Ignacio de Posadas
El poder está en el centro de la vida en sociedad y es el centro de toda organización, de todo gobierno. Precisamente, la vida política (en la polis) del hombre, gira entorno al poder. Necesidad y riesgo, a la vez.
Por su parte, la Democracia es un sistema de convivencia humana, en sociedad, que se basa en la canalización del poder, procurando que sea efectivo pero dentro de límites. Un sistema centenario, fruto de la experiencia (sobre todo de las malas experiencias) del hombre.
A partir de esas experiencias y desde el siglo XVI, encara el dilema del poder sobre ciertas bases: la protección de la libertad del individuo, el principio de igualdad ante la ley, el desarrollo de libertades "menores" (expresión, prensa, asociación, etc.) el mecanismo de decidir por mayorías … todo ello encuadrado en ciertas normas primarias, llamadas constitucionales. Un conjunto que existe en un equilibrio dinámico, imperfecto y relativamente frágil, que requiere de vigilancia constante y correctivos frecuentes, para lo cual, desde Montesquieu, se le ha incorporado la separación de los poderes fundamentales del Estado.
Eso (en envase de muestra) es la Democracia.
Marx nunca creyó en ella y sus seguidores la tildaron de "formal", queriendo significar con ello que carecía de contenido real, que era trucha. Lo verdadero, lo real, eran las fuerzas históricas, materiales, económicas, que determinaban las clases, su lucha, las superestructuras, su destrucción dialéctica y el ejercicio posta del poder.
Gran parte de la izquierda jamás leyó ni entendió a Marx, pero sí se empapó de su versión más simplificada y combativa creada por Lenin, así como de las diversas vulgatas preconizadas por seguidores más o menos próximos.
Así ocurrió en nuestro país: algo a nivel político, encarnado en partidos que hoy luchan por controlar al FA y mucho, muchísimo, a nivel sindical, donde esos mismos partidos han sido más exitosos en la conquista del poder. Del poder sindical primero y, a partir del acceso del Frente al gobierno, del poder, punto.
Ahí no corren los principios e instituciones de la Democracia. Nada de Locke, Mill, Montesquieu u otros burgueses despistados. La población está condenada al atraso porque los sindicatos controlan la enseñanza, la salud pública se deteriora porque nada puede hacerse sin ellos, cunde la mugre en la ciudad, para la actividad financiera y el país estuvo amenazado de sufrir el bochorno de aparecer violando los mismos derechos por los que se sintió violentado tantos años, cuando la prepotencia vino del lado argentino.
En medio de todo esto el gobierno ha perdido casi toda su autoridad, a manos de estas fuerzas, no democráticas, que él y su antecesor prohijaron, alimentaron, manijearon y financiaron.
No debe haber otro caso en la historia de la humanidad de un partido político que entrega una montaña de plata (nuestra) a un sector de la población sin exigir nada, absolutamente nada, a cambio y recibe en vez una negativa frontal de aceptar las más tímidas modificaciones. El FA es el partido político que, en la historia de la humanidad, ha comprado más caro un fracaso.
Del otro lado, porque no son bobos, la mayoría de los dirigentes sindicales han caído en la cuenta que el Presidente no es lo que pensaban; que aquello de "como te digo una cosa…" no era sólo para los giles del Conrad. Pero también se dieron cuenta, que es débil e inoperante. No cumple con los sindicatos como debería, pero es de aflojar. ¿Conclusión? Los sindicatos ven que se les va el tiempo, que si no aprietan, no conseguirán lo que quieren, y ven también que apretar es gratis.
El juego de poder se ha salido de los cauces democráticos. No duele tanto porque lo anestesia y disimula el consumo.
¿Por cuánto tiempo?