07/08/01
Camila Loew
TRAS la publicación de Sefarad, su última obra y tal vez
la más ambiciosa, Antonio Muñoz Molina habló de su
novela en su casa del barrio madrileño de Almagro.
Resultado de años de lectura obsesiva, Sefarad tiene
un fuerte arraigo en la historia del siglo XX.
LA PESTE NEGRA
--Se ha dicho que Sefarad es una "novela de
denuncia", un género típico del siglo XX. ¿Qué lo llevó a
escribirla?
--Las denuncias no se hacen con novelas, hay formas
mucho más eficaces de hacerlas. El propósito de
hacer el libro procede de un impulso anterior, una
afinidad con ciertos temas que habían ocupado casi
todas mis lecturas durante muchos años. Fue una
iluminación progresiva: programé un relato, luego otro,
y me di cuenta de que había un vínculo entre los dos.
Una mañana, caminando por la calle, surgió, como un
chispazo, la palabra "Sefarad". El primer relato salió de
un artículo que yo había escrito para la revista Viajar.
En ese artículo --que describe cómo en un viaje se
cuentan historias de otros viajes-- está contenido el
libro. Tenía otra historia que no había usado nunca,
sobre alguien en Tánger. Yo llevaba doce años con
esa historia en la cabeza, y pensé que había un vínculo
con la otra. Las demás fueron surgiendo por
subdivisión, como las amebas, o por asociación de
ideas, o por casualidad. Tenía también otra historia, la
de un zapatero de mi pueblo que hace el amor con una
monja de clausura. Luego hubo un azar tremendo: el
encuentro con un amigo que me dijo que tenía la Cruz
de Hierro. Me contó su vida, y de ese relato extraje dos
historias del libro: "Narva" y "Tan callando", sobre un
hombre que está en una choza esperando que lo
maten. Luego surgió la conexión con otro bloque: el
hilo que lleva las historias de Greta Buber-Neumann,
Kafka y Milena.
--¿Este último bloque estaría más relacionado con las
lecturas previas que con historias que le fueron
contadas?
--Sí, pero siempre narro a partir de la propia
experiencia. No hago una reconstrucción: soy yo el que
está contando. El hecho de escuchar a mi amigo
contándome sobre la División Azul o el sitio de
Leningrado es una experiencia vital absoluta, pero
también lo es el ir encontrando en los libros las
huellas de los personajes reales de la novela.
--Borges dice que la lectura es "una actividad posterior
a la de escribir, más resignada, más civil, más
intelectual".
--No sé si estoy muy de acuerdo. Leer es una actividad
tan creativa y pasional como escribir. Por eso aquí
intento representar el acto de la lectura, no sus
consecuencias sino el hecho de que te quedes sin
dormir para saber más sobre alguien. Creo que en el
libro la frontera entre lectura y escritura es muy
borrosa, porque cuando encuentras tanta empatía con
ciertos temas o personas esa frontera se anula.
Cuando en Internet encontré una foto del portal de la
casa de Primo Levi, donde en el timbre del portero
eléctrico ponía su nombre, me dio la sensación de
estar allí.
--Pero también Sefarad es la novela de un oyente.
¿Qué papel tiene el testimonio de los excluidos en
Sefarad?
--El escritor tiende a pensar que él es quien inventa,
pero yo creo que es quien escucha y aprende. Cuando
deja de escuchar, pierde contacto con las fuentes. El
acto de escuchar (o de no escuchar) es la médula de
todo esto. Hay una pesadilla célebre de Primo Levi, en
la que está en la mesa familiar tras su regreso de
Auschwitz y los parientes no lo escuchan. La historia
del Holocausto es la de quien no quiere escuchar los
signos, los síntomas y las evidencias de lo que
sucede. Desde mucho antes de 1933, la gente no
quiere escuchar a los exiliados, a los desterrados. En
Francia, los judíos franceses que estaban muy
asimilados en los años treinta veían con cierta alarma
a los judíos que llegaban de Alemania o de Europa del
este, pensando que iban a exagerar el antisemitismo.
Nadie quería escuchar. Ahora mismo estoy leyendo un
libro extraordinario, Bajo su misma ventana, sobre Pío
XII y el Vaticano durante la Segunda Guerra. Tampoco
querían escuchar. Hay un aspecto humano repulsivo:
el desprecio hacia el que sufre.
--Usted compara a un enfermo con un judío
perseguido.
