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FRANCISCO FAIG
En el sopor veraniego, un reciente reportaje a Astori fue de una inusitada contundencia. Afirmó que el Frente Amplio defendió posiciones gravemente equivocadas en tiempos en los que fue oposición política, entre 1985 y 2005, como por ejemplo los ataques a las inversiones privadas. Fueron posiciones de las que se arrepiente hoy, cuando percibe la responsabilidad de ser gobernante.
No por contundentes son conceptos excepcionales. En tiempos de su presidencia, Vázquez reconoció oficialmente el buen rumbo que tomó la salida de la fenomenal crisis de 2002, cuando antes, en plena incertidumbre nacional y como jefe de la oposición, decía de tomar el camino del default. Además, hacia el final de su mandato, tuvo el noble gesto de inaugurar el aeropuerto de Carrasco junto a los ex presidentes, cuando un día sí y otro también, su Frente Amplio en la oposición había denostado de distintas formas todo el proceso que terminó en esa formidable obra.
En estos días también el sociólogo Leal, de filiación frenteamplista, reconoció públicamente que la perspectiva de análisis de la izquierda en temas de seguridad está torpemente contaminada por visiones ideológicas perimidas que impiden entender lo que realmente ocurre en la sociedad actual. Aquello de que "se roba para comer", que responde al relato del tipo "Chueco" Maciel, no es más que un tosco prejuicio.
Hay una parte positiva de este tipo de reconocimientos, y es que el país precisa de una izquierda sensata, socialdemócrata, que actúe con seriedad institucional, que conduzca un gobierno con políticas eficientes, y que deje de entender al mundo desde la lógica amigo-enemigo, en donde los enemigos aparecen menoscabados en su dimensión moral, y son por esencia vendepatrias, entreguistas, oligarcas, y todo ese sinfín de descalificativos que sólo sirven para sosegar el odio del leninismo vernáculo.
Estos fulgurantes y escasos actos de contrición política son signos. Nada más y nada menos. No alcanzan, claro está, para dar un nuevo sentido al irritado mundo del militante de izquierda forjado por décadas de sentencias y simplismos a la Galeano.
Pero hay otra constatación que encoge el alma. No será mencionada por el aquelarre de intelectuales compañeros de ruta de la izquierda, ya que no conviene al objetivo de preservar la herramienta partidaria para mantenerse en el poder.
Se trata de tomar conciencia del enorme daño que ese FA que describe Astori hizo al país en tiempos en que fue oposición. Siempre presto a poner en jaque las reformas del gobierno apelando a la demagogia del miedo al cambio: con los "piratas" inversores en 1992; o con aquellos ridículos argumentos de Vázquez para oponerse a la ley de Ancap en 2003, por ejemplo. Siempre pronto a perjudicar al país con tal de acumular fuerzas disímiles para alcanzar el poder: allí está, entre otras, su histórica negativa a votar en el Parlamento el acuerdo de inversiones con Finlandia que abrió la puerta a la actual UPM.
¡Cuántas generaciones postergadas durante lustros por el freno puesto a las necesarias reformas para la mayor prosperidad del país!
Bienvenidas sean las declaraciones que reconocen errores del pasado. Pero importa también que esta izquierda asuma su terrible responsabilidad. Porque urgida de optar entre su estrategia para llegar al poder o el bienestar nacional privilegió, siempre, su interés partidario.
En la opción entre la lucha por el poder o el bienestar general, eligió siempre buscar el poder.










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