LETICIA COSTA DELGADO
Asociaciones que agrupan a diabéticos advierten problemas en el acceso a varios tipos de insulinas, que llevan incluso a que haya pacientes que no las reciben. Reclaman normas claras y mayor flexibilidad.
A Mateo le diagnosticaron diabetes en junio de 2009, tenía siete años. "Me di cuenta porque iba mucho al baño y tomaba mucha agua", recuerda Mónica, su mamá. En la mutualista desestimaban que tuviera diabetes. "Me dijeron que le iban a hacer exámenes de sangre y de orina pero yo pedí que le hicieran el hemoglucotest, por unos folletos que había leído", rememora sobre el test que mide los valores de glucosa en sangre.
Los síntomas que tuvo Mateo pueden sumarse a otros como el hambre constante, la pérdida de peso, los trastornos visuales y el cansancio. Su manifestación responde a que el cuerpo no produce suficiente insulina, hormona que regula el nivel de azúcar en la sangre. De no controlarse, la concentración de glucosa puede derivar en lesiones en el riñón, los vasos sanguíneos, la visión y las articulaciones, entre otras complicaciones.
La última encuesta de prevalencia de la diabetes en Uruguay, elaborada en 2004, indicó que el 8% de la población tenía diabetes. Esto es, más de 260.000 personas. Entre ellos, se estima que el 10% sufre diabetes tipo 1 y, como Mateo, deben suministrarse insulina de forma inyectable para sustituir el trabajo del páncreas.
El tratamiento convencional se basa en dos tipos de insulina conocidas como NPH y Cristalina. "Nosotros empezamos el tratamiento con esas", recuerda Mónica, pero en junio de 2010 su hijo comenzó a sufrir episodios de hipoglicemia, descensos desmedidos en el nivel de azúcar tras recibir la insulina inyectable.
Frente a su problema, el médico le recomendó probar con los llamados análogos de insulina, en particular con la conocida como "insulina ultra rápida", una variante que demora menos tiempo en actuar y presenta menos riesgos de hipoglicemias. Pero la mutualista no se la facilitó en un principio, dijo. Durante cuatro meses, hasta que logró que se la vendieran como un medicamento más, debió comprarla de forma particular. Cada caja vale unos $ 5.700 y contiene dosis para un mes y medio.
Mónica forma parte de la Fundación Diabetes Uruguay, que nuclea a unos 200 jóvenes y padres de niños con diabetes tipo 1. Gisele Monsegui, madre de un niño diabético y vocera del grupo, informó que la asociación reclama criterios comunes a todos los centros de salud para el acceso a este tipo de insulinas. En la mutualista de Gisele pasaron de venderle cinco ampollas por el precio de un tique, a venderle dos.
Para Gustavo Giachetto, director del Programa Nacional de Atención a la Niñez del Ministerio de Salud Pública (MSP) el tema es complejo y va más allá de un problema de recursos o de mala voluntad de mutualistas o médicos. "No es que todos los tratamientos tengan que estar disponibles para el 100% de los pacientes", considera el jerarca. "El tratamiento es algo que se negocia entre el paciente y el equipo de salud. Es complejo", agrega.
Las prestaciones que cada centro de salud está obligado a ofrecer forman parte del Plan Integral de Atención en Salud (PIAS), actualmente a revisión del MSP. El tema, según Giachetto, será considerado al reelaborar los convenios con hospitales y mutualistas.
PROTOCOLOS. Más allá de las insulinas ultra rápidas, todos los pacientes insulinodependientes en Uruguay tienen acceso a las llamadas insulinas ultralentas, o análogos de acción prolongada. Las mismas son facilitadas por el Fondo Nacional de Recursos de forma gratuita, siempre y cuando se cumpla con una serie de requisitos técnicos. Requisitos, que según Virginia García, presidente del consejo técnico asesor de la Asociación de Diabéticos del Uruguay, dejan fuera a muchos pacientes. "Me ha pasado con personas de edad, con las que me quedaría más tranquila con una dosis de un análogo pero me restringe el protocolo", admite García, médica internista y diabetóloga.
Algo similar ocurre con pacientes diabéticos venidos desde el exterior sujetos a planes con este tipo de insulinas, quienes al no entrar dentro del protocolo enfrentan dificultades para continuar su tratamiento. La ADU trabaja en un protocolo alternativo para elevar al MSP, donde sugerirán criterios más amplios para el acceso a este tipo de insulinas.
El MSP, por su parte, encomendó a un equipo de expertos en Diabetología el diseño de un proyecto que detalle cuáles serían los mejores esquemas de insulinización para cada tipo de pacientes. La médica Laura Pardo, encargada de la Policlínica de Referencia del Hospital Pereira Rossell e integrante del equipo, considera que lo ideal es suministrar las insulinas que ofrece el FNR combinadas con las que suministran las mutualistas.
"De todo lo que dice la bibliografía, el mejor esquema de insulinización sería el que se asemeja a lo que se produce en el cuerpo. Por lo tanto serían las insulinas de acción prolongada y las ultra rápidas", afirma Pardo, pediatra y fundadora de la Unidad Diabetes del Hospital Pereira Rossell.
De todas formas, este tipo de tratamientos, según Pardo, son exigentes porque demandan una mayor atención a qué tipo de alimentos se ingieren y cuánta insulina debe suministrarse en cada caso. Por lo tanto, exigen atención a los pacientes y a los especialistas.
Esta semana una madre se comunicó desde el Chuy con la Fundación Diabetes Uruguay porque su hijo recibía las insulinas pero no sabía cómo contar los carbohidratos de los alimentos, y por lo tanto no le daban el resultado esperado.
Para Pardo, es esencial que los centros de salud tengan equipos integrados por nutricionistas y médicos de distintas especialidades para informar mejor a las familias. Su aspiración es replicar la experiencia de la Unidad Diabetes hacia a otros centros de salud del interior del país.