--No estoy comparando, estoy narrando grados. El
grado más hiriente del destierro es el que siente el
que está a cien kilómetros de su propia casa. Con
respecto al paralelismo con la enfermedad, me
interesaba el modo en que la enfermedad convierte a
una persona en un excluido. Una de las cosas que me
llevó a asociar el sentimiento del judío con el del
enfermo fue la correspondencia de Kafka. En las
cartas explica a Milena cómo la normalidad a la que
uno creía pertenecer desaparece. Las consecuencias
políticas son distintas. Pero cuando la enfermedad se
convierte en algo social, dejan de serlo. El
antisemitismo medieval, por ejemplo, arreció mucho
con la peste negra. Se asociaba al judío con la peste.
COMPASION
--Se ha resaltado el aspecto de los judíos
perseguidos. ¿Tiene algo que ver con la noción de
Jean Améry del "judío de la catástrofe", el judío que
sólo se reconoce como tal ante la amenaza?
--El grado máximo de persecución se da cuando se te
persigue por el hecho de haber nacido y no por lo que
has hecho. Detrás de todo esto hay un retorcimiento
burocrático. En las leyes de Nüremberg, o en las
italianas del año 38, por ejemplo. En Italia, si eres hijo
de un padre católico y una madre judía y te han
bautizado, no eres judío (a pesar de que en el
judaísmo la religión se transmite por vientre materno).
En Alemania, si te has convertido al protestantismo y
tienes una medalla de la Primera Guerra Mundial, eres
menos judío que quien no la tiene. Yo quería resaltar el
momento en que deja de considerarse una religión
para convertirse en algo que está en la sangre. Esto
está presente en Améry: el hecho de que a la gente se
le imponga una identidad de otro. Por eso mencioné la
peste negra: no es casualidad que sea después de la
crisis del siglo XIV cuando se producen los pogroms
medievales.
--¿Hay un intento por recuperar para España la historia
del Holocausto?
--El impulso de la novela es el de contar historias, se
cuentan las que más te tocan. No puedo contar
historias que me sean indiferentes, tengo que escribir
sobre lo que me toca. Tiene que ser algo en el fondo
muy personal y autobiográfico. Hay un capítulo en el
libro, "Eres", con el que intento definir por qué elijo
escribir sobre esto: la sensación de que esto es lo que
me retrata más íntimamente, porque podría haber sido
mi destino. Por razones políticas o ideológicas siento
una afinidad muy grande con la gente a la que le ha
pasado esto.
Sólo ahora se empieza a escribir sobre el Holocausto
en España, quizá porque hemos vivido muy al margen
de la dimensión europea de nuestra historia, por la
razón que sea, porque España estuvo en apariencia
neutral o no beligerante durante la Segunda Guerra
Mundial. Pero ahora me alegra que el asunto se
debata, por una razón de justicia histórica. En España
ha afectado mucho el antisemitismo de la izquierda
oficial, que siempre hizo la ecuación Israel =
imperialismo americano = sionismo = judíos = malos.
Algo parecido sucede con la película y el libro de
Reinaldo Arenas: salen artículos contra él, hay una
cosa procastrista vergonzosa. A muchos de los
intelectuales que defienden todas las causas todavía
estoy deseando leerles media página de compasión
hacia el sufrimiento humano, ya sea en el Holocausto,
o en el gulag, o en Cuba.
LA FICCION NECESARIA
--Incluir a personajes reales en la novela, ¿no fue
como usurparlos?
--Hay ciertos relatos que son tan intensos y terribles
que es difícil tener derecho a modificarlos. Claude
Lanzmann, cuando criticaba La lista de Schindler,
decía que hay ciertas cosas con las que lo único que
se puede hacer es escuchar. Yo estoy de acuerdo con
eso. En la película de Spielberg recuerdo momentos
realmente dañinos. A Spielberg le honra su otro
proyecto, el de las grabaciones de los testimonios de
los supervivientes. Yo he visto grabaciones de esos
testimonios en el Museo Judío de Nueva York; junto a
Shoah, de Lanzmann, me influyeron mucho. De hecho,
hay partes del libro basadas en imágenes de la
película de Lanzmann.
--¿Qué efectos tiene el acto de contar sobre la relación
historia-literatura?
