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El Solís se prepara para presentar desde la semana que viene un programa único con dos grandes óperas: "Cavelleria rusticana" e "I Pagliacci".
Un director de ópera argentino de primer nivel se hará cargo de un espectáculo ambicioso, escenificando dos óperas en una única velada. Se trata de Willy Landin, quien ha destacado en Europa, y en varios países de la región, por sus montajes innovadores, aunque muy atentos a la tradición operística y sus muchos secretos. Ahora el artista dirige por primera vez en Uruguay, un país al que se siente atraído tanto por la tradición musical uruguaya como por el teatro de este país, dado que él, además de trabajar en ópera, dirige también con audacia y éxito espectáculos de teatro. El doble programa irá el jueves 18, viernes 19, sábado 20, lunes 22 y miércoles 24, siempre a las 20 horas. Las entradas están en Red UTS y en la sala, y valen de $ 200 a $ 1990.
CARLOS REYES
-¿Cómo describiría la escenografía de "Cavalleria rusticana"?
-La concepción general es bastante tradicional, pese a que a mí no me gusta mucho esa palabra. Reproduce lo más cinematográficamente posible lo que era un pueblito del sur de Italia, con esas ventanas, flores, perfumes, y la fuerte presencia de la Iglesia. Creo que está muy bien lograda y tiene muchos detalles: lo único que le da un toque más contemporáneo es que el fondo no está pintado, sino que es una proyección del cielo con nubes que van pasando. Eso da un contraste interesante.
-La idea es a su vez marcar un contraste con la puesta de "I Pagliacci".
-Sí. Creo que Cavalleria aceptaba menos ser descontextualizada de su época, en cambio I Pagliacci sí, y por eso está ubicada en los inicios de la televisión. Esa ópera se proponía, en el marco de la corriente verista, poner la vida sobre el escenario, y se me ocurrió que eso tiene que ver bastante con la televisión, y su pretensión de mostrar la vida misma, con cierta crueldad y también cierto sentido del juego. Además, la ópera trabaja con elementos de la comedia del arte, que en su momento era un género muy bastardeado, popular, chabacano, y me parece que también por eso se toca mucho con la televisión. En el prólogo de I Pagliacci, que funciona un poco como manifiesto del verismo, se dice que en el escenario el sufrimiento es verdadero, las lágrimas son verdaderas.
-O sea que la puesta abre cierto juego tecnológico...
-Sí, porque hay unas cámaras que reproducen las viejas cámaras de los canales de televisión, pero que dentro tienen cámaras actuales. Y en una pantalla se va mostrando, por ejemplo, cuando el público va entrando a la sala, que va a ser filmado, aunque no lo sabe. Y también aparecen en pantalla cosas del backstage, como cuando se están maquillando. Creo que eso completa la idea de poner la vida en escena. Además permite, por ejemplo, resaltar a los integrantes del coro, porque cada gesto que hacen puede ser visto en pantalla. Pero sí, todo eso implicó cierta demanda técnica, de incorporar casi un equipo de televisión a la producción, incluyendo cameramen.
-¿Cómo juegan las dos óperas en un único programa?
-Bueno, históricamente estos dos títulos han estado muchas veces forzosamente casados, y estas versiones permiten ver una puesta más tradicional y otra más contemporánea. Ambas se ubican en el sur de Italia, y las dos terminan con muerte. Además de adherir ambas al verismo, comparten también el tema del amor, de cierto triángulo, de los amantes y la transgresión.
-¿Qué hay de extranjero y qué de local en estas dos producciones?
-Estas producciones se hicieron en 2008 en el Teatro Argentino de La Plata, aunque yo ya había hecho I Pagliacci, con este mismo concepto, en 2003 en Santiago de Chile, que ganó el Premio de la Crítica anual como espectáculo. Los técnicos uruguayos lo que han hecho es la puesta a punto, adaptar, y rehacer algunas cosas. Siempre digo que los problemas se resuelven con el recurso humano, que aquí en el Solís es verdaderamente brillante. Acá los técnicos apenas paran para comer, y los he visto trabajar a un ritmo tan vertiginoso que parecía una filmación en avance rápido, y siempre con muy buen humor. También tenemos unos 15 artistas circenses uruguayos, y quedé sorprendido del excelente nivel que tienen. En Chile hay mucha tradición de circo, pero aquí también tienen muy buen nivel.
-Es que la puesta también cambia mucho según la conformación del elenco...
