Ministerios, organismos, iglesias y organizaciones
privadas multiplican planes para las familias
carenciadas
Carmen tiene 44 años y siete hijos. Vive con cuatro de
ellos de 16, 12, 7 y 5 años en una precaria vivienda de
chapa en un asentamiento de Malvín Norte. En una
casa cercana vive otra hija, de 19, con su compañero y
un hijo.
En torno a ella y a sus hijos se fue montando una red
de ayuda en la que ya intervinieron doce
organizaciones públicas y privadas.
Los asistentes sociales y psicólogos de una
organización no gubernamental lograron que su hija
de 16 años concurra a la escuela en un centro
nocturno para adultos del Codicen. También
consiguieron que sea atendida por un comedor
gestionado por una iglesia metodista.
Los tres más chicos van a una escuela muy cerca de
su casa donde además le dan el desayuno. Como ese
colegio no cuenta con servicio de comedor, al
mediodía van a otra escuela pública para almorzar. A la
hora de la merienda vuelven a la primera y, de noche,
cenan en su casa porque el Inda (Instituto Nacional de
Alimentación) les acerca, cada mes, una canasta
básica.
El Banco de Previsión Social le concedió a Carmen
una asignación familiar especial, dos policlínicas del
Ministerio de Salud Pública atienden la salud de la
madre y de los niños y realiza el seguimiento de la
situación familiar con sus asistentes sociales.
La Intendencia de Montevideo le proporcionó las
partidas de nacimiento de sus hijos, con las que el
Ministerio del Interior les pudo otorgar la cédula de
identidad que les reclamaban las escuelas.
Una iglesia metodista de la zona y una parroquia
católica se ocupan también de los menores, al
principio los alimentaron y hoy los ayudan con un
sistema de deberes vigilados.
Todo ese engranaje comenzó a montarse a partir de
que la organización no gubernamental detectó a los
niños en la calle cuando mendigaban para sobrevivir.
Hoy los pequeños siguen yendo a la calle a pedir,
aunque los asistentes sociales afirman que sólo
algunos días a la semana y por pocas horas.
El nombre de esta mujer es ficticio, pero la historia es
real, y fue relatada a El País por los técnicos de
algunos de los programas que la atienden. Es un
ejemplo vivo de cómo funcionan las políticas de ayuda
social en el país. Para los técnicos es un ejemplo
exitoso de coordinación, pero la multiplicación de
servicios sociales similares en decenas de
organizaciones plantea la duda de si es una forma
racional de gastar los recursos.
UN EJERCITO. Hace una semana El País publicó un
informe que buscaba describir el "perfil" de los niños
de la calle. Una encuesta mostró el escepticismo de la
opinión pública, que en un 80% dudaba de la
efectividad de un programa puntual destinado a
solucionar el tema.
La pregunta que quedó flotando era ¿cuánto hace la
sociedad para enfrentar los casos de marginación ?
El esfuerzo no parece menor.
En el Iname --organismo que se ha convertido en el
gran gestor de las políticas sociales-- trabajan 3.732
personas. Las organizaciones no gubernamentales
que se ocupan del tema nuclean a otras 11.000 que se
dedican a combatir situaciones de marginalidad no de
forma esporádica o voluntaria, sino haciendo de ello
su principal ocupación.
Existen 494 instituciones que atienden problemas de
infancia y 715 servicios integran la red solidaria que se
ocupan de 36.193 niños en todo el país.
El Instituto Nacional del Menor financia 222 de esos
servicios, otros 353 dependen del Instituto Nacional de
Alimentación y 229 están en la órbita de las distintas
intendencias municipales.
El Iname maneja un presupuesto de 88 millones de
dólares al año destinado a atender 44.000 niños en
situación de riesgo. De ellos, sólo 716 hacen famoso
al organismo: son los menores infractores.
En la órbita de la Presidencia de la República el
Programa Integral de Infancia, Adolescencia y Familia
en Riesgo, busca coordinar los planes de acción. El
Banco Interamericano de Desarrollo aporta 50
millones de dólares para ello.
La educación pública interviene también en el tema
con asistentes sociales en las escuelas y con un
fuerte programa de alimentación financiado por el
impuesto de Primaria. Incluso mantiene un espacio
recreativo y alimentario en zonas carenciadas durante
el verano.
El Ministerio de Salud lo hace mediante su red de
policlínicas en esas mismas zonas, las que cuentan
también con el apoyo de asistentes sociales.
Las intendencias tienen sus propios programas, en
algunos centros comunales zonales de Montevideo
trabajan asistentes sociales.
En el plan CAIF, que gestiona el Iname, participan el
Inda, el Ministerio de Trabajo y las intendencias.
También existe ayuda a través de los programas de
regularización de los asentamientos, con otro
importante crédito internacional.
Aunque los datos parecen abrumadores los
resultados son poco conocidos y, según especialistas,
una constante de los planes sociales es la ausencia
de medición de su eficiencia.
La percepción de la opinión pública difiere, también en
este punto, del panorama que informan los
especialistas. El 83% de los encuestados en un
relevamiento de Consultora Datos cree que las
políticas sociales son poco (60%) o nada (23%)
eficientes.
COORDINACION DIFICIL. Asistentes sociales
entrevistados dicen que no es tan malo que una
decena de instituciones actúe a la vez sobre una
familia en riesgo, pero admiten que muchas veces no
hay coordinación entre los técnicos y que pueden
malgastarse esfuerzos.
"Una institución sola no puede abordar la complejidad
de estas situaciones", dice Mariela Solari, asistente
social. Agrega que en varios barrios y a instancia de
los técnicos que trabajan allí y que pertenecen a
diferentes organismos "se está apostando a trabajar
coordinado y teniendo claro los objetivos".
Según la asistente social Patricia Hauser, algunas de
las instituciones embarcadas en el tema tienen claro
entre sus cometidos la coordinación, pero otras no.
"Entonces para lograr la coordinación, se depende de
la buena voluntad o el tiempo del técnico que atiende
al niño, y muchas veces se sigue el caso pero no hay
nada formal que obligue a ello".
Los técnicos admiten el riesgo de superponer
esfuerzos. "Es fundamental coordinar los recursos y
complementarlos; coordinar más sobre los objetivos
que se quieren lograr. Con la superposición de
técnicos y de instituciones no se avanza".
También hablan de una cultura de la "derivación" que
conspira contra la eficacia de los servicios sociales.
"Un niño llega con un problema a un organismo, se ve
que lo debe atender un psicólogo, un funcionario lo
deriva a un especialista, piensa que se va a hacer el
trabajo y se desentiende".
Quienes trabajan en las zonas marginadas no confían
demasiado en un cambio en la forma de realizar la
tarea. "Si cambiaramos la estrategia y nos
propusiéramos crear nuevos centros para atender
niños de la calle con nuevas metodologías de trabajo,
seguramente, si no se trabaja en red, se van a saturar
y vamos a estar en lo mismo porque es como no
reconocer lo que ya se está haciendo de una manera
integral. Si no se logra fortalecer lo que ya existe en la
escuela, en los centros de salud que son lugares
donde los niños van, es difícil agregar algo más",
sostiene Solari.