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HEBERT GATTO
Voy a comenzar esta nota con dos precisiones que más tarde aclararán su pertinencia. La primera, de carácter general, es que como doctrina, la social democracia se diferencia del socialismo por haber renunciado expresamente a la socialización de los medios de producción, adoptando al capitalismo, si bien reformado, humanizado y tutelado por el Estado. La segunda, de orden local, es que el Frente Amplio uruguayo desarrolla de hecho una política social demócrata acorde al capitalismo del país, sin que por ello, según sus programas, la mayoría de sus componentes renuncien al socialismo.
Valgan estas acotaciones para dar marco a las declaraciones de una figura como el ministro de Desarrollo Social, Daniel Olesker, miembro del Comité Central del Partido Socialista, quien en un extenso reportaje de Búsqueda, ratifica esta dirección ideológica del gobierno. En una visión que resulta esclarecedora en cuanto va más allá de un inventario de sus realizaciones. Para Olesker, esta administración, que dice tiene "una visión más estratégica" que la anterior, está generando "ámbitos de socialización de los resultados económicos", de manera que la economía social "le vaya ganando parcelas al capitalismo".
Tal el procedimiento para, reivindicando la concepción clásica del socialismo como "propiedad social de los medios de producción", seguir ampliando el proceso de "transformación al interior del proceso productivo", con miras al tercer gobierno.
La posición del ministro es la de su propio partido, que promete expresamente la meta socialista. Nos referimos a la denominada "vía social al socialismo" seguida por todos aquellos que sin violentar las formas democráticas durante el proceso, proponen crear en el seno del capitalismo espacios que a través de experiencias puntuales, adelanten el nuevo orden al que aspiran. Lo que supone propiciar experiencias embrionariamente socialistas, tanto en el campo económico -empresas autogestionadas, cogestionadas, cooperativas, etc.-, como en el social -universidades populares, institutos de educación, centros de esparcimiento locales, etc.- cuya progresiva consolidación abriría paso a su generalización.
Estas propuestas, en cuanto se proponen modificar la formación social no única ni primordialmente desde la política sino desde la cultura y la economía, abandonando procedimientos insurreccionales, si bien menos cruentas, resultan ingenuas como camino para sustituir al capitalismo en un mundo globalizado, con un sector financiero sobredimensionado, proletariado en baja e inversores y empresas tan deslocalizadas y móviles, como poco interesadas en el socialismo o las autarquías.
Pero lo más grave de estos socialistas es que ni siquiera son congruentes con la democracia liberal. Plantean erradicar la libertad económica, algo por cierto diferente a la regulación del mercado, porque no admiten que la democracia implica por esencia instituciones, formas y experiencias transitorias, abiertas y cambiantes en todos los campos. Temerosos de la libertad excesiva, apuestan a la sociedad perfecta, aquella que estatuida no admite marcha atrás. Ignoran que no existe un modo de producción que se corresponda a priori con la democracia, por definición indeterminada. Creen, con candor, que pueden señalarle a futuro, el camino a recorrer.
Lo más grave es que ni siquiera son congruentes con la democracia liberal.





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