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Francisco Faig
Siempre es importante cuando un presidente fija rumbos claros. Mujica lo hizo hace unos días en un reportaje. Insistió sobre las reformas de la educación y del Estado, y sobre los conservadurismos de la sociedad uruguaya y del Frente Amplio.
El problema es que sus saludables declaraciones están divorciadas de los hechos de su gobierno. El tiempo del decir ya pasó; estamos en pleno tiempo del hacer: a veinte meses de haber asumido, hace rato que tendría que haber avanzado decididamente en las reformas que reclama.
Es que las políticas gradualistas que procuran evitar los enfrentamientos con sindicatos y aparatos partidarios ideologizados nos han llevado a un fracaso rotundo. Ya no hay más nada para componer con una izquierda radical que ocupa lugares claves en la interna frenteamplista, que machaca con su prédica perimida, y que está muy lejos de tener un respaldo ciudadano significativo en las urnas. Todos lo sabemos. Pero nadie en la izquierda hace nada.
Después de mucho tiempo, la mano tendida de la oposición en el tema educación sitúa al presidente en una inevitable encrucijada. Si la acepta, el sistema político avanzará decidido frente a los corporativismos que ahogan el desarrollo del país.
Eso implica romper la unidad de acción frenteamplista, cercar a la izquierda radical política y sindical, y estar dispuesto, una vez más, a ponerse el traje de Pacheco porque el conflicto será inevitable. Si la desecha, entonces Mujica seguirá aferrado a su fuerza política y por la senda del fracaso.
¿Qué hará? Los antecedentes sobran: ningún liderazgo de izquierda privilegió la visión de Estado, la autonomía del sistema político y los grandes acuerdos nacionales. Siempre, todos, actuaron en función de la unidad frenteamplista.
Y es ahí cuando Mujica decepciona irremediablemente. Porque la esperanza que traía consigo era que, al final de una vida llena de peripecias personales, habría de ser el hombre de Estado que se precisaba para arremeter contra el conservadurismo izquierdista, cerrar heridas históricas, y encaminar al país en sus tan evidentes como necesarias y postergadas reformas.
Sin embargo, Mujica insiste en ocupar el lugar de aquel que se limita a dar lecciones de filosofía menor. Así, es desde ese lugar que termina cediendo al maniqueísmo ideologizado del izquierdista simplón y a las soluciones colectivas que esconden las ineficiencias de la gestión pública.
Allí están el impuesto a la tierra o la patente única como claros ejemplos de esa actitud acomodaticia, que es prima hermana de la mediocridad de la que se queja.
Allí también, la anulación de hecho de la ley de caducidad que el Frente Amplio terminará votando en estos días, con su explícito apoyo; o las ineptas políticas de educación que son defendidas por jerarcas que tienen su respaldo.
El país de primera, que la mayoría votó, quiere políticas públicas de calidad. Mujica no las da. No toma el toro por las astas. No marca un rumbo decidido y consensuado con la otra mitad del país.
Se queda en la filosofía de café. Y cansa.








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