal vez
produce demasiada adrenalina. ¿Por qué no? Al fin y al
cabo, en la descripción reside un poder que puede
apaciguar por un momento el instinto agresivo y
generar un equilibrio, una paz provisoria".
La memoria del genocidio sigue siendo el motor de su
escritura ("cuando pienso una nueva novela, pienso en
Auschwitz", dice el autor), pero ya no necesariamente
como tema, como una serie de hechos que deben ser
puestos al abrigo de la literatura, sino como oponente,
como contrincante en un duelo. Woody Allen dijo
alguna vez que los recuerdos están hechos para ser
vencidos. La frase se puede aplicar sin problemas a la
obra de Kertész, aunque en su caso siempre se trate
de victorias parciales. Es en la escritura donde el
novelista húngaro conquista (sólo para establecer esa
"paz provisoria") una realidad que lo tuvo y lo seguirá
teniendo siempre en su poder.
Está lejos de la postura extrema del cineasta francés
Claude Lanzmann, el realizador de Shoah, cuyo punto
de vista estético puede resumirse en la fórmula "matar
con la cámara". La literatura de Kertész no podría
pensarse sin ese núcleo duro que vibra en las
grandes obras y que lleva a las palabras, los sonidos
o las imágenes a entablar un duelo con la realidad. El
gran arte se venga del mundo.
LA CONMOCIÓN. Traducidos al castellano en 1999,
los ensayos reunidos en el volumen Un instante de
silencio en el paredón (Editorial Herder) convierten a
Kertész en uno de los intérpretes más filosos y críticos
en los debates sobre el holocausto. El autor no está
seguro, como afirma el filósofo francés Franois
Lyotard, de que el exterminio judío deba considerarse
como un terremoto que destruyó todos los aparatos
para medirlo. Esa opción pone a los hechos del lado
de lo inefable: ni la razón ni la imaginación pueden
capturarlos. Pero tampoco está convencido de que los
miles de libros, testimonios, investigaciones históricas
y ensayos filosóficos sobre la shoah hayan captado lo
que sucedió en toda su profundidad.
Kertész no se precia de haberlo hecho, pero sus textos
tienen la virtud de colocar a Auschwitz en perspectivas
muy amplias, no obstante los puntos de vista
absolutamente personales que utiliza para
involucrarse en un tema tan vasto.
Puede ser terco y lúcido al mismo tiempo. "Para mí",
escribe en uno de sus ensayos, "la única característica
específica de esta historia reside en que es mi
historia, en que me sucedió a mí. Y sobre todo, en
poder decidir libremente sobre la cualidad de mis
vivencias: soy libre de no entenderlas, soy libre de
proyectarlas en los juicios morales superiores de
otros, en el resentimiento o, al contrario, de tratar de
justificarlas, pero también soy libre de entenderlas, de
conmoverme por ellas, de buscar mi liberación en esa
conmoción, o sea, de sustanciarlas como
experiencias, de incorporarlas en saber y de convertir
este saber en contenido de mi vida en el porvenir".
Una extraña mezcla entre altura nietzscheana,
aristocracia del espíritu y vulnerabilidad para
conmoverse por un rostro o por una flor pintada en el
portón de un campo de prisioneros atraviesa los
análisis del escritor, un individualista nato, sin
atenuantes.
Judío más por imposición que por su fe o sus
costumbres, hombre de convicciones conservadoras
pero políticamente liberal, militante de la democracia
pero incrédulo de la igualdad entre los seres
humanos, Kertész escribe herido por un saber trágico
del mundo: "Cuando uno es niño tiende a confiar hasta
cierto punto en la vida, pero cuando ocurre algo como
Auschwitz todo se desploma". La frase recuerda el
modo en que Jean Améry hablaba del daño irreparable
que había sufrido, aunque para el filósofo austríaco la
esencia del Tercer Reich no era la muerte
industrializada sino la tortura: "Con el primer golpe..., el
puño del policía, que excluye toda defensa y al que no
ataja ninguna mano auxiliadora, acaba con una parte
de nuestra vida que jamás vuelve a despertar".
Kertész no se ha privado de un ejercicio que a muchos
les parece imposible, más aún, repugnante y tendiente
a justificar o minimizar el intento de genocidio judío: la
comparación entre la red de campos nazis y el gulag
soviético. Por suerte, su análisis evita establecer
jerarquías entre los martirios de uno y otro régimen.
¿Puede calcularse si los expertos en sadismo eran
más hábiles para torturar en el edificio de la Gestapo o
en la cárcel de Lubianka en Moscú?
También pone en claro que comparar no significa
homologar, ni dejar de señalar las diferencias. En el
bolchevismo —como sí sucedió con el nazismo— no
anidaba la institucionalización del envilecimiento de
los seres humanos. Para Kertész, ambos sistemas
estuvieron motivados por fines bien diversos, pero sus
resultados fueron los mismos e introdujeron una
novedad respecto de la extensa saga de masacres a
las que se ha entregado la humanidad.
Podría objetarse que el exterminio no es precisamente
un invento moderno, pero la eliminación continua de
seres humanos, argumenta el autor, "practicada
durante años y décadas y convertida así en sistema
mientras transcurren a su lado la vida normal y
cotidiana, la educación de los hijos, los paseos
amorosos, la hora con el médico...; esto, sumado al
hecho de habituarse a la situación, de acostumbrarse
al miedo, junto con la resignación, la indiferencia y
hasta el aburrimiento, es un invento nuevo e incluso
muy reciente. Lo nuevo en él es, para ser concreto, lo
siguiente: está aceptado".
El holocausto, "la conmoción ineludible de este siglo",
más que un tema un "estado de ánimo europeo" que
encierra una verdad frente a la cual nada queda intacto,
eso que todos quisiéramos olvidar (y en primer lugar
los sobrevivientes), también tiene sus falsificadores. A
menudo, desbordan de buenas intenciones. Aquí es
donde Kertész puede llegar a resultar demasiado
irritante, y asimismo demasiado certero. Se
desarrollaron, explica el escritor, un sentimentalismo y
un conformismo del Holocausto, un canon, un cerco de
tabúes y su correspondiente mundo lingüístico
ceremonial; se desarrollaron los productos del
Holocausto para los consumidores del Holocausto.
Ahora que Kertész acaba de ganar el Nobel, y que sus
libros se venderán por miles, quizás por millones,
decidir en qué medida su propia literatura pueda
desactivar las expectativas de quienes sólo esperan la
última novedad en la materia es una tarea que queda,
por supuesto, para cada lector.