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Leonardo Guzmán
Hoy mi nota iba a llamarse "Creo en los Reyes". No por cierto para detenerme yo -republicano convencido- en Juan Carlos y Sofía, suegros de un señor Urdangarín que como Duque de Palma anda dando que hablar por haberse inscripto en la ristra mundial de los vendedores de fama e influencias.
Mi nota habría afirmado que verdaderamente creo en los Reyes, en homenaje a la Magia que les dio apellido a los Monarcas que en la fecha celebramos junto a la Epifanía, el Día de los Niños y los zapatitos. Porque en verdad, querría explicar por qué creo en la magia -sin la cual no hay arte, ni sueños ni proyectos- es decir, no hay hombre pleno.
Pero deberé guardarme los porqués de esa creencia pues, como a todos, me atropelló el Uruguay nuestro de cada día: el pistero acribillado, el asesinato y suicidio de la pareja en Lascano, el doble crimen de feriantes que disputaban un rincón más de miseria informal.
Por todo eso no escribiré sobre las razones por las cuales sostengo que restablecer la imaginación es cuestión de orden público. Y por otra razón: no sería justo callar ante la partida definitiva de Chichita, la señora María Ofelia Pardiñas, alma y sello de La Esmeralda.
Constituyente y Jackson, frente a aquel viejo Telégrafo que, tarifados por palabra, transmitía en dos o tres días mensajes que hoy dan la vuelta al mundo en un instante. Casona que fue de los Guichón, apellido noble del senador batllista que de joven, por alzarse contra la dictadura de Terra, fue herido en Paso Morlán.
Lugar de encuentros; allí íbamos con los inolvidables Rémolo Botto y Walter Bazterrica y un Jorge Pacheco Areco que no soñaba ser diputado y menos Presidente. En sucesivas generaciones, en sus paredes se juntaba la gente del viejo Zorrilla, la del tango, la de Magurno. Y todo quedaba en orden por la mirada y la gestión siempre organizadora de la señora Pardiñas.
El Uruguay pierde un inmenso capital por callar las virtudes de los que se van de la vida entre velatorios apurados y silencios que junto con el féretro entierran los recuerdos, sin dedicarles ni siquiera un murmullo de reflexión. Por esa vía nos tragamos nuestra propia historia, al no elevar los méritos de los luchadores a conceptos y modelos humanos que iluminen el porvenir.
Por eso, haciendo una pausa sobre los temas habituales en esta columna, nos detenemos respetuosos a consignar todo el valor que volcó la personalidad de Chichita al moldear la esquina que se ganó trabajando. Es el valor de una forma profunda de la libertad creadora, que movió y gestó la tradicional empresa nacional con rostro humano. La de Julio Fucito, de Pablo Ferrando, de Andrés Fornio. Y de tantos.
La señora Pardiñas era lo mismo frente a los 25 sandwiches para llevar que ante el buffet que un día se institucionalizó como catering y que ella dirigió personalmente hasta más allá de sus fuerzas físicas.
Y además, era la inquietud por el país y la pasión por el destino de la educación, al punto de cruzar desde su mundo de repostería a la docencia escolar y liceal y así cofundar, con todo éxito, el Colegio Inglés.
Ciudadana, deja marcadas las mesas de su casa de comercio con la tradición del Sorocabana, el Tupí Nambá y el Montevideo, como emblema del reencuentro de los distanciados, espejo de un Uruguay sin lucha de clases, capaz de dialogar sin acusarse y de convertir la queja íntima de unos pocos en los torrentes cívicos que todos ansiamos.





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