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Antonio Mercader
Hace pocas semanas acerté a estar en Madrid y Lisboa en día de elecciones. En España se elegían autoridades de comunidades autonómicas y municipios; en Portugal se votaba un nuevo gobierno. En ambos casos se impuso ampliamente la derecha: en el primero, el Partido Popular liderado por Mariano Rajoy; en el segundo, el Partido Social Demócrata, conducido por Pedro Passos Coelho, ya designado primer ministro.
Es innegable que la crisis económica que padecen ambos países pesó en los resultados, pero también es cierto que las votaciones en la península ibérica confirman el giro de Europa a la derecha. Ahí está Francia, tradicional bastión de la izquierda, con 15 años de gobiernos de derecha; Alemania, en donde la centro-derecha lleva 6 años en el poder al igual que en Suecia; Inglaterra, que registra el reciente ascenso de los conservadores al gobierno; Italia, en donde la derecha sigue gobernando pese a los dislates de su jefe. Sólo en 5 de los 27 miembros de la Unión Europea manda la izquierda.
España y Portugal prueban que la gente le pasó la factura a sendos gobiernos socialistas desgastados, despistados ante el colapso de 2008 y obligados a aplicar medidas de ajuste. Pero más allá de ese estado de ánimo coyuntural, lo sorprendente en los dos procesos electorales que presencié fue la escasa gravitación de la ideología en el discurso de los candidatos y en el interés del electorado. Tanto en España como en Portugal, los votantes querían saber de soluciones y no que les leyeran una cartilla de principios.
Si bien empobreció el debate, esa tendencia reflejó la situación de una izquierda europea que ya no acumula votos escribiendo proclamas de buenas intenciones y poniendo el acento en la distribución. Quedó en evidencia que mientras la economía crece y reina la prosperidad, la izquierda sabe repartir rentas y ganar elecciones, pero que se queda sin respuestas cuando llegan los tiempos de vacas flacas. La derecha, por su parte, se hace fuerte en esos momentos difíciles con propuestas tan sencillas como una administración eficiente, políticas promercado y menos intervención del Estado, así como con su promesa de premiar los méritos individuales antes que fomentar el igualitarismo a ultranza.
No sé si estas líneas de la actual política europea son extrapolables o si su potabilidad, como los buenos vinos, decae al cruzar la línea ecuatorial, como decía con gracia Wilson Ferreira. Lo que sí sé es que la izquierda viene gobernando en Uruguay como si estuviera segura de que los presentes vientos de bonanza jamás amainarán, con la misma actitud de esas naciones que después de integrarse a la UE se sintieron invulnerables, aumentaron su propensión al gasto y, como la cigarra de la fábula, se rifaron alegremente el futuro.
El segundo gobierno del Frente Amplio, corroído por su rumbo errático, sus disonancias internas y la autocomplacencia de sus cuadros debería tomar nota de lo que pasa en Europa y poner las barbas en remojo. La oposición, en tanto, lo que debe hacer es no renunciar a sus propias ideas y prepararse para gobernar cuando llegue la crisis.








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