-Claro, en teoría son las mismas producciones, pero el hecho de que sean artistas diferentes, eso las cambia. Porque soy de la idea de trabajar sobre el talento: la mejor forma de trabajar de un director es sacar el talento de los demás. Como director yo les tengo que dar un ámbito cómodo, como una buena caja de joyas para que luzcan esos diamantes. Pero la idea no es imponer ciertas cosas, sino que ellos puedan estar convencidos, que se enamoren de la idea y la hagan propia. Cada intérprete le da un giro distinto, más en estas óperas veristas, donde tiene que ver lo que pasa por el alma del que está actuando.
-¿En ese sentido, las óperas veristas encierran más dificultades?
-Creo que el verismo es muy difícil, porque puede dar una cosa de arquetipo del verismo, de exageración tipo Sarah Bernhardt, y además la propia música puede hacer que ellos tiendan a eso. Entonces hubo que hacer un trabajo bastante teatral con los intérpretes, con el que estoy muy feliz. Fueron muchas horas, pero de disfrute.
-¿Y hoy en día, esas lágrimas de la ópera, siguen siendo verdaderas?
-Voy a contestar con una frase de Artaud, que planteaba una paradoja: no hay nada más teatral que la ópera. Porque nada es real en teatro, y no debería serlo. A veces me toca entrenar actores, y cuando alguien dice que no puede hacer algo, yo le explico que si tuviera que hacer de elefante, y le saliera tan, tan bien, que fuera un elefante, no tendría gracia. El tema es ver cómo, desde un lugar artístico, hacer de elefante, sabiendo que no se es.
-Usted también es director de teatro. ¿Qué diferencias hay para el intérprete entre trabajar en ópera o en teatro?
-Un actor de teatro tiene mayor libertad: de hecho, las funciones de teatro varían en el tiempo, hasta 15 minutos más. En teatro, un actor se puede concentrar más. Al cantante, la colocación escénica ya se la da la música. Voy a un ejemplo extremo: en una situación de mucha angustia (que puede haber, y muchísimas, en una ópera), el cantante no se puede angustiar al punto que le afecte vocalmente. Entonces, siempre hay una distancia, casi brechtiana, del cantante. El actor de teatro se volvería loco si tuviera que hacer como el cantante, que tiene que estar atendiendo a las indicaciones, al monitor y a los compañeros, todo a la vez.
-¿Cómo ve usted la relación entre la ópera y los grandes capitales que parece demandar?
-Es complicado, y yo soy un poco raro con mis opiniones, pero bueno. La ópera es muy complicada de hacer, y lamentablemente requiere capitales. El eterno dilema es si puede ser sustentable o no, y creo que la verdad es que no puede ser sustentable, eso en cualquier parte del mundo. Lo que se puede es amortizar. Hacer ópera se tiene que ver como una inversión, programando de alguna manera para que ese dinero no se pierda o no quede en un ámbito cerrado. Esa inversión tiene que generar repercusiones de distinto tipo, ya sea en la ciudad donde se hace, ya sea creando escuela, apostando a futuro. Es como echar semillas en la tierra.
"La ópera requiere de mucho dinero y creo que no puede ser sustentable", afirma.
Willy Landin nació en Mar del Plata en 1965, pero desde los seis meses vivió en Buenos Aires, una ciudad que cuando él era joven le ofreció una buena formación artística, egresando del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, como director de escena y escenógrafo.
Antes de ópera hizo un poco de todo, desde actuación hasta acrobacia. "Eran tiempos en los que no había computadoras, y eso nos obligaba a buscar mucho la información, y traducir nosotros las cosas. De hecho, yo no fui a colegio bilingüe, pero por formación, y por búsqueda, hoy hablo cinco idiomas", comenta.
Su carrera internacional se inicia en 1993, convocado como régisseur colaborador por el Teatro Comunale di Firenze. Desde esa fecha ha trabajado, entre otros, en los teatros La Fenice de Venecia, Ópera de Roma, Carlo Felice de Génova), Prinzregententheater de Munich, Auditorium de Dijon (Francia) y Teatro Real de Madrid (España).
Entre los hitos de su carrera se encuentra Antonio y Cleopatra, realizado con Anna Bonaiuto (la protagonista del film Il postino). También dirigió a Gérard Depardieu e Isabella Rosellini en el Teatro San Carlo de Nápoles. Actualmente en Buenos Aires está en cartel su versión de El burgués gentilhombre, protagonizada por Enrique Pinti.










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