--La ficción nos ayuda a intentar distinguir lo verdadero
de lo falso, igual que adiestrarse en música sirve para
saber cuándo una nota es falsa. La literatura tiene una
utilidad muy práctica: nada hay más práctico que
tumbarse en el sofá una tarde con una novela, en el
sentido de un ejercicio de conocimiento. Pero cuando
se trata de lo que se cuenta o se recuerda cuando
desaparecen los testigos, ahí es donde estamos ante
un problema grave e importante.
--¿Fue distinta la preparación de Sefarad de la de sus
novelas anteriores?
--Sí. Por la propia naturaleza del libro, había muchos
momentos en que el acto de escribir estaba muy
relacionado con el acto de leer. En novelas anteriores
era mucho menos así. Para Plenilunio me documenté
mucho sobre un hecho criminal determinado: busqué
las actas, hablé con abogados y jueces, pero eso sólo
era un punto de partida de algo que no tenía nada que
ver, era una novela pura. En Sefarad eso ha estado
presente hasta el final. Cuando estaba corrigiendo las
pruebas del libro, había empezado a leer el segundo
tomo de la biografía de Hitler de Kershaw. Leí sobre la
entrada de Hitler en Viena y lo que había ocurrido la
noche del 15 de marzo de 1938. Descubrí que el tren
de Viena a Praga se llenaba de gente que quería huir, y
recordé que ese era el tren que tomaba Milena para ir
a encontrarse con Kafka. Inmediatamente escribí una
hoja y la añadí al libro. Ha sido un trabajo que no ha
dejado de servirme, de estimularme, sobre todo la
sensación de no estar terminado hasta el final.
Después del final me di cuenta de que hay muchas
cosas que debería haber puesto, pero también me
gustaría que a algún lector le sirvan los libros de la
nota de lecturas.
--¿Cómo se articulan su obra narrativa y su trabajo
periodístico?
--La única diferencia son ciertas normas estéticas, así
como hay una diferencia entre escribir una novela o un
relato y escribir un soneto o una octava real. Cada vez
me interesan menos esas separaciones. La historia o
las ciencias son disciplinas que el arte necesita. Esa
precisión, en la que más que inventar el mundo se
intenta transmitir la noción de su complejidad, es pura
poesía. Por eso me gustan tanto los libros de historia
o de ciencia; leo mucho más eso que libros de ficción.
Un escritor que me vuelve loco, creo que es el que
más me gusta en el mundo, es Proust, que tiene una
formación muy científica. Se piensa que es muy
decadente pero sus metáforas son de una exactitud
total. Hay que escribir ficción y no ficción con el mismo
apasionamiento. Pero el ejemplo de lo que no es
ficción alimenta a la ficción, le da proteínas. Si un
escritor se alimenta sólo de la ficción, le pasa como a
la persona que se alimenta sólo de hidratos de
carbono: hay algo que falta. Y falta el mundo, claro. *
(Publicado en Lateral de Barcelona, junio 2001)
El pasado incorregible
Oscar Brando
VARIAS GENERACIONES de escritores españoles
quedaron selladas por la Guerra Civil. Antonio Muñoz
Molina (1956), que nació dos décadas después y
comenzó a publicar en los ochenta, aún cargó con ese
peso histórico: el de tres años de guerra y casi
cuarenta de franquismo. Su novela mayor, El jinete
polaco (1991), si bien recorre un período de cien años,
mantiene el epicentro en el trienio 1936-1939; nada
escapa, ni el pasado ni el futuro, a ese acontecimiento.
A quince años de su primera novela, Beatus Ille (1986),
y luego de numerosas y rotundas demostraciones de
talento en este género, Muñoz Molina reúne en Sefarad
diecisiete cuentos largos. "Una novela de novelas" se
subtitula capciosamente el volumen, creando una
incertidumbre que es posible develar.
Los seguidores de Muñoz Molina pueden encontrar en
estos relatos algunas de las notas más
sobresalientes de las obras anteriores. Muñoz tiene
una singular sensibilidad para retratar personajes
provincianos que afrontan un mundo que cambia,
refugiados en recuerdos de la infancia pobre y
pueblerina. El primer cuento, "Sacristán", es la burla
amarga de ese proceso, empeñado en barrer las
huellas de una España atrasada y sórdida. Con un
refinado enfoque costumbrista Muñoz Molina señala el
lastre que aún se conserva de ese pasado
incorregible. Los relatos "Valdemún" y "Olympia" son
otros ejemplos notables de esa forma de aproximar el
ojo a historias minúsculas. La aventura puede ser
simple, trivial o tomar la apariencia del relato policial:
novelas como El dueño del secreto (1994) y Plenilunio
(1997) servirían de ejemplo para cada caso. Pero
debajo de ellas hay un universo denso, un volumen
temático con el que esa superficie se comunica y que
da sentido al argumento. El cuento "América", en
Sefarad, esconde bajo una intriga impecable, que
parece puro artificio, la tentación y los peligros de lo
prohibido.
