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Francisco Faig
El Frente Amplio traicionó su discurso de izquierda clásico con el ejercicio del gobierno.
Las políticas públicas frenteamplistas se divorciaron de la prédica del pasado. A veces, tienen énfasis socialdemócrata; otras, son corporativas; casi siempre, muy ineficientes, como en salud, vivienda, educación o seguridad.
Pero de izquierda, solo quedan los símbolos, las liturgias y alguna propuesta trasnochada (casi siempre del partido comunista).
El papel del mercado definido en los noventa es aceptado: allí está, como ilustración, la bonanza en el campo, que se apoya en las políticas gestadas en el gobierno del Partido Nacional (como no cesa de demostrarlo con brío Julio Preve en el suplemento de Economía de los lunes).
Participación pública y privada, estímulo a las inversiones extranjeras, acuerdos con organismos multilaterales de crédito y rumbo económico sin grandes rupturas con el fijado en los noventa, conviven con el tardío reconocimiento de Vázquez a la excelente presidencia de Lacalle, con medidas de represión que se asemejan a las viejas razzias, o con el desgobierno corporativo de la enseñanza.
Todo esto de izquierda no tiene nada.
Sin embargo, en el momento en que los gobiernos frenteamplistas viven la derrota intelectual y política de su prédica izquierdista, apareció en la última convención blanca la tentación de reivindicar un polo de izquierda nacionalista.
Pensar en recrear un polo de izquierda blanco es pensar desde la nostalgia. Porque es una reivindicación que parece no percibir a cabalidad que los debates del futuro no pasarán más por la lógica legitimante izquierda- derecha del pasado. La cuestión no es levantar banderas nacionalistas y cepalinas de los sesenta.
Eso es leer la política con los lentes de mediados del siglo XX. El camino es otro.
El país tiene hoy 12.000 dólares per cápita y si el viento internacional sigue así, es posible pensar que alcance los 17.000 dólares en 2014. A esto se sumará una pobreza en descenso que seguramente mejorará al histórico y bajo porcentaje de 1995.
Los problemas del país no serán, por tanto, los de 2003 ni los de 1990. Nadie que aspire seriamente a gobernar en el futuro podrá poner en tela de juicio las condiciones estructurales que aseguraron la bonanza económica y que son contrarias a lo que decía la izquierda en los noventa.
La ciudadanía exigirá políticas públicas de calidad en temas que no se planteaban antes con tanto énfasis: medio ambiente, tipo de inversiones, condiciones de trabajo, educación, salud, seguridad.
Y la respuesta ha de ser exigente en las soluciones concretas, estudiadas y posibles, con gabinetes en las sombras más que con posicionamientos ideológicos que suenan añejos.
Es desde la profundización del sentido liberal y republicano de nuestras instituciones, agobiadas de tanto populismo frenteamplista, que se responderá al imperativo de forjar la alteridad al gobierno.
Y es desde allí también, que se encontrarán las respuestas que renueven la propuesta nacionalista a futuro.







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