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Hebert Gatto
La memoria de los acontecimientos no es su historia, del mismo modo que ésta no es su memoria. La memoria es vivencia de sucesos, recuerdos recogidos, con la doble subjetividad que ello implica; la historia, a su vez, es memoria de memorias, mediada por un objetivo, un método y una sensibilidad crítica. Menos parcial cuanto más la diversidad de sus fuentes lo permita. Por eso, si no es bueno confundirlas, aún peor es negar su relación, omitiendo que sin recuerdos la historiografía no tiene existencia o si la tiene es de tan baja densidad como la vida del hombre en el Paleolítico, hecha de testimonios mudos.
Valgan estas obvias aclaraciones para destacar la importancia del último libro de Leonardo Haberkorn, sobre "Milicos y Tupas", que parece haber desatado una minitormenta intelectual entre sus entusiastas -cinco ediciones en pocas semanas- y sus furiosos detractores, concentrados en denostarlo. Se trata de una investigación periodística, que continuando la igualmente exitosa "Historias tupamaras" (2008), también del mismo autor, incursiona, mediante los testimonios de dos guerrilleros y un militar en los intrincados sucesos de 1971/72, vistos por sus relatores desde el cuartel de artillería Nº1, conocido como "La Paloma". Es obvio por tanto, que no se trata de un libro de historia, aun acotado y parcial, como Haberkorn aclara en su introducción, sino de una recopilación de memorias que recoge recuerdos de un carcelero, el entonces capitán Luis Agosto, y de dos de sus prisioneros, el profesor Armando Miraldi y el hoy contador Carlos Koncke, a lo que suma tarea investigativa de su autor y testimonios complementarios, entre ellos los de los tupamaros Henry Engler y Carlos Liscano.
La obra escrita por un periodista que conoce su oficio, dotado de objetividad y valentía comete un pecado de concepción que el Uruguay de hoy no puede admitir: desafiar la historia oficial al servirse de testimonios que así lo hacen. Nos referimos a la historia promovida desde el Estado, investigada con sus medios por la Universidad de la República y sus facultades, valiéndose de sus funcionarios que han escrito lo que es correcto decir sobre los tupamaros: muchachos virtuosos que motivados por la democracia y los derechos humanos, a cuyo defensa dedicaron sus vidas, se levantaron contra la dictadura del Sr. Pacheco Areco, siniestro tirano instigado por los partidos tradicionales.
Este relato, avalado por investigaciones apoyadas en los augustos saberes del Estado es reputado como inobjetable. Tanto más cuanto sus protagonistas hoy gobiernan el país. Prueba de modo definitivo cuan acertada estuvo la izquierda que acaudilló la insurgencia contra un Estado carcomido por el autoritarismo y la corrupción. Rebelaarse contra esa historia, es tan irreverente como ensombrecer su victoria, razón por la cual cualquier recuerdo que la niegue debe ser desalentado. Atenta contra la nación y su visión del pasado y desafina con la tradición libertaria, permeada de heroísmo y sacrificio, que ha conquistado la guerrilla. Afortunadamente, cada vez cuenta con más adeptos y gana mayor veracidad. Lo demuestra Ban Ki Moon, secretario general de las Naciones Unidas que la repite a la letra. Muy pronto, acalladas las últimas disidencias, devendrá en adenda oficial a la Historia de H.D.








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