Pero sin duda la intención que justifica esta "novela de
novelas" es otra y el título al conjunto, que es el de uno
de los cuentos, la anuncia. El escritor muestra que
más allá de las fronteras del conflicto en España, otros
horrores nacían y crecían en Europa y que la guerra
interior era apenas una prueba, una colaboración con
el cúmulo de impiedades que asolaban el continente.
Las persecuciones y la intolerancia son los grandes
tópicos de estos relatos. Para fabularlos Muñoz Molina
acudió, como confiesa en una nota final, a numerosos
libros que testimonian casos reales; reitera, en
distintos cuentos, historias del exterminio hecho por
los nazis, de las persecuciones organizadas por la
Unión Sovética y hasta se aproxima a los horrores del
Río de la Plata (está el relato de una uruguaya
perseguida, Adriana Seligmann, que se incluye en el
cuento "Dime tu nombre").
Muñoz Molina presta especial atención a "los elegidos"
por antonomasia: los judíos. En el ya citado
"Sacristán", que abre el libro hay, apenas, una
disimulada mención al tema judío. Pero a partir del
segundo relato será este el que predomine como
paradigma deshumanizador. La espera se cierne
aterrorizadora sobre los perseguidos: "Vendrán por ti,
pero no sabes cuándo", se lee en el cuento "Quien
espera". Alguien elige que el otro muera; éste espera
la muerte, pero si no llega se pregunta por qué, quién
ocupó su lugar, a quién sobrevivió. Nunca hay paz,
porque cada uno es todos los inmolados. En el
magistral cuento "Eres", Kafka es Milena que es Primo
Levi que es Walter Benjamin que es Jean Améry que
es... La víctima es una: por eso la responsabilidad es
el nudo principal en este tema.
El caso de Primo Levi, que aparece numerosas veces
en estos cuentos, resulta un ejemplo tan iluminador
como sombrío. Las preguntas se reiteran: por qué este
hombre pacífico, estudioso, sensible, que disfruta
austeramente de unos pocos privilegios, decide un día
de 1943 incorporarse a la resistencia antifascista
armado de un pequeño revólver que duda que funcione
y que igual no sabría utilizar. Por qué cuando es
detenido se reconoce judío, aunque en su laica Turín
natal no profesara la religión ni tuviera ninguna actitud
confesional. En el tren que lo lleva a Auschwitz habla
con una mujer, pero ambos se sienten ya del otro lado
de la vida. Cuando regrese del campo de
concentración no será el mismo. Arrastrará la muerte
casi cuarenta años hasta el suicidio.
¿Responsabilidad, culpa, elección, libertad? El viaje de
la muerte lo mata para siempre: Levi confiesa, durante
su sobrevida, que no puede ver trenes detenidos en
vías muertas. Nunca más el viaje será ilusión.
En "Münzenberg" se trenzan las dos obsesiones del
libro que ahorcan al personaje. Münzenberg pertenece
al partido comunista alemán. Escapa en 1933 cuando
triunfa Hitler. En Francia, en España, donde el partido
lo requiera, organiza la mejor propaganda de sus
ideas. Hombre de empresa, monta editoriales, funda
diarios, ordena congresos y ayudas solidarias. Pero la
Unión Soviética recela de él: no la convencen sus
hábitos burgueses, puede ser al fin de cuentas agente
de Gestapo. Lo mandan llamar de Moscú. Las
versiones divergen. Unos dicen que va, que no es
recibido por los altos miembros del Partido y que lo
dejan salir. Su amigo Arthur Koestler dice en su
Autobiografía que se niega a ir. Cae en desgracia y se
desafilia. En 1940, en la Francia ocupada, ya sin lugar
al que recurrir porque en todos es sospechoso, muere
misteriosamente: ahorcado. Un destino parecido
espera a Heinz Neumann.
