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Barack Obama tuvo una semana, casi, de vacaciones. Empezó el lunes visitando Irlanda. Y más allá de sus encuentros protocolares con las autoridades, su día lunes se centró en conocer la pequeña ciudad de Moneygall, situada a unos 130 kilómetros de Dublín y habitada por apenas 300 personas. De allí salieron sus tatarabuelos maternos. Saludó a la pequeña multitud que lo recibió con euforia casi uno por uno. Y hasta le dio tiempo para tomarse en un emblemático pub del lugar una cerveza junto con su mujer. El martes ya amaneció en Gran Bretaña, y lo hizo en el palacio de Buckingham. La propia reina agasajó al invitado que conoció al flamante matrimonio real. También jugó al ping-pong con David Cameron, a quien le prometió, el miércoles, más "cooperación". El jueves en Francia su tiempo lo acaparó la cumbre del G8, en la que anunció ayudas millonarias para los países que protagonizan la Primavera Árabe y exigió la renuncia de Gadafi y de Asad. Su gira culminó ayer: en Polonia, donde rindió homenaje a las víctimas del Gueto de Varsovia y firmó acuerdos militares.








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