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Francisco Faig
El senado frenteamplista crujió con la votación de la anulación de la ley de caducidad. Nin Novoa no estuvo; Jorge Saravia no votó; Fernández Huidobro renunció; y Astori, luego de votar, insiste en la inconveniencia del camino tomado.
La izquierda votó porque hubo un mandato interno.
La conjunción de la disciplina partidaria y la unidad de acción otorgaron así al Plenario Nacional, máxima autoridad frenteamplista, la conducción política del país. Pero la relación de fuerzas interna de la izquierda, que es fijada por la ciudadanía cuando vota por ese partido cada cinco años, no está reflejada en ese plenario.
¿Quiénes nos gobiernan entonces? El presidente del FA, 85 representantes de los grupos políticos del FA, 41 representantes de las coordinadoras de Montevideo, 41 representantes de las departamentales del interior, hasta 3 representantes de las coordinadoras y comités del exterior, y hasta 6 ciudadanos independientes. O sea: un conjunto de ideologizados y desconocidos militantes, que forman una burocracia política sin legitimidad popular directa, y en la que están sobrerrepresentados los comunistas y los tupamaros.
El problema es que no estamos ni cerca de alcanzar un país de primera si la voluntad popular queda supeditada al sentir militante de un sector de la izquierda legitimado por las estructuras de funcionamiento de ese partido.
Es hora de que al menos una parte de la dirigencia electa de la izquierda que está en el Parlamento dé la batalla intelectual y política que impone su enorme responsabilidad para con el país.
Es hora de que alguien diga basta ya y que rompa con la irresponsable carrera hacia la radicalidad ciega promovida por la barra de los comités de base.
La gente sabrá reconocer en ese gesto el respeto a la voluntad popular; la decisión de dar vuelta una página que ya es Historia; la hidalguía de terminar con la especulación demagógica que todos sabemos nos lleva a un atolladero institucional sin remedio; la capacidad de cambiar el talante de una izquierda antirrepublicana anquilosada en sus fantasmas del pasado.
En tiempos en que la vieja generación sigue obnubilada por su narcisismo histórico, qué bien le haría al país que apareciera una figura en el Frente Amplio como el Felipe González de España de principios de los ochenta. Que fije para la agenda del país los verdaderos problemas nacionales: en seguridad, energía, infraestructura, educación e inserción internacional. Que se despoje de los sonsonetes ideológicos que solo perviven en las cabecitas del mundillo del plenario frenteamplista. Que modernice de una vez por todas en un sentido liberal- republicano y socialdemócrata a un partido que representa a la mitad del país.
Me temo que nadie en la generación de 1983 de la izquierda esté dispuesto a liderar ese necesario proceso. En realidad, lamentablemente, el modelo del Frente Amplio está más cerca del que siguió, también en los ochenta, la endogámica gerontocracia soviética: después de Breznev, los perimidos Andropov y Chernenko. Y ninguno enfrentó al politburó.






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