Cada historia contiene otra y esta, a su vez, una tercera
hasta el infinito. No son iguales, no son
reproducciones fractales: se agrega un matiz o se
quita un detalle a la anterior; se subrayan los perfiles
cortantes, agudos, siempre dolorosos que dibujan la
geografía del terror. En El jinete polaco Muñoz Molina
mostraba que la cadena de historias era, más que una
línea, una serie de inclusiones, de repeticiones en
abismo. Los cuentos de Sefarad retoman esa
refundición del pasado en el presente: "Qué raro vivir
en los lugares que fueron de los muertos", se lee en
"Münzenberg". "Vuelven los muertos en el insomnio,
los que he olvidado y los que nunca conocí, los que
asaltan la memoria de quien sobrevivió (...) A quién
suplanto yo en la vida, qué destino fue cancelado para
que el mío se cumpliera, por qué fui yo elegido y no
otro." En el cuento "Narva" se atreve a mirar desde el
ojo de los perseguidores.
Entre los movimientos narrativos queda apresado el
lector. Hay artificios secretos en Muñoz Molina que
favorecen este efecto. Los dos primeros párrafos del
cuento "Copenhague" logran pendular desde la
impersonalidad narrativa hasta la intimidad del "yo"
narrador, con instancias intermedias que colectivizan
el relato en nosotros" o generalizan las apreciaciones
usando el muy singular "tú" para narrar: "Si viajas solo
en un tren o caminas por una calle de una ciudad en la
que nadie te conoce no eres nadie: nadie puede
averiguar tu angustia...". El "tú" experimental, al que se
recurre en varios cuentos, simula un diálogo entre el
narrador y el personaje pero al mismo tiempo envuelve
al lector: éste se siente interpelado por el "tú", se pone
en el lugar del personaje y entra en comunicación con
el propio narrador. El juego de distancias y
aproximaciones inquieta, obliga a reflexionar pero al
mismo tiempo somete emocionalmente al lector; lo
sacude de su actitud contemplativa, hiriendo su
responsabilidad; lo acosa poniéndolo en la situación
de víctima o de verdugo.
El otro compromiso se establece cuando el lector
imprime al texto la respiración, el ritmo mismo de la
prosa, mientras lee para adentro. La puntuación de
Muñoz Molina, sin llegar a los extremos de Saramago,
no es dogmática. Una coma puede sustituir a un punto
creando una secuencia que funde fases del relato y
obliga a que el lector haga las pausas y procese la
continuidad. Apelando al "tú" escribe en el cuento
"Quien espera": "Has oído de noche pasos en la
escalera y el corredor que lleva a la puerta de tu casa y
has temido que esta vez vinieran por ti, pero han
cesado antes de llegar o han pasado de largo, y han
sonado en otra puerta los golpes, y el coche que has
oído alejarse más tarde se ha llevado a alguien que
podías haber sido tú, aunque prefieras no creerlo,
aunque te hayas dicho a ti mismo...". La prosa
hipnotiza, cautiva, cuando el lector logra someterla y
someterse a un moroso recorrido de lectura. Nunca,
sin embargo se pone en riesgo la intelección; la
apropiación, por el contrario, permite leer desde un
lugar más íntimo.
Hay muchos juegos más a los que recurre Muñoz
Molina para construir sus relatos. No siempre detrás
de un cuento hay un testimonio, una historia real: a
veces hay la cita de otro texto. El manriqueño "Tan
callando" inspira un cuento. Un juego más complejo
resulta "Oh tú que lo sabías". La cita de Baudelaire
(parte del último verso del soneto "A una mujer que
pasa) que alude al amor imposible, inalcanzable, se
continúa en otro poema de José Emilio Pacheco que
usó como título la primera parte del mismo verso: "O
toi que j`eusse aimé" (Oh tú que yo hubiera amado).
Ambos poemas irrumpen en la historia del judío
inválido que vive la fugaz ilusión del amor en otro viaje
de tren. Todo es un esfuerzo inútil para corregir un
pasado, el que lo condenó a la inmovilidad.
El pasado es incorregible: afirmación o pregunta, los
cuentos de Muñoz Molina no dejan sosiego: "No eres
una sola persona y no tienes una sola historia", le
dicen al lector desde el cuento "Eres". Y esperan que el
lector se responda. *
SEFARAD, de Antonio Muñoz Molina. Alfaguara. Madrid,
2001. Distribuye Santillana. 600 págs.