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Divisiones. La identidad nacional creada durante las protestas empieza a desaparecer
¿Te interesa esta noticia?BEIRUT | THE NEW YORK TIMES
Las revoluciones y revueltas en el mundo árabe, que se desarrollaron en pocos meses a lo largo de dos continentes, han constituido motivo de inspiración para muchos, debido a que ofrecen un nuevo sentimiento de identidad nacional construido de acuerdo con el concepto de ciudadanía.
Sin embargo, en las últimas semanas, el espectro de las divisiones -religión en Egipto, fundamentalismo en Túnez, sectas en Siria y Bahréin, y clanes en Libia- amenaza a las revueltas que parecieron traer la promesa de resolver cuestiones que han marcado al mundo árabe desde la era del colonialismo.
Desde los fétidos callejones de Imbaba, el barrio de El Cairo donde musulmanes y cristianos libraron batallas callejeras, hasta las zonas rurales de Siria, donde una represión mortal suscitó temores de revanchismo sectario, la cuestión de la identidad puede ayudar a determinar si la Primavera Árabe florece o se marchita. ¿Las revueltas pueden encontrar una alternativa para lidiar con la diversidad de clanes, sectas, etnias y religiones del mundo árabe?
Los viejos ejemplos han sido, en gran medida, un fracaso: gobiernos de hombres fuertes en Egipto, Siria, Libia y Yemen; un equilibrio frágil de comunidades divididas en Líbano e Irak; el paternalismo represor en el Golfo Pérsico, donde los ingresos del petróleo son usados para comprar lealtad.
"Creo que de alguna manera, aunque sea distante, las revoluciones tienen la esperanza de rescatar el sentido de identidad nacional", dijo Sadiq Al Azm, un prominente intelectual sirio que reside en Beirut. "De otra manera, los costos serían la desintegración, el conflicto y la guerra civil", afirmó. "Eso estaba muy claro en Irak".
En el arco de revueltas y revoluciones, la idea más amplia de ciudadanía es puesta a prueba a medida que el silencio impuesto por la represión cede el lugar a la cacofonía de la diversidad. Seguridad y estabilidad fueron la justificación que los gobernantes del mundo árabe ofrecieron para llevar a cabo la represión, con frecuencia, con el visto bueno de EE.UU. La esencia de las protestas de la Primavera Árabe es que la gente puede imaginar alternativas.
Pero, hasta los militantes admiten que la región no tiene un modelo que englobe la diversidad y la tolerancia sin separarse a lo largo de identidades que dividen. En Túnez, un país relativamente homogéneo con una población que tiene buen nivel de educación, las divisiones han surgido entre las poblaciones costeras más seculares y el interior más religioso y tradicional.
Las tensiones estremecieron a la naciente revolución este mes cuando un ex ministro interino del Interior, Farhat Rajhi, sugirió en una entrevista online que la elite costera, que predomina desde hace tiempo en el gobierno, nunca aceptaría una victoria electoral del partido islamista tunecino Ennahda, que tienen la mayor parte de su apoyo en el interior del país.
"La política ha estado en manos de los habitantes de la costa desde el comienzo de Túnez", dijo Rajhi. "Si la situación se revirtiera ahora, no estarían dispuestos a ceder el poder". Advirtió que los jerarcas del antiguo gobierno ya estaban preparando un golpe para el caso de que los islamistas triunfen en las elecciones, en julio.
En respuesta, los manifestantes retornaron a las calles de la capital de Túnez la semana pasada, para cuatro días de protestas en las que reclamaron una nueva revolución. La Policía los reprimió, detuvo a más de 200 e impuso el toque de queda en la ciudad.
En El Cairo, la sensación de identidad que surgió en el momento de la revuelta -cuando cientos de miles de personas de todos los credos celebraron en la Plaza Tahrir el hecho de ser egipcios- ha dado lugar a una semana de violencia religiosa que enfrentó a la minoría copta cristiana contra los musulmanes, lo que reflejó tensiones que se acumularon durante largo tiempo, que un Estado autoritario pudo haber silenciado o dejado que supuraran.
En una concentración realizada en la Plaza Tahrir, para encontrar a la unidad, los cristianos coptos estuvieron notoriamente ausentes. Miles de ellos se reunieron en un acto propio, en una zona cercana. Aun entre algunos musulmanes que participaron del acto por la unidad, hubo notorias sospechas.
"Como musulmanes, nuestros jeques siempre nos dicen que seamos buenos con los cristianos, pero no creemos que eso pase del otro lado", dijo Ibrahim Sakr, de 56 años, profesor de química, quien aseveró que los cristianos coptos, que representan alrededor del 10% de la población, todavía se consideran a sí mismos como "los egipcios originales", debido a que su presencias es anterior al Islam.
MIEDO. En Libia, quienes apoyan a Muamar Gadafi reconocen que su gobierno se asienta en los temores de rivalidades entre los clanes y la posible partición, en un país marcado por profundas diferencias regionales.
