Pablo Da Silveira
El debate sobre la Ley de Caducidad es importante en sí mismo, pero además dice cosas sobre la calidad de nuestra democracia. En particular, el modo en que está actuando la izquierda revela una pérdida casi total del decoro argumentativo. Parecería que lo único que cuenta es alcanzar el objetivo fijado. Para lograrlo puede desafiarse el sentido común o despreciar la memoria y la inteligencia de quienes escuchan.
El primero en mostrar esta pérdida de pudor respecto de lo que puede ser dicho en público fue el expresidente Tabaré Vázquez, cuando defendió la anulación de la Ley de Caducidad diciendo que hay cosas que no pueden resolverse por mayoría. La frase era algo así como una verdad a medias, pero lo importante es que Vázquez la dijo luego de haber apoyado dos consultas populares sobre el tema. Parecería que antes estaba bien que las mayorías se pronunciaran, pero ahora no. Para colmo, el argumento se usaba para justificar que el tema se resolviera en el Parlamento, que es el poder del Estado donde más directamente se refleja la voluntad de las mayorías. ¿No era que ellas no debían decidir?
Tabaré Vázquez es un hombre inteligente. Si acumuló esta serie de desatinos no fue porque sea incapaz de percibirlos sino porque decidió que no iba a importarle. Lo mismo hicieron los senadores Enrique Rubio y Constanza Moreira, cuando sostuvieron que la última consulta popular sobre la Ley de Caducidad estuvo viciada porque se presentó una única boleta a los electores (la que proponía anular) en lugar de dos boletas alternativas.
Sostener esta tesis sin sonrojarse es casi una hazaña. Tal como recordó en una carta pública el Dr. Hernán Navascués, esta manera de proceder es normal y legítima. También con una única papeleta se intentó introducir la reelección presidencial inmediata en 1971 y se aprobaron las reformas constitucionales de 1966, de 1989 (que introdujo la indexación de las pasividades) y de 2004 (la "reforma del agua"). ¿Por qué la izquierda no denunció ninguna manipulación cuando el presidente Pacheco fracasó en su intento de ser reelecto en 1971? ¿Y por qué no lo hizo tras las reformas de 1989 y 2004?
Otro ejemplo todavía. Varias figuras de la izquierda han intentado minimizar el referéndum de 1989 sobre la Ley de Caducidad, diciendo que se hizo en un clima de presión y amenaza. Pero esas mismas figuras celebran el triunfo del NO en el año 1980 o el triunfo de los sectores opositores (incluyendo los 85 mil votos en blanco promovidos por la izquierda) en las elecciones internas de 1982, pese a que esas consultas se hicieron en dictadura y en un clima de feroz represión. ¿Los ciudadanos fueron lúcidos en aquellos años pero dejaron de serlo en democracia?
Esta caída en la impudicia argumental puede ser vista como una buena noticia por los adversarios de la izquierda. Cuando una fuerza política empieza a actuar de este modo, es que está en problemas. Pero lo grave es que la izquierda es electoralmente mayoritaria y culturalmente dominante en Uruguay. Si este va a ser su estilo, las consecuencias sobre la calidad de nuestra democracia pueden ser atroces.