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En gira por América Latina, el Premio Nobel turco Orhan Pamuk está de visita en Uruguay, donde participa del lanzamiento de su libro "El novelista ingenuo y el sentimental".
Siguiendo su costumbre, Pamuk está recorriendo el sur de América Latina libreta en mano, tomando apuntes y dibujos sobre todo lo que le llama la atención, el mate incluido. También paseó por la Ciudad Vieja y comió garrapiñada, aunque las carnes nacionales las ha sustituido por el pescado, para cuidarse del colesterol. "Las negociaciones de Turquía con la Comunidad Europea están fallando: los nacionalistas europeos y los nacionalistas turcos, ambos se resisten al ingreso de Turquía. Aparte de eso, los europeos tienen ahora sus propios problemas. Ya no es una urgencia el ingreso de Turquía a la comunidad, desafortunadamente", asegura Pamuk, entre una serie de temas que abarca la siguiente entrevista.
Carlos Reyes
-¿Cuáles son sus primeras impresiones de Uruguay?
-Me gusta caminar por las calles, por los barrios, ir a los puestos de verdura, mirar a los niños jugando en la calle, tomar contacto con la vida diaria. Eso es lo que llevo hecho en Montevideo, porque cada ciudad tiene su ritmo, sus pasos, sus maneras de recorrerla. Estoy sorprendido con la ciudad, y con el mate: hay que ponerlo en un pedestal. Como siempre pasa con esas cosas, más allá del sabor, está todo el ritual que lo acompaña, que es lo más lindo.
-¿Conoce algo de la literatura uruguaya?
-Conozco autores como Onetti, que fue traducido al turco por una editorial muy buena, pero no conozco mucho a las nuevas generaciones, que no es tan fácil seguirlas, pero eso también me pasa con la literatura de mi país.
-Y más en general, ¿qué impresiones se está llevado de América Latina?
-Conocía América Latina a través de Borges, García Márquez, Cortázar, que son mis héroes latinoamericanos. En mi juventud también leí mucho a Carlos Fuentes y a Vargas Llosa, de los que he aprendido mucho. Pero no soy tan inocente como para pensar que con la literatura alcanza para descubrir todo un continente, aunque sí es una buena manera de comenzar a hacerlo. De lo que llevo visto, me gusta de América Latina la vitalidad de su gente, su lado humano, muy disfrutable: y también su enojo de la gente. Me gusta el interés constante en la política que hay en América Latina, el modo directo en que plantean las preguntas, el deseo de hacerse escuchar, si bien soy una persona del terreno de la literatura.
-¿Percibe puntos en común entre Estambul y las ciudades latinoamericanas que está recorriendo?
-Sí, en particular por ser países que llegaron a la independencia y a la modernidad en una etapa temprana, y que también padecieron los problemas económicos, y la dictadura. Hay en la gente un deseo de construir una nueva modernidad, inspirada en la modernidad europea, aunque también luchando frente a la decadencia. Valparaíso, en Chile, me hizo acordar a alguna ciudad de Turquía, rica en la década del 20 y que luego, por razones políticas, empezó a empeorar.
-¿Su literatura fue influida por el realismo mágico?
-En realidad creo que `realismo mágico` es un concepto erróneo para hablar del boom latinoamericano. Borges, por ejemplo, no es mágico, es lógico, es cartesiano. Creo que ese es un concepto romántico acuñado por los norteamericanos, que incurre en una generalización desmedida. La magia de la literatura latinoamericana fue inventada por los norteamericanos. Creo que simplemente ese concepto está vinculado con la imaginación surrealista, y que el surrealismo no es mágico. Pero se buscó una manera dulce de presentarlo, y lo hicieron como `realismo mágico`. Y es una pena que algunos académicos y críticos latinoamericanos lo hayan aceptado.
-¿Ser escritor comporta una forma de poder?
-No, no del tipo político, del que la gente recela. Pero sí el poder de entender a la gente que no es como nosotros, el poder de ver más allá de la vida cotidiana, de una manera profunda. Evidentemente hay toda una tradición de compromiso político en la literatura, que viene de Zola, de Sartre. Hay otro tipo de poder, que deviene de un escritor cuando es famoso. Yo suscribo a ese tipo de compromiso político, aunque no soy un escritor político.
