RAMON MERICA
Ayer viernes al mediodía, las catacumbas del Teatro
Solís temblaron una vez más, ahora no por los
marronazos y picos, sino por los temblores
amedrentados de la treintena de invitados a una visita
guiada organizada por la comisión encargada del
salvataje del tesoro arquitectónico cerrado desde
1998.
Los invitados incluían a periodistas, gente de teatro,
autoridades municipales y técnicos que no sueñan con
otra cosa que no sea la reapertura del primer
escenario nacional, una esperanza prometida a
concretarse el 25 de agosto de 2004, fecha que no
conforma a los escépticos.
Sin embargo, ayer también se tuvo la sensación de
que estaba despuntando una chispa de luz al final del
túnel de la desesperanza, y pese a la estremecedora
situación de las vísceras del Gran Teatro, ahora
convertido en una gigantesca cuenca vacía dibujada
por ladrillos pelados, montones de tierra y hierros
diseminados, se respiró una atmósfera de calma
paciencia donde no faltó, inevitablemente, una frase:
"Parece que no, pero en ese tiempo el Solís se salva".
TODAS LAS MANOS, TODAS. "Tengo la sensación de
que en cualquier momento quedamos todos
sepultados entre los escombros", reflexionaba la
periodista Lil Bettina Chouy y agregaba: "Mañana todos
los diarios van a tener material de sobra para contar la
desaparición de críticos, actores, arquitectos famosos
entre estas cuevas debajo del escenario".
Menos fatalista, es decir: muy optimista, la arquitecta
Eneida de León, responsable de esta segunda etapa
de las obras, se enorgullecía del ritmo de los trabajos
y del nivel del equipo comunal que ha formado, "todos
muchachos con la camiseta puesta, trabajando con
una fuerza impresionante y una entrega ejemplar".
La arquitecta es consciente del impacto que causa ver
al Solís así como está, pero su sentido de
organización y de dirección de empresa le da las
fuerzas como para asegurar que "en el dos mil cuatro
vamos a estar como espectadores viendo un gran
espectáculo".
De León no duda en aventurar el futuro: "Es la
convicción que tengo como arquitecta y directora de
obras, pero ya hay montado un cronograma que se va
cumpliendo puntualmente".
La arquitecta admite que no todo es ideal en el
proceso de las obras del Teatro Solís: "Nos faltan
algunas ayudas, por cierto, sobre todo para el final.
Pero hay cosas que ya se adelantaron, como el
restauro de los palcos y de las arañas patrimoniales.
Aunque eso parezca apresurado, no lo es. Porque si
dentro de un año y medio queremos abrir el teatro
porque ya está pronto y no tenemos los palcos, no
tenemos las arañas, no se puede abrir. Ese es un
trabajo ganado, porque no sabemos cómo va a estar
la economía uruguaya en ese tiempo. Ahora pudimos
hacer esa inversión. Todavía no sabemos quién va a
restaurar el gran plafond, tampoco sabemos cuáles
van a ser las butacas, pero la obra en sí, el salvataje
del teatro, su estructura, va a estar terminado".
SOBRESEGURA. Esa seguridad profesional no es
gratuita. La arquitecta de León tuvo mucho que ver con
otros rescates y renacimientos que están a la vista de
todo el mundo. Esa presencia salvadora es muy
simple:
"He trabajado en otro tipo de obras así. Soy una
directora de obra que hace específicamente una
gestión en la cual se plantea un plazo perentorio,
dinero perentorio, y buena calidad. Así pasó con la
Sala Zitarrosa, que se hizo con muy poco dinero y en
cinco meses. También trabajé en el Parque Hotel con
un equipo muy grande cuando se reinauguró, y
siempre he estado haciendo obras públicas o privadas
que están trancadas, obras a las que hay que terminar,
destrancar, sin perder la calidad. Es decir: obras que
están trabadas y deben ser liberadas. En eso estoy
ahora con el Solís".
La arquitecta no se ofende cuando se le dice que es
una señora con un látigo económico que exige tomar
el toro por los cuernos y hacer cumplir lo pactado.
"Para nada. Me dicen que soy bastante bruja en eso de
cumplir con los plazos, pero todo mi equipo me quiere,
un equipo excelente, lo mismo que la asistencia
técnica que me ha dado la Intendencia de Montevideo.
Mi trabajo es el de terminar con la mejor calidad lo que
parecía que no se iba a terminar nunca".
Medina y Larreta: dos dioses en su Olimpo
Cuando el doctor Carlos Cassina, presidente de la
Comisión del Teatro Solís (futura Fundación) invitó a
abandonar las catacumbas para ascender hasta la
planta baja, los dos monstruos fueron los primeros en
obedecer. Es natural: en ese templo neoclásico de
Carlo Zucchi (1840-1856) tanto Estela Medina como
Antonio Larreta dejaron gran parte de lo mejor de sus
talentos (especialmente ella, que casi no ha
abandonado el coliseo en medio siglo) y entre esos
muros ilustres se preserva el fulgor interpretativo de
Medina como algo único, de la misma manera qúe
nadie puede olvidar la mano de regisseur único de
Larreta.
La lista sería infinita, pero basta repasar El Cardenal
de España con aquella Juana la Loca de dffícil
equiparación, la María Estuardo compartida con la
grande Maruja Santullo, los acordes únicos cuando se
enfrenta a la poesía del Siglo de Oro, todo un universo
absolutamente avaro de la diva.
