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ÁLVARO CASAL
Hace algunos días, un añoso eucaliptus existente sobre la avenida Arocena, en Carrasco, se desplomó sobre un auto. La conductora resultó muerta y sus dos hijos, heridos. No es la primera vez que un árbol del ornato público cae y hiere transeúntes o sega vidas dentro de Montevideo. Y lamentablemente, tal vez no sea la última, ya que según la directora de Acondicionamiento Urbano de la Intendencia, hay 22.000 árboles en mal estado en Montevideo. Árboles que, según las eufemísticas expresiones de dicha señora, "presentan algún grado de deterioro y que deberán recibir algún tipo de tratamiento especial para extender su permanencia en las aceras".
A poco del accidente señalado, una pesada columna del alumbrado público cayó también. En un hecho no relacionado con lo del arbolado, la misma colapsó en el Parque Rodó porque ya no estaba en condiciones de continuar de pie en la vía pública. Esta vez por suerte no hubo muertos ni heridos, aunque la resonante caída tuvo sonidos de advertencia y muchos se empezaron a preguntar cuántas columnas habrán culminado su vida útil y pueden estar esperando la hora de proclamarse vencidas.
Continuemos: en la tarde del pasado 6 de febrero, sin previo aviso, un semáforo de una esquina pocitense, quizás carcomida su base por incontables orines caninos o aguas estancadas, se rindió. Como un guardia de la reina de Inglaterra, cayó desmayado luego de hacer su última guiñada lumínica.
Estos episodios llevan a preguntarnos en cuántos órdenes Montevideo está enferma. En cuántos ofrece a sus habitantes peligros indebidos, derivados del descuido, de la omisión, de la incuria. ¿Recuerdan un chico que jugaba, persiguió su pelota y fue tragado por una corriente de agua que pasaba por un gran caño abierto, ofreciendo un riesgo enorme? A veces se trata de hechos que despiertan apenas leve irritación: como la proverbial baldosa floja en un día lluvioso. A veces son cosas serias, como cuando en agosto pasado, un niño de edad escolar cayó de un carro tirado por un caballo y murió. O bien lo ocurrido en julio de 2010 en una curva de la rambla, a la altura del cruce de ésta con la calle Estrázulas, en Malvín. Un sitio ya famoso por los accidentes allí verificados. Accidentes que podrían evitarse con una modificación del asfaltado. Algo que se aguarda desde hace años y que en la fecha citada habría impedido que reiterara su rasgo de centro de la accidentalidad, al provocar una serie de choques múltiples. Todo esto sin insistir demasiado en el tema tan montevideano de los accidentes de tránsito (casi simultáneamente al accidente ya citado, un motociclista moría chocando contra una volqueta). ¿Y qué podemos decir de la realidad de que una eventual epidemia de dengue esté a la vuelta de la esquina?
Hay otros síntomas de enfermedad. No olvidemos el derrumbe del Cilindro Municipal con el que no saben qué hacer. ¿Un poco como ocurría con las piscinas olímpicas de Trouville que el intendente Arana quiso convertir en escuelas de pesca poco antes sepultarlas bajo toneladas de tierra?
Como se puede apreciar, la enfermedad de Montevideo es multifacética y se ha ido acentuando en los últimos años. ¿Es acaso un caso perdido? Cuesta mucho creerlo, cuando la ciudad cuenta con una Intendencia que recauda US$ 1.440.000 por día.








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