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Ceremonia. La cobertura del premio se equipara a la que recibe la elección de un Papa
JORGE ABBONDANZA
Parece difícil sumar los espacios que ocupa la proximidad del premio Oscar en el circuito de información, pero esa cobertura es torrencial en los medios audiovisuales y en la prensa mundial.
Solo cuando eligen a un Papa o cuando muere Bin Laden se desata una vorágine de datos como la que obtiene Hollywood.
Cuando el comediógrafo Eugene Ionesco escribió Rinocerontes, definió a esa pieza como la metáfora de un contagio. Se basaba en una vieja experiencia personal, cuando presenció en medio del público el paso de una comitiva encabezada por Hitler. La multitud iba enardeciéndose en aclamaciones y aplausos a medida que se acercaba el Führer, y el escritor se propuso resistirse a esa oleada y mantenerse quieto. Pero la fuerza transmisora de esa onda de entusiasmo resultó más poderosa, y él mismo terminó agitando los brazos y gritando. El efecto lo avergonzó y le hizo pensar que la muchedumbre actuaba como una manada de rinocerontes, corriendo en la dirección del ejemplar que va a la cabeza.
Con el Oscar de Hollywood ocurre (salvando las distancias) algo similar, porque el crítico puede formular una cantidad de reparos a los criterios de selección y otorgamiento del premio, pero termina arrastrado por el enorme aparato promocional que lo rodea. También él puede avergonzarse un poco de correr junto a la manada.
Hace décadas, cuando la sociedad de consumo estaba en embrión, los diarios (uruguayos, por ejemplo) dedicaban anualmente al Oscar unos espacios mucho más discretos.
Se publicaba una nota previa con las listas de candidatos, habitualmente el día antes de la ceremonia de entrega del trofeo, y en la noche de esa ceremonia el cronista se quedaba horas junto a la teletipo, esperando el tamborileo de la máquina cuando empezaban a llegar los cables con el nombre de los triunfadores. Aquella era la única velada del año en que los críticos de los matutinos debían trasnochar, para que a la mañana siguiente pudiera publicarse la noticia con el nombre o el título de los premiados. En todo caso, 24 horas después, se agregaba otra nota (de dimensiones moderadas) que añadía algunas consideraciones sobre ese fallo, sobre los antecedentes de los ganadores y sobre el interés de algunos perdedores. Allí terminaba todo.
Pero las cosas han cambiado con la vorágine del consumo y con la impaciencia que provocan en el público los medios audiovisuales y las conquistas electrónicas, que acostumbran a la gente a recibir información inmediata sobre cualquier acontecimiento, no solo cinematográfico, gracias al servicio volador de los satélites.
Ahora no hace falta trasnochar en una sala de teletipos, sino que basta con quedarse en casa frente al televisor para ver la transmisión en directo de la ceremonia de la Academia, incorporándose así a una audiencia planetaria calculada en 1.200 millones de personas, que desde Moscú hasta Sydney o desde Oslo hasta Montevideo también quieren ver cómo el Oscar cambia de mano, cómo desfilan las celebridades en el escenario de Los Angeles y quiénes ocupan las butacas de esa platea atestada de estrellas. Pensándolo bien, el resultado del fallo es lo de menos y quizás interese poco a las masas escasamente enteradas del valor de cada candidato. Lo que atrae es el revuelo mundano, la identificación de las caras famosas, la procesión sobre el caminero de la entrada, la trivialidad de los discursos de agradecimiento, los números musicales que amenizan el sempiterno show.
Después muchos se quejan de que la ceremonia se repite cada doce meses como si la clonaran, pero son pocos los que dejan de verla, arreados por la manada de rinocerontes a la que no es fácil resistirse.
El viejo testigo del fenómeno, a medida que pasan los años, podrá reflexionar sobre otras cosas, como los cambios en el vocabulario que se aplica al acontecimiento, porque antes se hablaba de candidaturas o de competidores, pero ahora se habla de nominaciones y de postulantes, dos palabras incorrectas para el caso que sin embargo alcanzan una aplicación universal, demostrando que los atropellos de la cultura popular son más fuertes que las reglas del idioma o que el manejo del diccionario. Los antepasados (ya difuntos) del Oscar, los que inventaron el premio y presidieron las primeras ceremonias a fines de los años 20, no podían soñar con lo que llegaría a ser el terremoto anual provocado por la Academia que ellos fundaron. Hace ocho décadas, la entrega anual se producía en el salón de un hotel, ni siquiera se divulgaban por radio las listas de candidatos y muchos de ellos concurrían a la reunión con ropa de calle. Qué tiempos aquellos.
De cualquier manera conviene saber que a fin de año la Academia convoca a sus miles de socios para que emitan su primer voto. Los actores votan por actores, los fotógrafos por fotógrafos, y todos votan por películas. Cuando se conocen las listas de candidatos (como ocurrió en estos días) los socios reciben un segundo formulario y vuelven a votar, pero esta vez limitándose a quienes figuran en esas listas. De allí saldrán el 26 de febrero los ganadores, cuya identidad se mantiene celosamente en secreto hasta último momento. A esta altura, el público mundial ya sabe que entre las películas que competirán como mejor film del año figuran dramas, comedias y aventuras, que entre mejores directores ya corre gente de talento como Terrence Malick, Scorsese o Woody Allen, que entre las actrices aparecen mujeres de primer orden como Glenn Close y Meryl Streep. Después cada aficionado apostará por sus favoritos, sin olvidar empero que el Oscar es antojadizo y no siempre recae en los mejores, como puede ocurrir cuando los electores son más de cinco mil personas, que tienen sus gustos y sus fobias. Al fin y al cabo, durante una larga vida, el Oscar nunca encontró la ocasión para premiar como mejor director a individuos de la categoría de Hitchcock, Stanley Kubrick, Robert Altman, Joseph Losey, John Cassavetes, Charles Chaplin o Peter Greenaway. Pero ni siquiera eso empaña la fiesta.










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