Por su parte, Larreta destiló sobre el Gran Teatro todo
lo que es posible, desde el drama a la comedia, desde
el vaudiville a la tragedia, en una carrera única en la
historia del teatro del Río de la Plata.
MANO A MANO. Abordados por Ciudades en un brindis
posterior a la visita guiada, la Medina se dolía: "Quiero
pensar que todo este derrumbe, esta destrucción, va a
dar paso a algo hermoso. Pero verlo hoy, así, me
horroriza. Me da un sobrecogimiento de algo horrible,
pero al mismo tiempo tengo la esperanza de que va a
quedar divino. Será porque este teato es mi casa. He
pasado más de cincuenta años aquí, aquí está mi
vida"...
Ahora veo como un aire de esperanza, pero cuando
vine no hace mucho, antes de que tomara este
impulso, me quise morir ante lo que estaba viendo. Me
fui a mi casa desesperada, creo que hasta lloré. Vi que
todo estaba horrible, pero lo peor fue ver que no había
obreros, que nadie hacía nada, que el Solís era como
un barco abandonado. Peor: a la deriva".
Durante la visita guiada, Antonio Larreta prefirió abrir
su propio camino, una vía de recuerdos que se le
deberían venir encima, sobre todo cuando en las
catacumbas levantaba la mirada para ver la parte de
abajo de ese escenario sobre el que hizo deambular a
los magníficos Gigantes de la montaña, el heroico
Bolívar y albergó los terrores de Ana Frank entre mil y
una imaginerías dramáticas de primerísimo orden.
Recostado contra una de las columnas del
sottopassaggio del teatro que también durante años
fue su casa, Larreta pensó en alta voz, ante la
disyuntiva de sentir derrumbe o esperanza: "Sensación
de derrumbe, de ninguna manera. Sí una esperanza
cauta. Porque sé que las cosas en este país,
tradicionalmente, son más lentas de lo que se espera.
Pero parecería que está muy encaminado. Tengo muy
buena impresión. Además, parece que la arquitecta
que tiene en sus manos el teatro es una mujer
sumamente ejecutiva y sumamente apta,
absolutamente empeñada en sacarlo adelante. Hago
un voto de confianza por Eneida de León".
La historia accidentada del templo
En 1840 se creó una Sociedad de Accionistas para la
construcción de una sala teatral en Montevideo, ciudad
de 40 mil habitantes. Eran tiempos de guerra civil, que
había comenzado hacía dos años y duraría 11 años
más, pero llegaban compañías extranjeras a la ciudad,
que contaba en esa época con una única sala, la vieja
Casa de Comedias.
La sociedad, integrada por personalidades
destacadas entre las fuerzas vivas montevideana,
comienza las tareas con la elección del terreno, de
acuerdo a las sugerencias del arquitecto italiano Carlo
Zucchi, quien realiza ese año el primer proyecto para la
construcción, que fue rechazado por su costo elevado
(229 mil pesos).
Luego se encarga el proyecto al arquitecto Francisco
Javier Garmendia, quien adapta las ideas de Zucchi al
dinero que tenía la sociedad, que eran 125 mil pesos.
Las obras comienzan en 1842 y se interrumpen un año
después, cuando se estrecha el sitio de Montevideo
por parte del Ejército de Oribe.
Los trabajos se reinician en 1851, una vez concluida la
Guerra Grande. Hasta ese momento se había
realizado los cimientos y los muros se elevaban dos
varas sobre el nivel del terreno.
El teatro se inauguró el 25 de agosto de 1856, en
conmemoración de la Cruzada Libertadora de 1825,
con la representación de la ópera Ernani, de Giuseppe
Verdi. El teatro no estaba terminado. Faltaban los
cuerpos laterales, que se construyeron entre 1869 y
1874, de acuerdo al proyecto del arquitecto francés
Víctor Rabú.
Durante los años siguientes el teatro experimentó
varias reformas complementarias. En 1881 se le
cambia el techo de madera por uno de estructura
metálica y en 1882 se ensancha el escenario.
El 26 de enero de 1937 se firma el compromiso de
compraventa a favor de la Intendencia de Montevideo,
que en los años sucesivos introduce una serie de
mejoras y de instalaciones que aumentan la
seguridad, sobre todo en el año 1943, bajo la dirección
de los arquitectos municipales Altamirano y Che.
Las actividades se reanudan en 1946, luego de varios
años de cierre. En 1965 se procede a la renovación del
alhajamiento del teatro y se cambian las butacas de la
platea.
En 1998, cuando se decidió su cierre total, todo era
optimismo. En ese momento se contaba con un
informe técnico elaborado en la Facultad de Ingeniería
y las autoridades municipales hablaban de un plazo
máximo de dos años para la reapertura del principal
escenario nacional.
En esa primera etapa se consideraba que el costo de
la etapa inicial de las obras ascendería a cuatro
millones de dólares.
Ya en 1999 la comuna presentó el diagnóstico edilicio
del teatro y anunció que las obras demandarían dos
años de trabajo y entre siete y ocho millones de
dólares. En ese año se comenzó el proceso de
"desmantelamiento" del Solís.
En 2001 se empezaron a manejar las fechas que
hasta hoy se espera sean las definitivas para la
reapertura parcial del Solís: mediados de 2004. Los
costos volvieron a subir y se mencionó la cifra de 13
millones para reparar solamente el edificio central. Los
arquitectos encargados del proyecto llegaron a decir
que la obra completa y con todas las ambiciones,
insumiría 35 millones de dólares.