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Francisco Faig
El reciente triunfo de la selección de fútbol mostró cómo la excelencia, la apertura, el esfuerzo y el profesionalismo dan sus frutos. Sin embargo, son todas cualidades muy circunscritas a islas de éxito en el país. Porque no hay una pedagogía política que traduzca ese talante a una actitud general.
El uruguayo ha mejorado su ingreso en estos años, en general, sin sufrir grandes complicaciones ni cambios. Ha entendido el beneficio como si fuera un derecho adquirido, reivindicado con éxito gracias a la acción del gobierno de izquierda. No asume que tenga que cambiar radicalmente para sostener su prosperidad, ni cree que el Frente Amplio conduzca al país desde el más profundo conformismo conservador.
En aras de la unidad de la izquierda, poco le importa que se atiendan propuestas ineficientes -el frigorífico nacional o el nuevo impuesto a la tierra, por ejemplo-; que nunca se abracen fielmente los valores de la socialdemocracia; que se justifiquen regímenes populistas; o que se reivindiquen autonomías de corporativismos casi fascistas (como en el caso de la enseñanza).
Se acepta sin grandes quejas el principio general e irrestricto que retoma con la vieja tradición de los años cincuenta del clientelismo exacerbado en tiempos de bonanza. Se admite que el formidable gasto público transforme al Estado en una agencia de colocaciones frenteamplista, en donde no haya compañero que pueda quedar tirado, como lo ilustra la reciente pseudo- salida de Buonomo de Economía (ahora con oficina en presidencia).
Así, el partido de gobierno se regodea en su uruguayidad conformista; administra sin ambiciones la prosperidad económica; retoza perezoso mientras se mira al espejo del pasado idealizado.
Desde este convencimiento tranquilo, Vázquez cerró una alianza tácita con los comunistas para allanar el camino de su reelección presidencial interna. Como con el proceso que condujo a Mujica a su candidatura en 2009, una vez más el liderazgo electoral se alinea al aparato frenteamplista. La acumulación de fuerzas estará antes que cualquier debate de fondo de políticas públicas. Las diferencias se difuminarán tras el objetivo de permanecer en el poder. No habrá reestructura que comprometa la unidad del Frente Amplio. No se pondrá en entredicho el papel de las bases dominadas por los ideologizados militantes izquierdistas.
En la izquierda no hay liderazgos. Hay sí, conductores conducidos que ratifican los lugares comunes, prejuicios y certezas de un Frente Amplio que se niega una y otra vez a cualquier proceso que lo lleve a poner en tela de juicio sus arrebañados esquemas de entendimiento del mundo.
Sin embargo, no habrá país de primera siempre que la izquierda, como partido de gobierno, siga evitando su modernización. Desde el pragmatismo del ejercicio del poder, las izquierdas gobernantes de los años ochenta en España o en Francia, por ejemplo, terminaron con la ideologización estéril y mejoraron radicalmente la gestión del Estado. Claro, para conducir esos procesos, estaban los Felipe González y los Mitterrand.








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