Las autoridades sostienen que los grandes clanes extendidos por el Oeste -que contribuyen con la mayor parte de los soldados de Gadafi-, nunca aceptarán una revolución que surge del Este, sin importar las promesas que los rebeldes hacen sobre la ciudadanía universal en una Libia democrática, con su capital aún en la ciudad occidental de Trípoli. Los rebeldes dicen que la revolución puede forjar una nueva identidad.
"Gadafi ve a Libia como Oeste, Este, Norte y Sur", indicó Jadella Shalwee, un libio oriundo de Tobruk, que visitó la Plaza Tahrir la semana pasada, en una suerte de peregrinación. "Pero, esta revuelta canceló todo eso. Se trata de un nuevo comienzo", dijo antes de afirmar que solo "sus primos y familiares", apoyan a Gadafi.
"Eso es miedo", afirma el director del Centro Ahram de Estudios Políticos y Estratégicos, Gamal Abdel Gawad, quien señala que esa es la manera como los autócratas ganan apoyo, porque la gente "está más asustada aun de sus propios compatriotas".
En ningún lugar eso es más cierto que en Siria, donde se ha producido una arrolladora revuelta contra cuatro décadas de gobierno por parte de una familia y ha empeorado la tensión entre la mayoría musulmana sunita y las minorías cristiana y musulmana heterodoxa, los alawitas. Mohsen, un joven alawita de Siria, recordó un cántico que cree fue entonado por algunos de los que protestaron: "Los cristianos a Beirut y los alawitas al féretro".
"Cada semana que transcurre, empeoran los sentimientos sectarios", lamentó, en un diálogo desde Damasco.
ESPERANZA. El ejemplo de Irak surge con frecuencia en conversaciones en Damasco, así como la guerra civil en Líbano. La partida de los judíos, que en otros tiempos formaron una comunidad vibrante en Siria, permanece como parte de la memoria colectiva, ilustrando las tenues características de la diversidad. El gobierno ostensiblemente secular de Siria, que siempre ha dependido de la fuerza de los alawitas, denuncia la perspectiva de diferencias sectarias mientras -según señalan los opositores- alimenta las llamas. La fórmula expresada con frecuencia ya resulta familiar: después de nosotros, el diluvio. "Mis amigos alawitas quieren que yo apoye al régimen", indicó Mohsen, el joven alawita que vive en Damasco, quien pidió que solo se le identificara por su primer nombre, debido a que teme represalias. "Mis amigos sunitas quieren que esté en contra del régimen, pero me siento en conflicto. Queremos libertad, pero libertad con estabilidad y seguridad. El hecho de que mencione las mismas ideas de años de autoritarismo árabe, sugiere que la gente todavía está, según señala un militante por los derechos humanos, "rehén de la falta de posibilidades", en Estados que, con escasas excepciones, no han podido impulsar un sentimiento propio que trascienda a las numerosas divisiones.
"Eso se convirtió en un mito que se autoalimentaba", dijo Azm. "La opción era nuestra ley marcial o la ley marcial de los islamistas. La tercera opción era dividir al país en etnias, sectas y otros grupos similares".
Pese a la ola de represión, persecución y guerra civil, la esperanza y el optimismo todavía predominan en la región, aun en lugares como Siria. Allí, los habitantes hablan con frecuencia del derrumbe de un muro de miedo. A lo largo del mundo árabe existe una renovada sensación de destino colectivo que es un eco de los días más embriagadores del nacionalismo árabe de los años `50 y `60 y quizás lo trascienda.
En su reciente discurso sobre los cambios en el mundo árabe, el presidente Barack Obama se refirió directamente a ese sentimiento. "Las divisiones de tribus, etnias y sectas religiosas fueron manipuladas como medio de mantenerse en el poder o de privárselo a otros. Pero, los hechos de los últimos seis meses nos muestran que las estrategias de la represión y las estrategias de desviar, ya no funcionan", afirmó.
RECLAMO. No menos pronunciados son los viejos temores de una suma cero de poder, donde un lado gana y el otro inevitablemente pierde. Tanto los cristianos coptos en El Cairo como los agricultores alawitas en Siria, enfocan las discusiones sobre el futuro en términos de sobrevivencia. Las diferencias en Líbano, un país que celebra y lamenta la diversidad de sus 18 comunidades religiosas, son tan pronunciadas, que hasta los clubes de fútbol tienen una afiliación sectaria.
En Beirut, dañada por una guerra y hasta ahora protegida de los vientos de cambio, los militantes han realizado una sentada durante dos meses, reclamando algo diferente, en un clamor que resuena a lo largo del mundo árabe.
Quienes protestan, expresan un reclamo directo: ciudadanía que una y no divida.
"Todavía no somos `nosotros`", se queja Tony Daoud, uno de los militantes. "¿Qué significado tiene cuando nos referimos a `nosotros`? ¿Nosotros como qué? ¿Cómo religión, como secta, como seres humanos?".








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