-Quizá han levantado más polémica sus declaraciones que sus libros…
-Sí, la lucha política en mis libros no se expresa atendiendo a la política del día a día, de quién va a ganar las próximas elecciones. Mis motivaciones de alguna manera son menos políticas, están más vinculadas a cosas más misteriosas. Mi gran preocupación es poder encontrar un modo de expresarme, y de recuperar una tradición que se está perdiendo, vinculada al misticismo islámico clásico, historias que recuerdan a Borges, y a Poe. Pero tratando de encarar el estilo de la novela moderna, o posmoderna. Por otro lado, yo sentí de manera muy cercana los conflictos que vivió América Latina en las décadas pasadas. En mi país yo no me involucré tanto en política: mientras mis amigos tenían problemas políticos por lo que escribían, yo estaba escribiendo mis libros de estilo moderno. Los problemas políticos llegaron más tarde en mi vida, y fue por la fama que coseché.
-¿Qué pasos sigue al escribir una novela?
-La mejor parte es cuando aparece la idea para una novela, cosa que me pasa muy seguido. Pero después queda mucho trabajo por delante. Voy tomando apuntes en un cuaderno, barajando la posibilidad que se convierta en novela. Sigo durante años ese proceso, y una parte de mi mente siempre está pendiente en eso. Pienso en muchas novelas mientras voy escribiendo una. Hasta que al final aquella idea madura entre las otras. Y ahí me entra un deseo enorme de escribir esa novela. Soñar con un libro que aún no se ha escrito es como soñar con otro planeta. Hay un deseo muy fuerte por querer ir ahí. La felicidad está en ese otro planeta. Yo escribo porque no soy muy feliz en la vida diaria. Y es un sentimiento muy fuerte la necesidad de escribir esa nueva novela: el deseo de identificarse con su personaje, y ver cómo van cambiando las cosas a medida que uno la escribe.
-¿Le quedan muchas novelas por escribir?
-Sí, sí, y ese es el dilema de envejecer. ¿Debo escribir nuevas novelas o relajarme, y ser feliz y disfrutar de Montevideo? Es un dilema que me hace cuestionar el sentido último de la vida. Preguntarme si mi vida está al servicio de la literatura, o de mi felicidad, aunque lógicamente no son conceptos que tengan que contradecirse.
-¿El éxito tiene su contracara?
-Sí, tengo mucha fama política que no yo quise, guardaespaldas, y enemigos que creen que mis motivaciones van más allá de la literatura. Yo soy una persona del ámbito literario, y por la fama internacional que he adquirido, los políticos me atacan a mí. Y yo no soy de claudicar en mantener mi dignidad.
-¿Le queda algo de la alegría del Nobel?
-Más que felicidad, fue todo un enfrentamiento político. Por supuesto que es una distinción muy importante: cuando la recibí había sido traducido a 46 idiomas, y ahora voy por 61. Tengo muchos lectores, que le debo al Nobel, pero la seriedad y la responsabilidad que conlleva a veces parecen amenazar con ahogar al niño que llevo dentro. Y un novelista siempre debe estar jugando, como juega un niño con sus juguetes, sin preocuparse de las consecuencias de lo que está escribiendo.
Ayer a las 19.30 horas en el centro cultural Punto de Encuentro, del MEC, tuvo lugar una charla entre Pamuk y el público uruguayo, centrada en el flamante libro El novelista ingenuo y el sentimental, editado por Mondadori. "No es un libro teórico, sino un ensayo personal basado en mis experiencias como novelista pero también como lector. No estoy pensando siempre para qué público va dirigido, pero creo que es para gente que escribe, lee y piensa en las novelas".
Así definía Pamuk su reciente obra, ofreciendo además una guía para quienes busquen acercarse al resto de su copiosa literatura. "Si los lectores quieren tomar contacto con una descripción de mi mundo, recomiendo leer Me llamo Rojo. Si quieren saber más sobre las luchas políticas, sobre los kurdos y los turcos, les conviene leer Nieve. Y si quieren conocerme más a mí, Estambul. He escrito 15 libros, pero mi libro que más amo es El libro negro, aunque también creo que Museo de la inocencia fue uno de mis grandes logros", sintetiza el escritor.
Según explica, su literatura se inspira en buena medida en el misticismo islámico y sus valores tradicionales, combinados con una mirada europea y americana. "Yo estaba destinado a ser pintor, y pinté durante muchos años, aunque no estudié pintura en la universidad, ni tampoco literatura. Siento que pintura y literatura están muy vinculadas: la literatura es un arte básicamente visual", remata.






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